agosto 31, 2009

Esa mujer extraña

La miré caminar solitaria esa fría mañana de agosto. Llovía ligeramente y a pesar del sorpresivo frío matutino, sus pasos parecían no inmutarse. No pude más y la seguí a distancia. A pesar de que no volteó para verme, no creo que ignorara mi presencia vigilante detrás de sus huellas. Su andar era hueco y etéreo como si posara para la lente de un cineasta invisible. No supe a dónde me llevaría, pero avanzando a contraflujo de los vehículos sabía que no podía perderme. Caminaba en línea recta y no me sería difícil regresar por mi propio pie hasta el lugar donde la ví pasar frente a mis ojos.

Aminoró la velocidad al pasar frente al panteón y se quedó mirando mientras yo fingía observar las fragantes flores que vendían al lado de la necrópolis. Luego el semáforo le indicó que ya podría cruzar la avenida y así lo hizo. Por un momento creí que me miraba al detenerme a su lado y cruzar juntos hasta la otra acera, pero no fue así: yo era un simple peatón más cuyo instante imperecedero se juntaba con el suyo como el de tantas otras personas que deambulan en mañana de domingo bajo el manto de una lluvia imperceptible.

Fingí rebasarla y doblar la esquina. Quería verla pasar de largo y observar su perfil semioculto tras la gruesa bufanda que le servía de impermeable, pero mi sorpresa fue mayor. Cuando esperaba ver el delgado contorno de su nariz afilada, su mirada altiva me encontró de frente tropezando con mi torpeza al sentirme descubierto. Hizo un suave movimiento simulando un saludo oriental y se abrió paso haciendo que automáticamente me hiciera a un lado como quien se quita el sombrero ante una real majestad. Yo pretendí que estaba a punto de abrir una puerta de madera que daba acceso a una casa con ángeles pintados en la pared, esperando que ella se fuera haciendo más pequeña conforme se alejaba a una distancia prudente para seguir mi espionaje... pero un par de casas adelante se detuvo en seco: era un viejo teatro cuya puerta esperaba se abriera para ella.

Hice lo posible por volver sobre mis pasos y esperar en la esquina para ver qué hacía. Si descubría que yo no era un vecino del teatro, seguramente estaría perdido. Por algún motivo mi curiosidad se había despertado al querer por todos los medios enterarme de su destino. La vi presionar el timbre pero nadie le abrió. Sacó un libro de su bolso y se recargó en la pared a leerlo. Seguramente no esperaba a nadie que estuviera dentro, tal vez ella había llegado muy temprano. Refugiada de la lluvia en el quicio de la puerta, sus ojos parecían perdidos en la lectura, pero su alma seguramente no estaba con ella. Pareció aburrirse pronto porque cerró el libro y vino hacia mí, pero antes de llegar a encontrarme, cruzó la calle y siguió su caminata. La vi desaparecer y me quedé en mi sitio, seguramente volvería y así lo hizo.

Una mujer muy delgada aguardaba a bordo de una camioneta. Cuando la vio llegar, bajó a saludarla y juntas intentaron entablar conversación. Poco a poco fueron llegando varios personajes raros que hacían verla a ella como una mujer común. Apartada del resto, fingía sonreír. Pretendía estar ahí, no haber olvidado su alma antes de salir de casa. Después llegó el dueño de las llaves y todos entraron. Me quedé esperando unas cuantas horas, marcando cada una de ellas en los dedos de la mano. Compré un aperitivo en la tienda de la esquina y aguardé pacientemente a que saliera de nuevo.

Subió en la camioneta de la mujer delgada, al lado de una graciosa rubia de extraños pantalones y un moreno larguirucho de rostro agresivo. De prisa tomé un taxi y ordené seguir la trayectoria de la camioneta gris. A través del vidrio podía notar que la mujer delgada hablaba mucho. Pronto la graciosa rubia se bajó en medio de la lluvia, y más adelante la mujer extraña bajó con el moreno larguirucho. Pagué mi cuota al taxista y abordé el mismo camión sentándome delante de ellos. La voz de la mujer extraña sonó detrás de mi nuca. Algo quería hablar sobre lo que todos ellos hicieron dentro del viejo teatro, pero el moreno larguirucho parecía no querer conversar. Silencios mortales me hicieron tener ganas de intervenir de pronto. Quería abogar por la mujer extraña, quería hacerle saber al moreno larguirucho que se había dejado el alma guardada en algún ropero, que atendiera a sus preguntas, que dijera más que un monosílabo insolente... pero la mujer extraña entendió al momento. Algún residuo de alma le quedaría, o ésta comenzaba ápenas a olerse conforme se acercaba a su casa. Preguntó un no sé qué de escritores y el moreno larguirucho se sintió motivado a brindarle cátedra. Luego se despidieron y yo bajé detrás de ella. Abordé un taxi justo atrás del que ella tomara y llegamos juntos hasta un mercado callejero.

La tarde caía seca y áspera, sin rastro de la lluvia que había plagado de romanticismo la persecución a que dediqué todo el día. Subió una calle empinada mostrando ya su cabello suelto cubriendo su cara, tal como la oscura bufanda lo hiciera por la mañana. Sacó un juego de llaves del bolso que traía consigo y accedió a su casa. Como pude me escurrí y subí la escalera tras ella. Podía adivinar el cansancio en sus piernas, su frustración, su sofoco. Abrió con su llave la puerta interior y me miró a los ojos.

-¡Así que aquí estabas!- murmuró como en un reclamo. La miré primero con pena y bajé la mirada para asumir mi culpa. Podía sentir yo mismo el hueco en su estómago, el nudo en su garganta, la punzada en su cabeza. Nos miramos fijamente a los ojos, aunque al parecer seguía molesta y sin querer tocarme un pelo. Pasé saliva y me tiré al vacío. Sin pensar en las consecuencias me lancé como un niño en sus extraños brazos.


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agosto 27, 2009

No eres el maquinista de este tren.

                                            Ayer como en un vago ensueño escuché La Marsellesa...
y sin más evoqué tus ojos profundos de anciano a destiempo.
La casa donde nos reuníamos ya ni siquiera existe...
no ha pasado mucho tiempo, pero ya no volveré a ir.

Hoy quiero jugar a hacer como que te extraño.
¿En qué lugar del mundo estarás? Suspiro.
Busco tus ojos... miento: sólo busco una respuesta a mí misma.
... pero no me hagas caso, creo que hoy amanecí romántica.

Cinco inventos postmodernos que hacen feliz mi mundo


  1. Word

  2. Hi5

  3. Facebook

  4. YouTube

  5. Google

agosto 26, 2009

Un instante fecundo

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente,
Volver a ser de repente tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo como un niño frente a Dios
Eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Se va enredando, enredando como en el muro la hiedra
Y va brotando, brotando como el musguito en la piedra
Como el musguito en la piedra, ay si, si, si.


Mi paso retrocedido cuando el de ustedes avanza:
el arco de las alianzas ha penetrado en mi nido
con todo su colorido se ha paseado por mis venas.
Y hasta las duras cadenas con que nos ata el destino
es como un diamante fino que alumbra mi alma serena.

Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber
ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento
Todo lo cambia al momento cual mago condescendiente,
nos aleja dulcemente de rencores y violencia:
sólo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes.

El amor es torbellino de pureza original:
hasta el feroz animal susurra su dulce trino.
Detiene a los peregrinos, libera a los prisioneros,
el amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño,
y al malo sólo el cariño lo vuelve puro y sincero.

De par en par la ventana se abrió como por encanto,
entró el amor con su manto como una tibia mañana
al son de su bella diana hizo brotar el jazmín,
volando cual serafín al cielo le puso aretes,
¡Mis años en diecisiete los convirtió el querubín!


Violeta Parra

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agosto 23, 2009

Quiero clonarme

Me despierto temprano a leer los seis libros que debo leer para el martes, a escribir una publicación periódica que tengo en un foro, a checar mis correos y dejar de paso que éstos me lleven a mis redes sociales y a contestar mensajes.

Mi madre se levanta y comienza a hacerme plática sobre su hermana, sobre su trabajo, sobre la comida... mi hija se levanta y me pide ver con ella unos videos coreanos que desea compartirme, quiere charlar conmigo sobre sus preocupaciones de volver a la escuela el día de mañana, sobre el acné que la ataca y sobre la limpieza facial que prometí hacerle.

Debería conectarme al Messenger para conversar con alguna amiga, debería echar un telefonazo a otros amigos y charlar con ellos, no dejar que se perdiera la amistad, debería ir a la biblioteca a atender mi tesis y escribirla tranquilamente, debería pensar en el show de cabaret que estoy preparando, componer las canciones y escribir el guión que debe estar listo para el domingo, debería decirle a mi cabeza que suprima algunas ideas mientras debo pensar en otras, pero simplemente no puedo concentrarme en una sola cosa.

Estoy preparando un material para mi clase y viene a mi mente una idea para escribir... me viene la inspiración de pronto y debo tomar fotografías, leer, editar, escribir otra cosa, atender a mi familia, trabajar...

¡Quiero clonarme! ¡Ya no me conformo con estar próxima a cumplir años, sino que quiero que de mí salga una Hortensia por cada año que cumplo, y aún así serían insuficientes!



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agosto 21, 2009

La otra mesa de regalos

Hace un año publiqué una frívola lista de cosas que deseaba tener y que hasta la fecha no tengo. Hoy mi mesa de regalos para mi cumpleaños viene cargada más de necesidades que de obsequios deseados, así que si alguien quiere regalarme algo, ahí les van mis opciones.

            1. Una mochila para estudiante de secundaria... de preferencia que sea de Pucca o de alguna otra cosa japonesa o coreana, colores serios (digo, nada pastel para que aguante más sin lavarse)

            2. Unos zapatos tenis del número cinco para la clase de Educación Física de mi hija... (no urgen mucho, al menos hasta que se le salga el dedo a los que ya trae :D)

            3. Una cuenta vencida de teléfono (y que pronto derivará en un corte al servicio de llamadas ¡¡¡y de Internet!!!)

            4. Una suscripción vencida a la revista Selecciones del Reader's Digest (y que los hijos de perra no van a descansar hasta que se las pague)

            5. Unas medicinas que cuestan $1200 pesos y que hasta que no me las tome, no voy a dejar de sentirme invadida por los residuos de mis excesos.

            6. Un mes de renta.

            7. Un recibo vencido de Luz y Fuerza del Centro

            8. La consulta al dentista para que dé seguimiento a mi reciente extracción de muela y me diga qué más procede hacer.

            9. El tóner de mi impresora que ya saca manchas blancas.

            10. El cable de mi laptop (sin él no puedo encenderla y saber lo que dejé guardado ahí)

            11. La hospitalización de mi compu de escritorio que necesita una buena formateada para que esté al cien.

            12. Dos pares de anteojos: uno con graduación de 0.5 en cada ojo y otro dependiendo del examen de la vista de mi hija (creo que es más ciega que yo)

            13. La impresión de 8 tomos de mi Tesis de Licenciatura (todavía no la termino, pero no pasa de este año, así que necesitaré también eso)


            En fin... como trece es el número de la suerte, ¿para qué le sigo? No necesito mencionarles que no me haría daño algo de ropa, la despensa de cada día y los pasajes que hay que gastarse... pero van a decir que ya quiero que me mantengan...

            En fin... ya saben qué regalarme en mi próximo cumple. Con un sueldo mínimo entre mamá y yo no hemos podido cubrir los gastos que arriba se ennumeran, y si a eso le sumamos que debe uno mantener esa fresca sonrisa ante lo que pasa, mejor no les platico.


            Lo escribo en el blog para que cuando llegue a tener dinero, no me olvide de lo que significa estar francamente DESESPERADA!!



            Gracias por atenderme hasta aquí.



            See U later...



            *

            agosto 13, 2009

            El cine y los desórdenes alimenticios

            -¿Es usted "de buen comer", verdad?- Eufemismo usado por mi doctor para no decirme tragona.

            Aún recuerdo esos días cuando me negaba a comprar en el cine algo que no fuera una botella de agua: la pantalla grande se había hecho para ver las historias contadas en gran formato, asombrarse, maravillarse con los trabajos de tantos creativos que recreaban la vida de magistral manera. Si optaba por comprar palomitas de maíz, siempre las compartía, no me acababa la cubeta y me quedaba con ganas de más.


            Hoy las cosas han cambiado: la monstruosa combinación de los complejos de salas y el estrés de la vida cotidiana, han hecho del cine un antro de perdición casi igual que los bares y las discotheques. En dichos espacios puede uno hacerse adicto al sexo, a las drogas, el tabaco y el alcohol, pero en los cines uno se hace adicto a otra cosa igual de dañina: la comida chatarra.


            Muchas emociones se ponen en juego al disfrutar el realismo de las imágenes que la tecnología ha permitido construir a los directores talentosos, y a las grandes productoras de filmes taquilleros. Uno puede ir a asustarse, a reírse, a ponerse nervioso o a llorar a mares. El negocio de los cines es la emoción: películas excitantes, deprimentes, terroríficas se apoderan de nuestras voluntades por periodos de una a tres horas, acudimos a las salas para olvidarnos un poco de la monotonía de nuestras propias vidas, para ilusionarnos, para pensar un poco, para dejar correr las lágrimas en la penumbra que nos permite ser sensibles sin avergonzarnos, para permitirnos brincar de un susto y reírnos después, para permitir abrazar al novio, a la novia, estar muy juntitos en un lugar íntimo y a la vez público, para tomarnos de la mano, para provocarnos emociones que no siempre nos dan nuestras mal gastadas vidas comunes.

            Y por supuesto, si a eso le agregas una cosa que te dicen que es queso derretido, cuando más bien es una mezcla tremenda de grasas saturadas y calorías al por mayor, el efecto producido en el cuerpo es equiparable a un viaje de marihuana, a una inyección de heroína, a una borrachera completa.

            No exagero: los "Nachos con queso" son el producto más exitoso del cine para mí. Ahora es un reto titánico el resistirme a comprarme unos, y acompañarlos de refresco. ("¿Coca está bien?" ¡Y por inercia contestas "¡Sí!"!) Además de robarle palomitas a mi acompañante y terminarme el producto mucho antes de la mitad de la película.


            Si alguien ama el cine como yo, puede fácilmente estar consumiendo esta combinación explosiva una vez cada mes, cada dos meses, cada que hay estreno, cada que hay festivales, muestras o foros. Por fortuna el dinero no me da para irme a gastar doscientos pesos en boletos y snacks, así que entonces, cuando no puedo, opto por mirar cine en la tele y alistar el escenario para hacerlo mejor: Palomitas de Microondas, refresco, papas, algo que truene en la boca, en pocas palabras: comida chatarra.


            Y por si esto fuera poco, la relación vista-pantalla/boca-alimento es tan fuerte, que una vez viendo televisión o estando frente a la computadora, la ansiedad se vuelve algo incontrolable, y hay que tener café y galletas mientras se hace la tarea, se escribe en el blog o se navega.


            No es que uno quiera siempre echarle la culpa a terceros de los errores que uno comete en la vida, porque finalmente el caer en no cuidarme ha sido una decisión mía y sólo mía, pero no puedo dejar de lado los procesos inconscientes, y concluyo que además de la injerencia de otros factores, así fue como me fregué el sistema nervioso al relacionarlo directamente con el sistema digestivo. Emoción, estrés, presión=problemas gastrointestinales.


            Uno busca el origen cuando hace un alto, cuando el médico te dice cómo estás por dentro, cuando menea la cabeza con desaprobación cuando le vas narrando los excesos de tu vida. Entonces vuelves a casa y decides cuidarte, pero el llamado de la droga es fuerte, la compulsión no se ha terminado.


            -"Necesito desintoxicarla como lo haría con un drogadicto"- me dijo. Me sentí terrible...


            "Comer no debe ser tan malo..." piensa uno inocentemente. Es crucial para estar vivo, para seguir andando... pero el mundo en el que vivimos, la imparable cantidad de estímulos visuales, olfativos, auditivos y subliminales que nos rodean, hacen de este mundo algo muy peligroso, más peligroso de lo que llegué a pensar, más diabólico, más arrasador. Ahora hay que andar con pies de plomo, porque el cine y los desórdenes alimenticios han hecho una complicidad malsana.


            Hay que amar el arte, pero no dejar que se nos meta nada raro por la boca mientras hacemos corajes porque Harry Potter se da arrumacos con la odiosa de Ginny Weasley. :P



            *

            agosto 03, 2009

            Aprendiendo a vivir de locura

            NOTA: Los lectores de este espacio votaron en segundo lugar por este título. La censura en los medios visuales, título que obtuvo la mayoría de votos, puede leerse desde hace varios días en "Tortura en Tierra de Ciegos". Gracias por participar en la encuesta :)



            Siempre hay un momento ideal para escribir acerca de lo que pasa, y desfortunadamente ese golpe de inspiración no viene todos los días. Hoy vuelvo a la rutina de la escuela, el trámite, el término del servicio social, los cursos adicionales. Un cúmulo de realidades se aproximan a mí como un tsunami que amenaza con cubrirme completamente.

            Por eso hoy quiero abundar sobre este título que ha venido volando encima de mi cabeza por varios días. Este blog se titula "La Locura de estar Viva", y como un loco foucaultiano aquí estoy, sintiéndome una pieza que no encaja en un mundo roto y desabrido.

            Desde que tengo memoria siempre me he sentido así: un ente raro, apartado, más antisocial que amiguera, más tendente a la soledad que a la convivencia, más dueña de mi propio mundo que del metro cuadrado que me rodea, así que a mis casi 33 años de existencia pienso que sería inútil intentar cambiarme.

            He meditado muy seriamente sobre las consecuencias físicas y mentales que me ha causado el tomarme la vida tan en serio. Veo a la gente andar despreocupada por la calle, esforzándose sólo por ganar dinero y pagar las deudas, y en todo caso, procurándose diversiones frívolas para evadirse y escapar un poquito de esta realidad que mata... pero no deciden comprometerse consigo mismos, no suelen tener ideales que perseguir, sueños que realizar, aspiraciones por cumplir. Hoy la gente se conforma con muy poco, todo le parece bien, normal, cotidiano, y sienten ellos mismos que no hay absolutamente nada por hacer al respecto.

            Yo no sé si tomarme la vida como me la tomo vaya a llevarme a la tumba más pronto de lo que me gustaría: todos mis males físicos tienen origen en la tensión nerviosa según portales informativos de Internet, y según mi doctor, que no tardó en confirmármelo hace exactamente un mes. Hoy tengo cita con él para hablar de mis supuestos avances, y estoy preparada para que, como el mecánico al coche, ahora me encuentre otro mal y otro más, y otro más. Siempre fui una mujer sana y sin problemas de ningún tipo, pero como dolorosamente me dijo un amigo: "Bienvenida a la edad adulta", ahora es cuando los años me empiezan a pesar.

            Si bien considero que siempre fui un "alma vieja", convivir con un cuerpo que empieza a hacerse también viejo, y con un espíritu necio que se rehúsa a dejar de soñar, de sentirse joven, responsable, preocupado, capaz de hacer algo por limpiar la mierda que está en su entorno, resulta ser muy difícil. Pero, ¿quién dijo que la vida sería fácil?

            Sé que a algunas personas suele molestarles mi forma de ser, suelen hallarme aburrida... ("Siempre lo mismo conmigo"), por eso mis verdaderos amigos se cuentan con muy pocos dedos de una misma mano, pero mientras pueda crear, aprovechar los talentos que tengo y no guardarlos en el archivo muerto, lo voy a hacer. Sólo espero que pueda seguir haciendo diabluras hasta el último día de mi existencia, que no me llegue una vejez trepidante, de esas que parecen un cáncer que invade la mente y el corazón, impidiéndonos sentirnos una pieza importante del rompecabezas, así nos lleve una vida enterarnos de dónde está nuestro lugar para encajar.

            Quiero vivir de locura, de sueños, de metas que se antojan irrealizables... y no me malentiendan, no quiero ser famosa y millonaria. Quiero seguir haciendo cosas locas, por más mínimas e imperceptibles que parezcan, conociendo gente valiosa que me ayude a crecer y a sentirme feliz, quiero conservar a los amigos con los que cuento, fortalecer los lazos de mi familia, elevar mi calidad de vida, nunca dejar de aprender. Si eso es una locura, pues seguiré andando como una loca suelta por las calles fingiendo ser normal. No me importa que digan que tengo el ego desbordado, que me siento especial y me creo mucho... nadie sabe que la procesión va por dentro...

            Lo que he decidido es difícil, y en casos extremos se antoja imposible. Me tomo la vida en serio... insisto, tal vez demasiado en serio. Me río para no llorar, lloro para no explotar. Me importan los seres humanos y por ello me asusta la gente que parece haber dejado de serlo. Odio la caridad, apuesto por la verdad. Creo en la inteligencia superior del hombre, aunque a la vez me aterra.

            Pero aquí estoy, a punto de largarme otra vez a la calle, a rozarme con la raza, a practicar mis habilidades sociales, esas que a fuerza de disciplina, dolor y fe he ido adquiriendo para sobrevivir en la selva de asfalto. No me queda otra alternativa... siempre le digo a mi madre que pude haber salido peor, aunque le cueste trabajo entenderlo :´D

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