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junio 11, 2009

La rubia con huaraches

Con la frente en alto llegó al pueblo. Llevaba una criatura en brazos, mientras la niña de ocho años y el mocoso de dieciséis le ayudaban a cargar sus pocas pertenencias. Su joven marido había muerto de pulmonía: la pobreza lo había matado dejándola a ella sola con sus tres retoños.

Con la mirada desconfiada extendió un papel en la mano de aquel mozo. Él le miró los huaraches con desprecio, sintiéndose por un instante el patrón. El hombre rico del pueblo le había dicho que podía usar un pequeño jacal y hasta él la condujo indicándole sin palabras que lo siguiera. Ella hizo avanzar a sus hijos detrás del mozo con un apenas perceptible movimiento de cabeza y ellos caminaron descalzos, con la piel curtida de tanto andar, terrosos y con un hueco en la panza. Entraron en la oscura morada y la niña buscó acomodarse en un raído petate que parecía dispuesto para el descanso, ensayando una risa apenas practicada, recién aprendida. Una mirada hosca de su joven hermano le hizo apartarse de pronto y dejarle el lugar a esa rubia que le había dado la vida y que le parecía tan distante.

Belén se desenredó el rebozo y depositó a la blanca criatura en el polvoso petate, procurando espantarle algunos bichos que rondaban por ahí. Habría que poner en orden ese espacio, pero habría que descansar primero, sacar el pañuelo con los pocos pesos que le quedaban para salir a buscar leche y pan. Buscó instintivamente los claros ojos de su primogénito, pero no lo encontró: se había ido a explorar las afueras del jacal machete en mano. Ya se había acostumbrado a lidiar con nauyacas y ahora era su deber procurar el bienestar de esas mujeres: mientras él viviera nadie se atrevería a humillarlas o a hacerlas menos... pero una sola ojeada al pueblo le hizo entender que esa tarea sería muy dura, pues todo el que pasaba lo miraba a él como si fuera una de esas peligrosas nauyacas de tierra caliente, bicho que se arrastra por el suelo y que sólo causa repulsión.

Los ojos negros de su hija morena la miraron desde esa posición servicial que mantendría el resto de su vida. Belén se quebró: esa mirada pequeña le recordó la primera vez que vio a Delfino pasar frente a su hacienda, su blanca sonrisa iluminaba su tez tostada, y sus brazos fuertes le dieron la ilusión de protección eterna. En ese momento no sabría que enamorarse de un campesino sería una maldición a su estirpe, la desaparición de su nombre en el testamento y el comienzo de un matriarcado que se extendería en su familia por dos generaciones más.

Quiso llorar pero las lágrimas eran un lujo en su cuerpo debilitado. Por un momento creyó odiar a esa pequeña que la miraba silenciosa, con ese espíritu tan pesado que tienen los niños al mirar. Ella era la única que le había heredado el color de piel y los ojos a su difunto padre, ella era la única que a veces sonreía en medio de toda esa miseria... pero ahora observaba a su madre sentada frente a ella con esa larga trenza rubia que le caía sobre el pecho, sumida en sus recuerdos, dubitativa, con un miedo que había aprendido a disimular muy bien, y con un orgullo que no había perdido a pesar de tanto dolor. La pequeña quiso encontrar en su madre un gesto de esperanza, algo que le dijera remotamente que existía un motivo para estar viva, para no avergonzarse de ser la hija morena de la rubia con huaraches, pero así permaneció largo rato sin ver resultados.

La humilde cara de su hermano mayor se apareció de pronto, y las dos supieron que aquel no era más que un chiquillo asustado obligado a ser hombre. Belén se sintió por primera vez sola, desposeída, percibió la punzada del hambre y del frío, e intuyó una lágrima contenida en el rostro endurecido de ese muchacho flaco y pálido que se había convertido en la figura paterna de sus dos hijas. La menor de ellas despertó de su sueño exigiendo atención y cuidados, tal como lo haría el resto de su vida. El joven le dio a su madre la espalda al notar cómo esta se disponía a acomodarla para dejar que absorbiera su savia vital con desespero. Se acomodó en un rincón y se negó a ver el pecho desnudo de su madre, se negó a verse las heridas de los pies, se negó a ver la realidad lapidaria que se burlaba en su cara, y con esta actitud permanecería entonces y por el resto de su vida.

Belén cerró los ojos y se dejó llevar por el delicado placer de amamantar a su pequeña. Quería imaginar que al despertar todo habría desaparecido, quería olvidar que ya no vivía en la hacienda, que ya no usaba vestidos bonitos y que ahora era una viuda extraña en un pueblo ajeno... pero una delicada mano inoportuna se posó encima de la suya. Cuando abrió los ojos se encontró de frente con la sonrisa morena que hasta ahora no había dejado de verla. No lo soportó. Un arranque de rabia le hizo apartarla de una bofetada: ¡lo que menos necesitaba era compasión, lo que menos deseaba era recordar a Delfino! ¡El ya estaba muerto, se había ido, la había dejado sola, con tres hijos, pobre, triste...y para siempre!

¿Por qué ella? ¿Por qué la morena? ¿Por qué no dejaba de verla con esa mirada tierna que sólo tienen los perros? ¿Por qué ella? ¿Por qué siempre ella? ¿Por qué nunca dejaba de verla? ¿Por qué nunca dejó de verla hasta el último momento de su existencia? ¿Por qué curó sus fiebres, vendó sus heridas? ¿Por qué nunca se casó? ¿Por qué la niña morena sería quien sacrificara su propia vida? Porque siempre intentó hacer feliz a su amada e incomprensible madre: esa distante mujer a quien conocían en el pueblo con el mote de la Rubia con Huaraches...




*

marzo 16, 2009

Carta a una futura madre

No te había visto más bella que ahora que estás dando vida. Tus ojos lucen más brillantes, tu sonrisa plena, tus pechos turgentes y la barriga redonda. Las piernas discretamente cansadas vestidas por un cómodo calzado que te ayuda a protegerte de las várices y de cualquier caída.

Vas a ser mamá.

No es cualquier cosa, si lo piensas bien. Quien te conoció antes podrá recordarte con el pelo pintado de rojo, llamando la atención por toda la Universidad como un cerillito a punto de encender el fuego, alentando a la gente a despertar de su modorra, buscando por todos los medios sentirte útil, una guerrera de la educación en México.

Hoy se te ha dado esa oportunidad.

Formarás una familia bonita, con muchos esfuerzos, con el trabajo que cuesta criar a un hijo que ha llegado por sorpresa, pero con la valentía y la entrega que surgen del compromiso adquirido, de la convicción por dejarle al mundo una esperanza viva.

La pequeña niña que nace en tu vientre llorará muy pronto por primera vez... y tal vez le toque llorar mucho más, tal vez no alcance el agua potable del mundo para dar de beber a una boca sedienta más, tal vez no alcancen los horrores del mundo a dejarla ser una mujer de paz...pero quién sabe. Tú y yo sabemos que el secreto de todo está en la educación, que no importa cuán adversas sean las circunstancias, si uno sabe salir adelante. No importa cuán largo y sinuoso parezca el camino si uno sabe trabajar, echar mano de lo que hay y continuar soñando con alcanzar la felicidad.

Si Dios no siguiera teniendo fe en el hombre, lo volvería estéril de la noche a la mañana. Sin embargo siguen formándose buenos seres en los vientres de las buenas mujeres, siguen depositándose ilusiones en el seno de las buenas familias, y sigue creciendo el corazón de los futuros padres y madres del mundo.

Por eso, querida compañera, esos ojitos limpios que conocerás muy pronto, deberán ser abiertos en toda su amplitud, deberán conocer la vida con sus fatalidades y sus maravillas, deberán incluso mirar más allá de todo. La pequeña boca que de momento sólo sabrá succionarte y agrietarte los pezones, deberá aprender a hablar, besar y sonreír. Deberá saber cantarle al amor, pero también gritarle a la injusticia. Las pequeñas manos que lucirán frágiles como de fina cera, deberán trabajar y crear. El cuerpo todo será el instrumento que guíe sus pasos hacia la búsqueda eterna del bienestar común.

Yo no sé si compartas mi preocupación por el planeta que hemos heredado, pero estoy segura de que no quieres pensar en ello. Prefieres sentir esos leves dolores cuando en la placenta tu pequeña hija se mueve, haciéndote recordar que está más viva que nunca, preparándose día con día para aterrizar en este mundo loco. Prefieres buscar ropa rosita e imaginarte su rostro en tus sueños.

No dejes de hacerlo.

Vive y disfruta la infancia de esa niña a quien has decidido poner el nombre de la sabiduría... no creo que sea gratuito. Goza todos y cada uno de los días de su vida, únete cada vez más a tu pareja para emprender una tarea que comenzaron juntos, y que ahora tendrán que enfrentar todavía juntos. Aprovecha la fuerza y disposición que tiene tu hombre de amarte a ti y a su pequeño fruto, pónganse de acuerdo en las decisiones, no peleen frente a la niña. Ámense siempre, no descuiden su placer por los deberes, no se encelen por la atención demandante que siempre traen consigo los niños. Requerirán paciencia, madurez, control de sus emociones. Ser padres les exigirá todo un cúmulo de cualidades que, si aún no poseen, deberán ir desarrollando. Tendrán que ser optimistas para no transmitirle desde temprana edad la desesperanza, y cuando ella descubra que la vida es una mierda, será su labor admitirlo pero echar mano del conocimiento de la belleza, esa que siempre existirá aunque permanezca aparentemente oculta ante nuestra vista. Habrá que enseñarse a uno mismo a frotarse los ojos y mirar la luz en mitad de la oscuridad.

Ámenla mucho, ámense... siempre es más fácil amar que desesperar. No habrá dinero suficiente, no habrá recursos ni oportunidades suficientes nunca, por eso no se preocupen. No se dejen tentar por ofertas ilícitas, aún en la peor de las emergencias. Aférrense a la honestidad y a los principios con que fueron educados, piensen en los buenos ejemplos de sus propios padres y repitan lo que les funcionó para construirse sus propios ideales, y su propia personalidad. Desechen todo aquello que identifiquen como impedimento de crecimiento espiritual e intelectual.

Diviértanse, no pierdan la capacidad de reír, de sentirse tontos, niños, bobos. No todo en la vida es luchar y nadar contra corriente. Permítanse caprichos de vez en cuando... pero sobre todo, asuman su responsabilidad de adultos. Nunca intenten sentirse jovenzuelos que son amigos de su hija, asuman su rol de padres con jovialidad, pero con autoridad contingente. Establezcan límites, no le faciliten la vida. Entrenen a su hija a enfrentar retos, desde los más simples como aprender a hablar o andar bien, hasta los más duros como superar una pérdida o terminar una carrera.

Yo no sé qué más decirles. Ambos son pedagogos, y tú, mi querida compañera, eres una mujer encantadora: amable, inteligente, decidida. Sabes lo que hay que hacer, nótese el guiño del ojo. No creo haber dicho nada novedoso, pero quería dedicarte unas cuantas líneas.

¡Salud por la vida, querida Jossy!
¡Bienvenida seas, Katia Sofía!

*

diciembre 06, 2008

Llegar a los 60


Sesenta segundos son sólo un minuto, y sesenta minutos son apenas una hora, pero decir sesenta años de vida no es tan simple como cualquier cosa.

A esta edad ha llegado mi madre: fuerte y necia a pesar de sus malestares. Hoy la estamos celebrando. Se fue a pintar el cabello y se compró zapatos para estrenar, invitó a sus mejores amigos y anda contenta como una quinceañera. Mi tía me friega diciendo que baje a lavar el patio, como obligándome a cooperar en un festejo para el que tengo que tomarme mi propio tiempo.

He sido parte de la vida de mi madre por más de la mitad de la misma, he ocupado el centro de su energía prácticamente desde que supo de mi venida. Se ha entregado poco a poco a mi causa, haciendo sacrificios que no se le pidieron, pero que ella consideró necesarios para ayudarme a ser feliz.

Ha sido madre y abuela con el mismo fervor y entusiasmo, únicamente mermado por la edad y el desgaste de la salud... sin embargo, a pesar de que su vida parece tener sentido sólo a través de los otros y no por sí misma, es mi madre una mujer valiosa, valiente, decidida, inteligente, sensible y única. Ya no quedan en el mundo muchas madres como ella.

Me cuenta que de niña jugaba con un olote envuelto con un trapo, al que su abuela desalmada le pintaba ojos y boca con un carbón. No tuvo más juguete que ese remedo de muñeca que nunca le gustó, y al cual hasta le tenía un poco de miedo. Por eso desde que nací, me envolvió en un mundo rosa, me puso vestidos de encajes y se empeñó en construirme un mundo pastel.

Pero igual que Pinoccio abandona el regazo de Geppeto para irse a explorar el mundo, así la muñeca de palo que era yo, y que daba felicidad a los días de mi tierna titiritera, me solté de los hilos que me sujetaban para ir tras el circo y su encanto, en compañía del zorro y el gato, convirtiéndome poco a poco en un monstruito que a mi madre aterrorizó.

Hoy estamos en la panza de la ballena, sentadas frente al fuego y mirándonos las caras. Llevamos años de esa manera, esperando que el gran mamífero estornude y nos libere a ambas, pues yo quedé atrapada junto con ella cuando quise rescatarla... porque la amo. La amo profundamente, puedo verlo a través de las llamas que iluminan su rostro lleno de arrugas y su semblante cansado. Puedo ver este amor mío tan mal demostrado que ha dejado huellas en su piel y destellos blancos en su cabello, mismos que ahora disimula muy bien con el tinte ciruela. Puedo ver su cuerpo cada vez más frágil con la sensación de haber llegado a la cima y tener que continuar, pero ahora en picada.

Ya apagará esas llamas que iluminan su rostro, serán las velas del pastel que nos harán estallar en aplausos, y a ella tal vez en llanto, pues es de lágrima fácil.

Amo a mi madre con el alma, aunque no esté acostumbrada a reconocerlo. No sabría qué hacer sin ella aunque tal vez sería más libre. La amo con la veneración que se le tiene a los ancianos, con la vergüenza de no haber podido ser lo que ella quiso de mí, y con el orgullo de ser quien quiero ser, de todas formas, gracias a ella. Fue fusional conmigo, y lo sigue siendo, he sido su muñeca de aparador, aunque con vida propia: la muñeca desobediente, la que ya no quiso más usar el color de rosa, la que optó por el negro como bandera de vida recordándole al olote pálido y lúgubre con ojos y labios de carbón.

Ahora viene subiendo la escalera... y yo tengo que salir a ayudar para que no sienta que no me importa, aunque lo único que quiero hacer es abrazarla fuerte, muy fuerte, y felicitarla por estar aquí, conmigo a pesar de todo, por vivir, reír y llorar como la mejor de mis amigas, porque sesenta años son un triunfo en sí mismo, y ahora puede portar sus marcadas líneas de expresión con una dignidad de santa, lo mismo que sus canas maquilladas con la vanidad que aún le queda por ser una hermosa mujer.

noviembre 18, 2008

A trece años del milagro


Mis ojos se abrieron en medio de la madrugada: había llegado la hora de morir o vivir para siempre en ti. El líquido suave con que te alimentaba se estaba escapando de mí de repente. Tenía que avisarle a alguien, levantarme y decidir qué hacer. Fue mi madre quien me dijo que me preparara, que se me había roto la fuente de vida en la que tú te mantenías segura, y habría que sacarte de ahí, traerte al mundo, obligarte a respirar.

Procuraba por todos mis medios de evitar que el líquido saliera. En medio de suaves dolores retenía su fluido esperando conservarte dentro todavía un poco más. Estaba asustada, tenía mucho miedo de lo que podría pasarte. Nunca te había amado tanto hasta ese preciso momento, en el que mi instinto materno luchaba por mantenerte viva, por sentir que estabas segura ahí, dentro de mí.

Horas de angustia pasaron, con mi vestido maternal de girasoles buscando un lugar donde pudieras llegar, dándome cuenta con rabia de que no eras la única que nacería ese día, que como yo había millares de madres pariendo en el mundo entero, y que en eso no eras especial. No había por qué hacer distinciones, yo era una niña espantada más, una jovencita temerosa que no pensó en esto cuando lo hizo sin cuidarse, y como tal había que tratarla. Los doctores querían sentir tu cabeza, o tu hombro, o lo que fuera, con tal de meterme el guante y sonreírme.

Finalmente llegué a un lugar en donde casi reclamé el derecho a mi pajar. Pasó la mitad del día hasta que alguien me dijo que ya no te movías, que estabas sufriendo, que no te aseguraban la vida. Yo moría por verte a los ojos, desesperada por que salieras viva, completa, contenta... y mía.

Ahora han pasado los años, y cuando te veo a los ojos todos los días, mi corazón no evita sonreírte al saberte viva, completa, contenta... y un pedazo grande de mi vida.
Festejo el tener fresco aquel bello momento, cuando con las vísceras de fuera me resistí al desmayo sólo hasta oírte llorar. Festejo tu llegada luminosa, tus ojillos lindos, bien abiertos que me dieron las gracias cuando te conocí. Festejo tu cuerpecito frágil envuelto en cobijas, tus manitas pequeñas encerradas en las mías, tus primeros pasos, tu primera caída, tu primer diploma, tu primer desamor...

Festejo tenerte y no tenerte, festejo el dejarte ir de poquito a poco, festejo el regalo más grande que me ha dado el destino. ¡Festejo al microbio de tu padre!, a su atinada semilla de vida. Festejo tu abrazo, tu risa, tu esencia.

¡Festejo, festejo, festejo! Hoy la que está de fiesta, soy yo.

junio 18, 2007

Enigmas y estigmas de la edad

Si yo no tuviera ojos, no vería envejecer a mi madre, a su piel arrugarse, hacerse débil y pequeña. Sólo oiría lo enérgico de su voz, sentiría la fuerza de sus manos y le guardaría más respeto.

Si yo no tuviera ojos, no vería crecer a mi hija, desarrollarse, ir alcanzando mi altura. Sólo escucharía lo espontáneo de su risa, de sus charlas y sus chistes, y sólamente la abrazaría para que nada le pasara.

Si pudiera tan solo mirar con el alma, deshacerme del estorbo de la imagen demacrada que aparece en la nublada mirada de mi madre y en su tímida sonrisa. Si mi hija no tuviera una forma femenina apenas dibujada, si sus facciones no se fueran endureciendo conforme pasa el tiempo...

Recuerdo el cabello largo de mi madre, sus uñas pintadas y sus zapatos de tacón. Recuerdo los dientes de leche de mi hija y lo frágil de sus bracitos y piernas. Su cabello cortito y su agilidad para correr.

Esas cosas no vuelven más... pero mis ojos me engañan: Mi madre es mi madre, y aún me pierdo entre sus brazos. Mi hija es mi hija y aún navego en lo obscuro y profundo de sus ojos marrones.