Mostrando las entradas con la etiqueta Sueños y fantasías. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sueños y fantasías. Mostrar todas las entradas

enero 01, 2010

Mein Herr

Sabiduría y sensatez, dices. Las tendré así esté muriendo por querer estar loca, perdidamente loca.

Siempre he sabido cuál es mi lugar, sólo que a veces se me olvida.

Te amé sin culpa y tú mismo me obligaste a sentirla.

Hoy renuncié a ti sinceramente... bye, bye mein lieben herr, aunque todavía te ame hasta la médula.

diciembre 26, 2009

Esperación


Una palabra mezcla de esperanza y desesperación... no quisiera seguir aguardando un milagro, como si estuvieras esperando a que se alinearan los astros para sacar el soplete y derretir el hielo que me hace castañetear los dientes.


A veces pienso que tu silencio y tu misterio tienen que ver conmigo... inocentemente. Pero a veces sueño con que aparece en tu estado un mensaje de amor para alguien más... no sabría qué hacer. Sueño a veces con que me lees, con que en secreto me has seguido como yo te he acompañado en tu dolor calladamente, pero sólo es eso: fe y sueño.


La gente a mi alrededor y la vida me dicen que crea, pero la verdad es que me estoy muriendo de frío.


He aprovechado el tiempo para decirle a la gente que quiero, que la quiero, que me hace falta un abrazo, una risa, el buen humor. Me ha dado gusto ver a mi familia de alguna manera feliz, como un boceto de algo nuevo, con una sonrisa apenas dibujada en sus rostros, que yo interpreté como esperanza en el futuro. Yo no sé si sea el modo en que yo quiero ver las cosas, pero lo he visto todo muy luminoso últimamente.


Por desgracia cada vez que entro a visitar tu red me deprimo un poco... porque no hay respuesta, ni siquiera un guiño que me diga que todo está bien, que todo es normal, que soy aunque sea una persona más en tu vida, pero por lo menos un alguien. Has ignorado mis mensajes y eso me duele. Quisiera pensar que es una estrategia que al final terminará en sorpresa, pero no me gustaría elevarme y luego caerme de muy alto.


Esperación es lo que siento. Esa es la palabra: esperación :(


*



noviembre 16, 2009

Un sueño compartido

Ella llegó temprano y él la recibió recién bañado. No sabría explicar por qué eligió el pantalón más limpio y una playera nueva, pero ahí se encontraba, como un adolescente ansioso ante su primera vez. Ambos sabían que no sería eso para ninguno de los dos. Él sólo abrió la puerta y la dejó pasar, ofreciéndole asiento como si se tratara de una visita formal.

Por el chat habían quedado en hacerse un favor mutuo: él era buena onda, despreocupado y guapo, y estaba pasando por una racha de mala suerte en cuestión de mujeres. Ella necesitaba recordarle a su piel lo que era vibrar ante el sexo para no llegar vulnerable cuando se entregase al verdadero amor.


Se miraron fijamente, nerviosos, dudosos de lo que anteriormente habían acordado con tanta gracia y sin complicaciones. Él le ofreció algo de tomar y ella sonrió. No era como lo había imaginado. Pensó en pararse de puntillas y treparse hasta la altura de su cuello para luego subir a trompicones las escaleras rumbo a su cuarto... pero ahora estaba ahí, sentada en la vieja sala de los años cuarentas, como una señorita decente con las piernas juntas y esperando una taza de té.


El joven regresó avisando que el agua tardaría un poco en calentarse, y que mientras tanto deberían esperar. Ella lo invitó a sentarse a su lado y él se acomodó en el sillón sin saber qué decir. Ninguno sabía qué seguía, él quería acariciar sus cabellos y ella enredarse en su cuerpo con más premura de la que hubiera imaginado, para acabar de una vez con todo y largarse de ese lugar.


-¿Quieres...que te bese?- preguntó él seriamente. Ella se lo pensó un poco y luego negó con la cabeza.

-No lo sé. ¿Para qué son los besos?

-S-son el preámbulo...

-Entonces no es necesario ya...-contestó mirándolo con las mejillas rojas y la humedad entre las piernas. Recibirlo ahí, en ese sillón, entregarse en un suspiro fogoso, ofrecerle el cuello, arrancarle la ropa, aspirar de su pecho el perfume que acababa de vaciarse encima era todo lo que quería hacer entonces. No había tiempo de cursilerías, de tomarse la mano y acariciarse con cariño, eso no le correspondía a él. No quería dar explicaciones, decirle "Mira, quiero revivir la memoria de mi cuerpo, hace tanto que no estoy con nadie, y él ha estado con tantos, que ahora sólo quiero que me tomes y me hagas sudar. A él sí quiero amarlo, tú sólo poséeme y después acompáñame a la puerta."


El chillido de la tetera interrumpió la intención de lanzarse encima de ella, probar sus labios, amoldar sus enormes manos sobre sus enormes senos, disfrutar ese cuerpo hasta entonces desconocido, excitarse con la idea de que él fuera deseado por ella, de que después seguirían siendo amigos, compartiendo un secreto íntimo ante el cual sonreír con descaro. Se levantó nervioso y corrió hacia la cocina para apagar el fuego que hacía hervir el agua. ¿Debía preparar el té o sólo aplacar el ruido? La respuesta era obvia, así que volvió corriendo y sin pedir permiso se abalanzó en sus brazos llegando directo a probar su boca.


Ella dio un beso forzado, sorprendido, acelerado. No quería entretener más su lengua jugando en la cavidad de su amigo, quería desprenderse de todo pudor y llevó sus manos a despojarlo de la playera. Él entendió el mensaje y desabotonó torpemente su blusa, ella gemía, ya no había agua caliente en la cocina, no estaban el perro ni el abuelo, nadie que interrumpiera la realización de ese momento... pero un ruido insistente la hizo girar hacia la mesita de al lado para callar la alarma del despertador.


Aún con el corazón acelerado abrió los ojos y miró que ya era la hora. Tenía que levantarse y sentarse ante el ordenador. Se acomodó el pijama y se lavó los dientes... sonrió al encontrarlo en línea y se resistió a saludar.


-¿Por qué no me saludas?- parpadeó el mensaje en la barra de tareas...

-Puede que aún esté dormida, es que me acabo de levantar...

-Ah... yo también, estoy desvelado.
-¿Y eso?
- ...anoche soñé contigo...

-...¿Ah, sí? ¿Qué soñaste?

-...que venías a mi casa... y me violabas...-emoticón de sonrisa traviesa.


Emoticón de carcajada y cambio radical de tema. Ya no haría falta proponerlo en serio, pues un sueño compartido podría ser considerado una realidad...



*

noviembre 06, 2009

Mucho más que piel

Una simple mirada lo desencadenó todo. Luego cerraron los ojos y se lanzaron al vacío que les aguardaba sobre el edredón. El vértigo fue impresionante, el brinco en el estómago, el mareo y el escalofrío. El beso a profundidad, el abrazo al cual se aferraban como si fuera el paracaídas. Los corazones a cien.

Sería la primera vez que sus pieles se encontraran, y las manos tímidas de él buscaron el contacto bajo la ropa. No había ansiedad, persistía el miedo, ese miedo que por fin dejaría de ser pared para convertirse en puerta. Los labios les temblaban de emoción pero no querían separarse ni un solo centímetro. Temían que al hacerlo y abrir los ojos, volviera ese pánico a hacerlos presa deteniendo aquél instante para siempre. No querían mirarse asustados y soltarse precipitadamente para acomodar sus ropas y decidir guardar compostura. No podía pasarles eso más, ya no más.

Por eso abrieron los ojos decididamente, y ese golpe de mar y tierra en la cercanía los hizo asentir por dentro. Él la miró unos segundos y luego apretó sus labios contra los de ella, no cabía la menor duda. Derritiéndose por dentro bajó a su cuello, buscó su pecho con la mano y lo aprisionó suavemente. Sus pulsaciones se aceleraban al mismo tiempo que el masaje se iba tornando más dulcemente rudo. Él se acomodó entre sus piernas. Con suaves movimientos bailó sobre su cuerpo tendido, elevando la temperatura del cuarto. Parecía una serpiente reptando por las dunas, dibujando curvas con su espalda, impactando la arena de su voluntad en cada fricción. El efecto que tenía sentirlo crecer sobre la ropa le hizo atraparlo entre sus brazos y creerlo suyo... y asumirse suya. Acarició su cabeza y agradeció el cabello escaso, apenas creciente que le permitió seguir con sus manos la redondez de su calavera y palpar la piel que cubría su cráneo. Atrajo su rostro y lamió su boca, luego buscó hambrienta sus orejas, él se estremeció.

Los gemidos acompasados les hacían temer de nuevo que aquello fuera una locura. El miedo no dejaba de soplarles detrás de la nuca con su aliento frío, pero el calor de sus cuerpos rebasaba pronto el aura que estallaría varios minutos después, cuando el blanco de sus pieles se fundiera en uno solo, cuando no hubiera forma de averiguar dónde empezaba uno y terminaba el otro, quién era el hombre, quién la mujer... cuando el canto de los lamentos placenteros se fusionara en un mismo tono, cuando el roce de sus sexos les hiciera sudar, gritar, llorar y adorarse juntos, cuando la danza de sus vientres les hiciera perder la cabeza y encontrar el alma perdida, cuando un beso suave culminara el ritual, cuando el abrazo final les hiciera sonreír plenos de dicha, de juventud, de vida.

No habría más dolor que hiciera ruido. El pasado sería sólo un instante doloroso, una cicatriz bultosa que sólo duele al tocarla, pero que ya no sangra más. Un pasado que alguna vez fuera un insoportable equipaje, pero que ahora es sólo un pequeño tesoro que guardar en la gaveta, mirar de lejos y darle la espalda para besarla de nuevo, para conquistar el secreto oculto detrás de su mirada triste y sonreír porque están vivos, y porque sexo, pudor o lágrimas, nunca más va a dar igual.

*

octubre 10, 2009

Esta no es la canción del mes.

Es la canción de AHORA!!

(O mi etapa naranja... digo, Naranjo)

Desnudarme poco a poco
y encenderte si te toco, sí.
Nos miramos al espejo
me haces daño
y no me quejo, no.

La humedad en tu mirada
tiernamente derramada, sí .
Tu lamento y mi lamento
vuelan juntos en el mismo momento
porque
lo que quiero ahora
es tu cuerpo ahora,
ser su dueño ahora
ser su esclavo ahora.
y atarlo ahora
y adorarlo ahora
parar el tiempo ahora
y acariciarlo ahora
ah, ah, ah, ah!

Entregar el cuerpo abierto
por el vientre sentir tu aliento, sí.
como inunda el mar la roca
ven y lame la miel de mi boca
porque
yo te quiero ahora
con la boca ahora
con la mano ahora
con la carne ahora
es urgente ahora
embriagarme ahora
perder el punto ahora
y derramarme ahora
ah, ah, ah, ah!

septiembre 14, 2009

La sirena y el soldado

..no somos ni una cosa ni otra. Simple ángel aspirante a vedette pretendiendo ser demonio, simple trotamundos que se refugia en el teatro para hacer otra guerra.

Él viajó a Bosnia, a Servia, a los restos de Sarajevo buscando su inexistente paz. Un hombre sin patria ni bandera, sin rasgos, sin idioma. Un hombre blanco y barbado traído de fuera a contagiar locura, a crear escenarios aéreos con la música del alma. Un leve acento francés, un español mexicano.

Ella, una férrea creyente del amor, amante de los besos. Cantante seductora, temblorosa actriz. Nunca ha salido del barrio en donde ha crecido, su mundo es pequeño y el resto sólamente lo imagina. Sueña con ser una pin-up girl elegante y tapizar con su imagen la pared de cierto soldado en su guerra interna.

Nosotros, dos amantes furtivos, sólo eso. Basta un coqueteo en tus ojos para iniciarlo todo, basta una sonrisa y luego un abrazo. Luego un café... luego el fuego. Luego nada. Tu barco zarpa y Matahari se hunde en el mar.


*

agosto 31, 2009

Esa mujer extraña

La miré caminar solitaria esa fría mañana de agosto. Llovía ligeramente y a pesar del sorpresivo frío matutino, sus pasos parecían no inmutarse. No pude más y la seguí a distancia. A pesar de que no volteó para verme, no creo que ignorara mi presencia vigilante detrás de sus huellas. Su andar era hueco y etéreo como si posara para la lente de un cineasta invisible. No supe a dónde me llevaría, pero avanzando a contraflujo de los vehículos sabía que no podía perderme. Caminaba en línea recta y no me sería difícil regresar por mi propio pie hasta el lugar donde la ví pasar frente a mis ojos.

Aminoró la velocidad al pasar frente al panteón y se quedó mirando mientras yo fingía observar las fragantes flores que vendían al lado de la necrópolis. Luego el semáforo le indicó que ya podría cruzar la avenida y así lo hizo. Por un momento creí que me miraba al detenerme a su lado y cruzar juntos hasta la otra acera, pero no fue así: yo era un simple peatón más cuyo instante imperecedero se juntaba con el suyo como el de tantas otras personas que deambulan en mañana de domingo bajo el manto de una lluvia imperceptible.

Fingí rebasarla y doblar la esquina. Quería verla pasar de largo y observar su perfil semioculto tras la gruesa bufanda que le servía de impermeable, pero mi sorpresa fue mayor. Cuando esperaba ver el delgado contorno de su nariz afilada, su mirada altiva me encontró de frente tropezando con mi torpeza al sentirme descubierto. Hizo un suave movimiento simulando un saludo oriental y se abrió paso haciendo que automáticamente me hiciera a un lado como quien se quita el sombrero ante una real majestad. Yo pretendí que estaba a punto de abrir una puerta de madera que daba acceso a una casa con ángeles pintados en la pared, esperando que ella se fuera haciendo más pequeña conforme se alejaba a una distancia prudente para seguir mi espionaje... pero un par de casas adelante se detuvo en seco: era un viejo teatro cuya puerta esperaba se abriera para ella.

Hice lo posible por volver sobre mis pasos y esperar en la esquina para ver qué hacía. Si descubría que yo no era un vecino del teatro, seguramente estaría perdido. Por algún motivo mi curiosidad se había despertado al querer por todos los medios enterarme de su destino. La vi presionar el timbre pero nadie le abrió. Sacó un libro de su bolso y se recargó en la pared a leerlo. Seguramente no esperaba a nadie que estuviera dentro, tal vez ella había llegado muy temprano. Refugiada de la lluvia en el quicio de la puerta, sus ojos parecían perdidos en la lectura, pero su alma seguramente no estaba con ella. Pareció aburrirse pronto porque cerró el libro y vino hacia mí, pero antes de llegar a encontrarme, cruzó la calle y siguió su caminata. La vi desaparecer y me quedé en mi sitio, seguramente volvería y así lo hizo.

Una mujer muy delgada aguardaba a bordo de una camioneta. Cuando la vio llegar, bajó a saludarla y juntas intentaron entablar conversación. Poco a poco fueron llegando varios personajes raros que hacían verla a ella como una mujer común. Apartada del resto, fingía sonreír. Pretendía estar ahí, no haber olvidado su alma antes de salir de casa. Después llegó el dueño de las llaves y todos entraron. Me quedé esperando unas cuantas horas, marcando cada una de ellas en los dedos de la mano. Compré un aperitivo en la tienda de la esquina y aguardé pacientemente a que saliera de nuevo.

Subió en la camioneta de la mujer delgada, al lado de una graciosa rubia de extraños pantalones y un moreno larguirucho de rostro agresivo. De prisa tomé un taxi y ordené seguir la trayectoria de la camioneta gris. A través del vidrio podía notar que la mujer delgada hablaba mucho. Pronto la graciosa rubia se bajó en medio de la lluvia, y más adelante la mujer extraña bajó con el moreno larguirucho. Pagué mi cuota al taxista y abordé el mismo camión sentándome delante de ellos. La voz de la mujer extraña sonó detrás de mi nuca. Algo quería hablar sobre lo que todos ellos hicieron dentro del viejo teatro, pero el moreno larguirucho parecía no querer conversar. Silencios mortales me hicieron tener ganas de intervenir de pronto. Quería abogar por la mujer extraña, quería hacerle saber al moreno larguirucho que se había dejado el alma guardada en algún ropero, que atendiera a sus preguntas, que dijera más que un monosílabo insolente... pero la mujer extraña entendió al momento. Algún residuo de alma le quedaría, o ésta comenzaba ápenas a olerse conforme se acercaba a su casa. Preguntó un no sé qué de escritores y el moreno larguirucho se sintió motivado a brindarle cátedra. Luego se despidieron y yo bajé detrás de ella. Abordé un taxi justo atrás del que ella tomara y llegamos juntos hasta un mercado callejero.

La tarde caía seca y áspera, sin rastro de la lluvia que había plagado de romanticismo la persecución a que dediqué todo el día. Subió una calle empinada mostrando ya su cabello suelto cubriendo su cara, tal como la oscura bufanda lo hiciera por la mañana. Sacó un juego de llaves del bolso que traía consigo y accedió a su casa. Como pude me escurrí y subí la escalera tras ella. Podía adivinar el cansancio en sus piernas, su frustración, su sofoco. Abrió con su llave la puerta interior y me miró a los ojos.

-¡Así que aquí estabas!- murmuró como en un reclamo. La miré primero con pena y bajé la mirada para asumir mi culpa. Podía sentir yo mismo el hueco en su estómago, el nudo en su garganta, la punzada en su cabeza. Nos miramos fijamente a los ojos, aunque al parecer seguía molesta y sin querer tocarme un pelo. Pasé saliva y me tiré al vacío. Sin pensar en las consecuencias me lancé como un niño en sus extraños brazos.


*

junio 26, 2009

De triunfos y fracasos

Me había prometido ir a buscarlo ahí, en donde es de suponerse que trabaja encerrado frente al computador. Mi plan no tenía falla: una foto del recuerdo, una sonrisa de agradecimiento y un abrazo curarían todo rencor nacido entre nosotros dos. Luego le pediría que permaneciera inmóvil para quitarle una inexistente basura en el saco, y mis labios le acariciarían tan suavemente que no podría resistirse a la invitación del beso... después de fingir sorpresa me estrecharía regalándose la oportunidad de despedirme como me merezco. No iba a dejarlo decir nada: nuestros caminos ya estaban separados, pero un húmedo pacto sellaría el perdón y nos desearía buena suerte a ambos.


Alcé suavemente el puño y toqué muy quedo tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesús.
-El maestro no está- me dijo un profesor que pasaba por el pasillo.-Escuché decir que iba a devolver un libro.


Sobre la suave alfombra de la biblioteca mis pasos andaban en círculos como los de una cucaracha, asaltada por una inexplicable ansiedad. Recorrí sigilosamente todas las secciones de un lugar semi desierto, quería encontrarle a solas, buscando otro título para llevar a casa en las vacaciones, perdido en las letras de una novela o leyendo un poema de amor, pero el abecedario se acababa y apenas percibí el olor de su perfume que me condujo hasta el final de la clasificación.

Mi corazón se apretujaba al pensar en lo que había detrás de ese estante, pero mi naturaleza vouyerista me hizo enfocar mis pupilas por entre los libros y mirar sus lenguas entrelazadas. Abrí los ojos para devorar el gemido que escapó de sus bocas, y esa pasión con que asía su cintura en un gesto de desenfreno se quedó retumbando en mi corazón. Una fuerza extrema se hizo presa de mis piernas y caminé a pasos agigantados rumbo a la salida, mientras mis latidos se aceleraban víctimas del tatuaje de esa imagen que no se quería escapar de mi memoria.


Quería probar el aire fresco, embriagarme de la esencia que emanaba la tierra después de la lluvia, hacerme invisible ante los ojos de quien pudiera darse cuenta de que aún andaba por ahí. Caminé sin detenerme hacia la calle sin rumbo fijo, sentí el rocío del viento salpicarme la cara con una frialdad que reafirmaba lo que nunca fue.


Me esperaba una función de teatro, sentarme a escribir en mi blog o la lectura de un poeta maldito. Cualquier cosa que hiciera estaría muy lejos de esa pasión que desbordaban frente a mis ojos. Mis labios partidos se curtieron con la sal de rabia que manaba por mis lacrimales, mis pies caminaban, caminaban, caminaban... la ciudad estaba fría, el tímido sol, el arcoiris. Toda esa belleza era nula al compararla con el mágico deseo que ellos dos estarían gozando. No podía pensar en otra cosa, me sentí incorpórea, incapaz de llegar a sentir con nadie lo que ahora disfrutaban. ¿Sabía cantar? No servía de nada, porque lo que deseaba era gritar para que hicieran leña de mi locura.


Quería que empezara a llover y que el agua lavara de mis ansias el beso que no le di, el recuerdo de piel que no tuve, la despedida de amor que se escapó entre esos libros que sólo lee por compromiso. Ella tuvo esa oportunidad y no fue despedida: fue la bienvenida a su mundo, el pase automático a su cama y a sus placeres. De momento el flamante diploma obtenido no fue más que un trozo de papel del que su sonrisa hipócrita se burlaba, y lo empuñaban mis manos como el títere muerto de mi derrota.


La lluvia seguía sin caer, yo continuaba andando, el sol de la tarde comenzaba a esparcir en las calles sus áureos destellos que matizaban de anaranjado el brillo transparente de los charcos... ya no llovería más. Si quería sacudirme esa soledad reinante debería buscar otra salida, y tenía que ser pronto.


No supe distinguir el camino que me llevó hasta una escalinata de piedra al pie de la cual tuve el impulso de elevar la vista: me recibió la luz de la luna y la llegada de la noche me indicó que no tardaría en amanecer. Me sentía un guiñapo sucio con el maquillaje arruinado en cuya patética imagen se enfocaba la luz de los reflectores. El llanto anegado en mi rostro dejó libre el paso a los espasmos del sufrimiento: había dejado mi vida en esa carrera, había aprendido a volar pero me había olvidado de amar. Caí de rodillas ante el futuro que me esperaba enfrente aún con la puerta cerrada. Lloré sin pudor al pasado y la imagen de su clandestino encuentro se disipó entre otros recuerdos. Supe que la vida estaba en el teatro, en la red o en cualquier libro maldito... pero no en sus brazos. Nunca estuvo en sus brazos.


Las notas agudas de las bocinas de los autos me daban un concierto de realidad que no podía evadir en medio de esa ciudad ardiente, y mis ojos se apretaron para evocar por vez final los hoyuelos de sus mejillas, la amabilidad de su voz y la posibilidad de su cuerpo todo que se evaporó con la última descarga eléctrica bajo mi vientre. Se extinguió su luz por siempre.


Abrí los ojos y entretuve la mirada en el vacío. Así estuve por incontables minutos hasta que el calor de la siguiente aurora me hizo parpadear de nuevo. Desarrugué el diploma al que aún se aferraba mi mano desconcertada. Me puse en pie y miré escaleras arriba. Estiré las piernas, elevé la frente y desencorvé la espalda. Ya mis pasos se deslizaban sobre esa larga escalinata que se alzaba ante mi mirada. Caminé y caminé sin bajar la vista, no existía un sólo motivo para querer hacerlo. Luego me detuve en el último escalón y miré la puerta...entonces alcé el puño y toqué tres veces, las mismas que Jesús fue tentado por el Diablo.




*

junio 18, 2009

¿Alguien podría decirle a William Levy...

Que nada más se calle la boca...?
:D

abril 08, 2009

Sin distancia


La mañana entró por la ventana de esos cortinajes rojos en la habitación de su madre. No supo cómo se había quedado dormida en ese lugar, tumbada sobre la notebook, con las luces encendidas. Rápidamente miró la hora en el computador y el documento sin salvar... se le había hecho muy tarde.

No recordaba haber cambiado el horario de verano, pero todo parecía distinto: su casa lucía como abandonada. Ni su madre ni su hermana parecían haberse percatado de su descuido, o de haber sido así, no les había importado despertarla. Haría ya un par de horas que cada quién salió a hacer sus respectivos deberes, dejándola a ella, con sus rasgados ojos cafés mirándose en el espejo, queriendo encontrar la ubicación de la fecha en la que había puesto fin a su rutina diaria para abandonarse al sueño. Rápidamente enjuagó sus dientes, se calzó las zapatillas deportivas y montó su bicicleta para llegar pronto al trabajo. Quedaba a una distancia considerable en cuanto a quema de calorías, pero no podía dejar pasar más tiempo, no importaba qué día de la semana era, ni cuánto tiempo llevaba de retraso, tenía que llegar pronto al Ministerio sin importar que al cruzar la puerta automática de cristal, todo el mundo la escaneara de pies a cabeza, escandalizados por su falta de formalidad reflejada también en su indumentaria.

Aceleró el movimiento de sus piernas esquivando los autos con pericia, violando unas cuantas reglas de tránsito con tal de llegar cuanto antes al lugar que se había convertido en un destino fijo día tras día. Aprovechó un alto en el cruce que no pudo saltarse, para secar una gota de sudor que resbalaba por su nariz fina. Cerró los ojos y trató de disfrutar una caricia de viento fresco que aminoraba la sensación de estar girando dentro de un horno de microondas, pero pronto el concierto de bocinas de automóvil la hizo girar las piernas de nuevo y acelerar al máximo.

No quiso ni voltear siquiera hacia el Ministerio cuando pasó frente a él. Temía que alguien vigilara por la ventana y al descubrirla le pusiera un ejército de policías tras ella para hacerla desistir de la loca idea que se le acababa de ocurrir.

Sin sentir el menor sofoco, llegó al aeropuerto. Miró el tablero de vuelos y notó que el destino le había jugado a favor esa calurosa mañana de abril, porque en unos cuantos minutos despegaría un avión rumbo al norte, y ella sería capaz de tomar el dinero que hasta ese momento, estuviera destinado para el enganche de su apartamento.

Volando sobre la cordillera, sintió el deseo de pasar un dedo por el merengue helado que la cubría y deleitarse con su frescura en pleno viaje imprevisto. Ya tendría tiempo de escribir y decir "estoy aquí". Sabía que ella revisaba el correo todas las mañanas, y por la tarde o noche lo hacía un par de veces más: no podría sentirse sola. Después llamaría a su hogar y avisaría que estaba muy lejos, devorada por otra enorme urbe de hierro, asustada al sentirse atrapada por la gente que le hablaba con un acento distinto, agobiada por tener que cambiar dinero, y aturdida por la cantidad de taxistas que se ofrecían a llevarla a un destino incierto.

-¿Está lejos de aquí el Ajusco?- preguntó con su voz suave
-Le cobro quinientos pesos...- obtuvo por toda respuesta.

El calor que le habría quemado en la tarde, comenzaba a tornarse en desértico frío que calaba hasta los huesos. Un café internet era todo lo que sus ojos buscaban en medio del huracán de anuncios que le golpeaban la vista. Finalmente en un local que estaba a punto de cerrar sus puertas, sentada frente a una máquina solitaria, la joven chilena abrió la ventana del chat con los dedos cruzados para encontrar en verde el muñequito que tuviera el nombre de ella.

-¡Qué milagro! Pensaría que estabas dormida a estas horas, en Chile...-Una lágrima de consuelo entibió el rostro sonriente de la hermosa joven cuyo estómago rogaba por un plato de sopa.
-No estoy en Chile, estoy en... el Aeropuerto "Benito Juárez"- se leyó del otro lado de la pantalla.

Pasaron un par de horas que de no ser por las tres órdenes de tacos al pastor que le sirvieron de cena, le habrían parecido un poco más que eternos. Bebiendo una coca de lata y fumando un cigarrilo, sentada en el sitio en donde quedó de encontrarla, su amiga gritó el nombre de su nick con gran alegría. Vino pronto un feliz abrazo y la promesa de llevarla a Garibaldi para que un mariachi loco le cantara Las Mañanitas, aunque fuera en las últimas horas del 8 de abril, su cumpleaños.

*

marzo 19, 2009

You gimme fever...



























No creía en nada de eso hasta que tus ojos detrás de los espejuelos me hicieron sentir desprotegida... no quería creer que las feromonas existían, instalada en Santo Tomás, buscando enterrar mis dedos en las llagas para declararme creyente.

Ya no puedo ocultarlo más... ¡Creo! ¡Creo! Te percibo, sé lo que piensas, lo que quieres que yo haga... y caigo... me derrito... y después nos huímos. Me acostumbro a este juego que propones, y lo sigo, pongo el segundo pie sobre la cuerda floja y me mantengo.

No importa que amenacen cuervos con picotearme los talones, mientras siga sintiendo ese vértigo en el estómago, el terror de caer al vacío que me aferra a seguir en pie, a mantener el equilibrio. Sigue así, no pares... que me das fiebre...
*

febrero 26, 2009

*

No confíes en un hombre que se perfuma demasiado, y que va dejando la huella de dónde ha estado o en dónde se puede encontrar. Si su peculiar aroma te atrae como la música del Flautista de Hammelin, huye.

Seguramente al abrir la puerta te encontrarás con su intensa fragancia y no podrás escapar. No sigas su rastro, retrocede.

Es muy probable que alguien pase a tu lado y con gesto de desagrado critique a quien ha dejado vacía la botella de loción... pero si a tí te hechiza... si tu primer impulso es caminar hacia donde el olor te lleve, ten cuidado... que pronto querrás verte envuelta en sus brazos, querrás que sus labios te prueben y no habrá marcha atrás.

Corre ahora que puedes, ahora que has descubierto que esa simple estrategia de seducción te ha hecho morder el anzuelo, que has caído en las redes de su seductora esencia. No confíes, que quien se perfuma de más, está buscando presa. Vuélvele la espalda, y aún con tus cinco sentidos despiertos y hambrientos, prepárate mentalmente para el próximo momento en que tu olfato lo vuelva a encontrar...

febrero 09, 2009

*


Como al jugar con la Ouija abriste una compuerta...
entre tu mundo y el mío, entre tu cuerpo y el mío.
¡¡No se juega con esas cosas!!
¿Cómo piensas cerrarme ahora el paso entre tu terreno y ésta dimensión donde me muevo?
Si cada vez que te veo vibra ese imán que me jala hacia tus brazos, que me obliga a perseguirte, a querer entrarme en tí, a poseerte de una vez por todas.
Pero no puedo tocarte, como si fuera incorpórea, como si fuéramos de naturaleza distinta y por lo tanto incompatible.
¿Por qué jugaste con eso?
¿Creíste que era un juego cualquiera? ¿No te daba miedo?
Ahora soy un fantasma liberado, un alma despierta, un muerto alborotado.
¿Qué es lo que piensas hacer?

*

diciembre 07, 2008

*

Miré hacia atrás como buscando entre la gente a alguien cuyos ojos sabía que encontraría. No había previa cita, ni siquiera una remota posibilidad de que estuvieras ahí, pero yo lo sabía. Y así me encontré con los ojos dulces de tu rostro pálido. Me miraron seriamente y el tiempo se detuvo por un instante. Con el rabillo del ojo distinguí dos pares de ojos más que te acompañaban. No tuve que detenerme a verlos y hacer que me vieran para reconocer de quiénes se trataba.

Salí disimuladamente esperando que lo notaras y decidieras seguirme, pero pasaron los minutos y no ocurría nada mientras aguardaba en el vestíbulo. Cuando estaba dispuesta a regresar a mi asiento te vi pasar cerca de mí. Ibas bebiéndole un sorbo a tu café capuccino y me mirabas con frialdad, como si estuvieras molesto por mi presencia ahí. Pude sentir el olor de tu chamarra nueva golpearme con la oleada de viento que moviste en tu andar presuroso. No pude hacer nada más que cerrar los ojos y embriagarme con la simpleza de tu perfume, cuyas partículas me transportaron hacia aquel pasado entre tus brazos, y por fracción de segundo sentí que se me quitaba el frío. Para cuando pude reponerme, tú ya volvías a tu asiento y te disponías a disfrutar del espectáculo.

Las luces y los sonidos ya no me supieron a nada. Toda imagen colorida era sustituida por una creciente ansiedad de voltear a ver el lugar que ocupabas en las butacas, seguramente sonriente, divertido, compartiendo el momento de teatro con tus seres más queridos. Un hilito de sudor me resbalaba en la nuca, y se tornaba frío muy lentamente, hasta que el estallido del aplauso final me hizo romper la tensión.

Sin esperar más me levanté y salí corriendo, no quería encontrarte a la salida y padecer de nuevo tu indiferencia. No reparé en que tu asiento estaba desocupado, y mucho menos previne que te hallaría fumando un cigarrillo a la salida del recinto.

Dirigiste hacia mí tu mirada discreta mientras enviabas el humo que exhalabas hacia arriba, elevando la barbilla. Al darte cuenta de que no había más tabaco, despediste de tus dedos la colilla con un movimiento rápido y sofocaste las tímidas brasas bajo tu calzado. Apenas me dio tiempo de restablecer el ritmo de mi respiración al detenerme en seco. Me dio la impresión de que el inevitable final del cigarrillo había sido una alegoría de lo que había habido entre nosotros.

Avancé con apariencia serena planeando pasar de largo y darle la espalda a nuestro pasado. Hubiese querido, sin embargo, sentir la presión de tu mano sobre mi brazo deteniendo mi paso y susurrándome al oido cualquier cosa. No fue asi, seguí mi camino sintiendo cómo se rompía el aura que compartimos. No pude ver tu mandíbula y tus puños apretados cuando una voz aguda gritó "¿Dónde estabas, papá?"

noviembre 18, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El ángel caído)


Hoy me permito acordarme de ti, y enamorada soñar contigo, llorar por ti. Mirar con tristeza y orgullo en lo que te has convertido. Mirar tus ojos claros entrecerrados por un gesto de sonrisa eterno, mirar tu hermosa cara enmarcada por un nuevo corte de pelo y ¡por Dios! ahora hasta usas tinte...

Y me remito a las pocas veces que te tuve cerca, a las sonrisas furtivas que me dirigías, y a las miradas traviesas desde el escenario, esas miradas que sólo reafirmaban tu inseguridad. Recuerdo los pocos besos, los pocos roces y las pocas palabras, y la tristeza errada en el fondo de una copa vacía, olvidada en una línea de coca.
Admiro tu belleza y tu presteza en los dedos, admiro tus labios sensuales y tus ojos claros de niño... y adoro tu soledad, la que opaca esa belleza y esa riqueza reflejada en tu ropa de marca, tu acento burgués y tu colección de autos clásicos.

Lloro por tu imagen decrépita que alguna vez vi en casa de tus padres... porque era el disfraz más terrible en esa Noche de Brujas: tus deliciosos labios bebiendo, fumando, tus dedos delicados encendiendo mi cigarro, fingiendo que estabas ahí... pero lloro aún más tu éxito lejano, tus discos en las tiendas, tus salidas en la tele. Lloro quererte como te quiero, lloro nunca haber compartido el lecho, no mirarme a la altura de las actrices de cine fácilmente desnudables con las que sales, y estar muy lejos de las cinturas breves y las rubias cabelleras a quienes has amado... porque... las has amado... tal como te amo yo ahora a ti.

Te extraño, y me extraño... sólo somos dos extraños ya.

noviembre 13, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El mimo)


Hoy me permitiré enamorarme de ti. Sólo por hoy soñaré con tus labios carnosos, tu sonrisa espontánea y tu manzana de Adán. Le escribiré una oda a tu piel morena que me rompe los esquemas, a tus brazos estilizados, tus arranques de prepotencia y tus aires de gran señor.

Perdonaré tu olor a bohemio, a poema de Bukowski y canción de Joaquín Sabina, beberé contigo un trago y me entregaré toda de poco en poco. Rozaré tu vena yugular con mis dientes, encenderé tu llama con dulce pasión, me tragaré el veneno de tu compañía como si fuera un elhíxir de vida, y tomaré el riesgo de ser por una noche tu montura y tu jinete.

Abriré de par en par las puertas de tu camisa, y absorberé extasiada el latido de tu pecho sudoroso, brillando a compás de mi anhelo. Beberé la gasolina que me haga escupir fuego, directo de ti, directo hacia ti... y despintaré tu rostro de guasón en la fantasía de creer que te estoy desenmascarando.

noviembre 12, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El galo)


Hoy me permití enamorarme de tí. Amé tus ojos enormes y despiertos, tu piel pálida y tu barba tupida que esconde tus suaves facciones de niño. Y aún amo tu boca cuando calla, pero la amo aún más cuando sonríe, cuando en un espontáneo gesto pierde la frialdad que te caracteriza.

Me encanta ver que pareces un muerto en vida, tan dandy, tan de mármol, tan de hiel. Luego tu saliva regando por aspersión las conciencias, rompiendo la estatua, el monumento a la belleza que tus padres concibieron en una ciudad que ya no existe...amo tus manos y tus pies descalzos, amo tu pelo indomable y el vértigo en tus pestañas...Me pierdo en tu aura que ilumina todo, me pierdo en el aire que me hace llorar, pero que no permite a mis ojos dejar de mirarte, y a cada segundo aprender de ti.

Eres una puerta abierta, un túnel del tiempo y una máquina de teletransportación. Eres una fuente de poesía en cada centímetro de tu piel desnuda, eres el Cristo que siempre quise amar y no supe cómo... tan lejano y a la vez tan mío como yo pueda permitírmelo... tan cercano y a la vez tan imposible.

Hoy me permití enamorarme de tí... mañana será alguien más... mientras tanto hoy... muchas gracias por la experiencia.

octubre 27, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El joven académico)

Hoy me permito escribirle a tus ojos... esos que se ven detrás de las gafas y me dicen algo... esos que algún día me miraron distinto dibujándome una ilusión. Le escribo a tus labios insaciables, a tu perfume extremo que sedaba mi cordura, a tu aliento fresco y a tu sonrisa de ángel. A los hoyuelos de tus mejillas y a tu piel canela.

Le escribo a tu voz discreta y cautelosa, a tus preguntas inciertas que tal vez encerraban un te quiero, un te deseo... a tus detalles simples que me trajeron la vida, y a tu tonta idea de creer que lo sabes todo.

Te quiero por este día, por el bien que me hacía verte, escucharte y tocarte. Te quiero por el pasado, por todo lo que pasó, por la humedad y por la brisa, por la calidez de los rayos del sol sobre mi cara, por el cigarro compartido y tus insinuaciones cobardes. Te quiero por el llanto, por el disparo a quemarropa que me hizo nacer de nuevo, por la educadora y por la gimnasta, por la modelo, la niña tonta y la madre golpeada... por dejarme abrir los ojos, por no permitirme cerrarlos.

Te quiero por tu beso dulce, sabor a gomita en forma de corazón.

septiembre 27, 2008

*


-No, no estoy bromeando.
Cada día me convenzo más de que el amor existe.

-¿Estás segura? ¡Eso será en tus sueños!

-Por eso, en mis sueños, pero existe.

-Ah, bueno, pero no existe en la realidad.

-Mi única realidad radica en mis sueños, luego, el amor existe...






agosto 14, 2008

Adiós a la princesita

Ella y yo íbamos solas en el Metro... no sé en qué línea sería ni tampoco en qué estación, el caso es que era en el norte de la ciudad. Un señor a su lado totalmente desconocido parecía estarla abrazando, con la sabida incomodidad que esto generaba en mí.

De pronto decidí que nos bajáramos, le pediría a ella, mi mejor amiga y compañera, que fuera conmigo a explorar una línea nueva del metro que aún no conocía. Ella accedió a regañadientes porque no tuvo opción a mi imperativa petición.

El sitio era distinto al que yo me imaginaba: siempre pensé que junto a una estación del Metro no podría sentirme perdida: todo es cuestión de abordarlo, y listo. Pero ésta vez el mercado que había en las afueras me pareció uno de esos tianguis de los países asiáticos... lleno de gente de todo tipo, con las voces que se me confundían y me aturdían.

Una jovencita morena con el pelo cubriéndole el ojo y un atuendo llamativo se pasó junto a nosotras.

-"Es una dizque emo..."- dijo con una mezcla de fastidio y repulsión, haciendo que la muchacha en cuestión detuviera su paso y se volviera hacia nosotras. Mi acompañante echó a correr impulsada por el miedo y yo cerré el paso a la muchachita diciéndole que no se apurara, que el look le sentaba perfecto, que a mí me encantaba lo emo, que no hiciera caso de una niñita tonta. La chica emo me sonrió y retomó su camino. Fui a alcanzar a mi acompañante y la regañé por miedosa: "Los emos no hacen nada", le dije..."Pero ten cuidado de cómo te expresas de la gente..."

Pasamos por muchos lugares sin dar con la entrada del metro... el rumbo se iba sintiendo cada vez más peligroso, pues la gente era muy extraña y parecía estar tan sucia por dentro como por fuera. Vi unos cuantos lugares "filmables" y quise tomar nota de ellos para regresar un día, pero sabía que eso sería imposible porque aquél no era un sitio nada agradable.

Traté de no tomarla del brazo para no parecer extrañas en un rumbo tan distinto al nuestro, pero cuando le dije que regresáramos, bajando por una escalera grande, iban subiendo darketos vestidos extrañamente, algunos con túnicas negras como de fraile y el rostro tan maquillado, que sin mirarlo directamente me daba miedo. No quería que notaran que éramos extrañas o que aquéllo nos provocaba inseguridad... ya me sentía de momento rodeada por todos y siendo cuestionada sobre nuestra presencia allí.

Pero ella parecía estar tranquila, pues caminaba junto a mí sin tomarme de la mano, sin tocarme siquiera para no perder mi rastro. Yo evitaba las miradas de aquéllos seres extraños que seguramente se fijaban discretamente en mis expresiones. El gesto de mi rostro, sin embargo no parecía tener emoción alguna, aunque un nudo en mi garganta me mantenía tensa, y la ansiedad por regresar al metro me ocupaba toda la mente. Salté los últimos escalones con una habilidad que aún desconozco en mí misma: parecí volar. Lo único que quería era que llegáramos al tianguis de nuevo y regresar al Metro sin más pretexto. "¡Qué gran idea he tenido de arriesgarla de este modo!", me regañaba a mí misma.

Cuando hube saltado un mínimo de diez escalones hasta la base, me volteé de inmediato pensando que ella habría imitado mis pasos, pero mi sorpresa fue terrible cuando al mirar hacia atrás, ya no estaba entre la gente. Subí corriendo los escalones gritando desesperadamente su nombre. Mis ojos querían estallar en llanto al no poder localizar su negra melena en medio de tanto jaleo. Gritaba y gritaba con la certeza de que no podía estar muy lejos....

...De pronto la vi: ahí estaba con su rostro y figura inconfundibles. ¿Por qué se habría detenido? ¿Por qué parecía molesta con mi presencia? La miré y asustada le alcé la voz. "¡¡Vámonos!!"- le dije más como una súplica que como una orden. Ella se volvió hacia sus nuevas amigas y de nuevo me miró a mí poniéndose las manos en la cintura.

"¿Por qué tú sí puedes tener amigos en otros lados y a mí no me dejas hacer lo mismo?"

¡Por Dios! ¿Acaso no entendía esa pequeña que aquél lugar no era seguro? ¡Demonios! ¡¡Pero si yo la había llevado ahí!! ¿Qué respuesta podía darle a todo eso?

"Está bien... me voy, pero tú te regresas sola", dije con determinación sabiendo que ella no llevaba dinero para volver a casa y que esa especie de amenaza era mi último recurso para persuadirla, pero lo único cierto era que tenía ganas de abrazarla. Me acurrucaba, pero sólo alcanzaba a abrazarme a mí misma. Tenía frío y temblaba.

Ella me miró con una risa burlona y se despidió de sus nuevas amigas. Lo único que yo quería era que viniera hacia mí y me diera la mano, sólo eso. No importaba que después la jalara y saliéramos corriendo hasta escapar de ese mugroso sitio. Lo que más deseaba en la vida era asir su mano, estrecharla, sentir con ello que la protegía y me protegía de mí misma. Deseaba sentir su compañía, su calor...

Pero en ese momento abrí los ojos, me levanté y me asomé a su cama. Sus gruesas pestañas me cerraban el paso hacia sus más profundos sueños. Respiraba pausadamente y se hallaba segura ahí, tan cerca como mis fuerzas me hicieran correr y lanzarme sobre ella, llenarla de besos y despertarla...

Sin embargo la pesadilla había sido mía, ella no merecía interrumpir su sueño por mí. Me levanté calladamente y comencé a hacer mis labores. Ya se despertará la muy canalla, y abrirá sus ojos negros que me mirarán de nuevo ablandándome las piernas, y me dirá dulcemente "Mami" deseándome buenos días, y de nuevo será mi hija y la mejor de mis amigas... pero habrá un día cercano en que su melena desaparezca de mi vista entre la gente, diciéndome con su espalda, que ya no será mi princesa nunca jamás.