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noviembre 16, 2009

Un sueño compartido

Ella llegó temprano y él la recibió recién bañado. No sabría explicar por qué eligió el pantalón más limpio y una playera nueva, pero ahí se encontraba, como un adolescente ansioso ante su primera vez. Ambos sabían que no sería eso para ninguno de los dos. Él sólo abrió la puerta y la dejó pasar, ofreciéndole asiento como si se tratara de una visita formal.

Por el chat habían quedado en hacerse un favor mutuo: él era buena onda, despreocupado y guapo, y estaba pasando por una racha de mala suerte en cuestión de mujeres. Ella necesitaba recordarle a su piel lo que era vibrar ante el sexo para no llegar vulnerable cuando se entregase al verdadero amor.


Se miraron fijamente, nerviosos, dudosos de lo que anteriormente habían acordado con tanta gracia y sin complicaciones. Él le ofreció algo de tomar y ella sonrió. No era como lo había imaginado. Pensó en pararse de puntillas y treparse hasta la altura de su cuello para luego subir a trompicones las escaleras rumbo a su cuarto... pero ahora estaba ahí, sentada en la vieja sala de los años cuarentas, como una señorita decente con las piernas juntas y esperando una taza de té.


El joven regresó avisando que el agua tardaría un poco en calentarse, y que mientras tanto deberían esperar. Ella lo invitó a sentarse a su lado y él se acomodó en el sillón sin saber qué decir. Ninguno sabía qué seguía, él quería acariciar sus cabellos y ella enredarse en su cuerpo con más premura de la que hubiera imaginado, para acabar de una vez con todo y largarse de ese lugar.


-¿Quieres...que te bese?- preguntó él seriamente. Ella se lo pensó un poco y luego negó con la cabeza.

-No lo sé. ¿Para qué son los besos?

-S-son el preámbulo...

-Entonces no es necesario ya...-contestó mirándolo con las mejillas rojas y la humedad entre las piernas. Recibirlo ahí, en ese sillón, entregarse en un suspiro fogoso, ofrecerle el cuello, arrancarle la ropa, aspirar de su pecho el perfume que acababa de vaciarse encima era todo lo que quería hacer entonces. No había tiempo de cursilerías, de tomarse la mano y acariciarse con cariño, eso no le correspondía a él. No quería dar explicaciones, decirle "Mira, quiero revivir la memoria de mi cuerpo, hace tanto que no estoy con nadie, y él ha estado con tantos, que ahora sólo quiero que me tomes y me hagas sudar. A él sí quiero amarlo, tú sólo poséeme y después acompáñame a la puerta."


El chillido de la tetera interrumpió la intención de lanzarse encima de ella, probar sus labios, amoldar sus enormes manos sobre sus enormes senos, disfrutar ese cuerpo hasta entonces desconocido, excitarse con la idea de que él fuera deseado por ella, de que después seguirían siendo amigos, compartiendo un secreto íntimo ante el cual sonreír con descaro. Se levantó nervioso y corrió hacia la cocina para apagar el fuego que hacía hervir el agua. ¿Debía preparar el té o sólo aplacar el ruido? La respuesta era obvia, así que volvió corriendo y sin pedir permiso se abalanzó en sus brazos llegando directo a probar su boca.


Ella dio un beso forzado, sorprendido, acelerado. No quería entretener más su lengua jugando en la cavidad de su amigo, quería desprenderse de todo pudor y llevó sus manos a despojarlo de la playera. Él entendió el mensaje y desabotonó torpemente su blusa, ella gemía, ya no había agua caliente en la cocina, no estaban el perro ni el abuelo, nadie que interrumpiera la realización de ese momento... pero un ruido insistente la hizo girar hacia la mesita de al lado para callar la alarma del despertador.


Aún con el corazón acelerado abrió los ojos y miró que ya era la hora. Tenía que levantarse y sentarse ante el ordenador. Se acomodó el pijama y se lavó los dientes... sonrió al encontrarlo en línea y se resistió a saludar.


-¿Por qué no me saludas?- parpadeó el mensaje en la barra de tareas...

-Puede que aún esté dormida, es que me acabo de levantar...

-Ah... yo también, estoy desvelado.
-¿Y eso?
- ...anoche soñé contigo...

-...¿Ah, sí? ¿Qué soñaste?

-...que venías a mi casa... y me violabas...-emoticón de sonrisa traviesa.


Emoticón de carcajada y cambio radical de tema. Ya no haría falta proponerlo en serio, pues un sueño compartido podría ser considerado una realidad...



*

noviembre 06, 2009

Mucho más que piel

Una simple mirada lo desencadenó todo. Luego cerraron los ojos y se lanzaron al vacío que les aguardaba sobre el edredón. El vértigo fue impresionante, el brinco en el estómago, el mareo y el escalofrío. El beso a profundidad, el abrazo al cual se aferraban como si fuera el paracaídas. Los corazones a cien.

Sería la primera vez que sus pieles se encontraran, y las manos tímidas de él buscaron el contacto bajo la ropa. No había ansiedad, persistía el miedo, ese miedo que por fin dejaría de ser pared para convertirse en puerta. Los labios les temblaban de emoción pero no querían separarse ni un solo centímetro. Temían que al hacerlo y abrir los ojos, volviera ese pánico a hacerlos presa deteniendo aquél instante para siempre. No querían mirarse asustados y soltarse precipitadamente para acomodar sus ropas y decidir guardar compostura. No podía pasarles eso más, ya no más.

Por eso abrieron los ojos decididamente, y ese golpe de mar y tierra en la cercanía los hizo asentir por dentro. Él la miró unos segundos y luego apretó sus labios contra los de ella, no cabía la menor duda. Derritiéndose por dentro bajó a su cuello, buscó su pecho con la mano y lo aprisionó suavemente. Sus pulsaciones se aceleraban al mismo tiempo que el masaje se iba tornando más dulcemente rudo. Él se acomodó entre sus piernas. Con suaves movimientos bailó sobre su cuerpo tendido, elevando la temperatura del cuarto. Parecía una serpiente reptando por las dunas, dibujando curvas con su espalda, impactando la arena de su voluntad en cada fricción. El efecto que tenía sentirlo crecer sobre la ropa le hizo atraparlo entre sus brazos y creerlo suyo... y asumirse suya. Acarició su cabeza y agradeció el cabello escaso, apenas creciente que le permitió seguir con sus manos la redondez de su calavera y palpar la piel que cubría su cráneo. Atrajo su rostro y lamió su boca, luego buscó hambrienta sus orejas, él se estremeció.

Los gemidos acompasados les hacían temer de nuevo que aquello fuera una locura. El miedo no dejaba de soplarles detrás de la nuca con su aliento frío, pero el calor de sus cuerpos rebasaba pronto el aura que estallaría varios minutos después, cuando el blanco de sus pieles se fundiera en uno solo, cuando no hubiera forma de averiguar dónde empezaba uno y terminaba el otro, quién era el hombre, quién la mujer... cuando el canto de los lamentos placenteros se fusionara en un mismo tono, cuando el roce de sus sexos les hiciera sudar, gritar, llorar y adorarse juntos, cuando la danza de sus vientres les hiciera perder la cabeza y encontrar el alma perdida, cuando un beso suave culminara el ritual, cuando el abrazo final les hiciera sonreír plenos de dicha, de juventud, de vida.

No habría más dolor que hiciera ruido. El pasado sería sólo un instante doloroso, una cicatriz bultosa que sólo duele al tocarla, pero que ya no sangra más. Un pasado que alguna vez fuera un insoportable equipaje, pero que ahora es sólo un pequeño tesoro que guardar en la gaveta, mirar de lejos y darle la espalda para besarla de nuevo, para conquistar el secreto oculto detrás de su mirada triste y sonreír porque están vivos, y porque sexo, pudor o lágrimas, nunca más va a dar igual.

*

octubre 23, 2009

Remodelaciones

Esa mañana se levantó muy temprano, con los ojos enmarcados por sombrías ojeras. Se puso en medio de la sala y observó el tapiz ajado que cubría sus paredes. Una suave rasgadura le hizo entregarse a la tentación de arrancar con fuerza las tiras de papel viejo que vestían el muro, y sin más montó su bicicleta para regresar con un bote de pintura azul.

La vida sin ella no era más que un monótono dormir para vivir y despertar para soñar. Sobre un jarrón de cristal cortado yacían las rosas que ella le había llevado la última vez que cenaron juntos. El agua se había evaporado y los pétalos caían rígidos sobre la mesa en un crujir silencioso. No había en esa casa espacio alguno para el amor: ella se había llevado en el veliz rojo hasta el último resquicio de alegría que antes deambulara entre los muebles.

Sin pensar nada, tal como había hecho con su vida los últimos meses, raspó sin dificultad el pegamento viejo que sostenía el tapiz adherido y dio el primer brochazo. La brillante mancha de color le dio la impresión de haber abierto una ventana por donde se colaba toda la vida que había estado prohibida en esa habitación. Continuó sin detenerse hasta el quicio de la puerta, y luego siguió de largo hasta encontrarse con un enorme obstáculo que le impidió seguir coloreando la pared que acababa en la ventana. El viejo piano yacía pesado sobre el tapete y lo observaba sin la menor intención de dejarse mover. Una gruesa capa de polvo cubría su madera barnizada, igual que a las fotos que descansaban sobre él como si fuera un simple estante donde colocar recuerdos.

Trató sin éxito de moverlo un centímetro, pero sólo consiguió que los cuadros cayeran boca abajo, derrotados como soldados muertos. Ya nada quedaba de aquéllo más que el polvo y el peso de un viejo dolor.

Sin detenerse a observar las fotos como tantas otras veces, recogió uno a uno esos retratos que conocía de memoria: su sonrisa, sus abrazos, los viajes juntos y las reuniones. Todo el color de la imagen había sido devorado por el sol que se colaba asesino por el ventanal sin cortinas. Ya no había vida en esas fotos tampoco, el bote de basura con olor a verduras podridas les aguardaba para hacerles compañía.

Cruzó los brazos frente a la sombra del piano, que seguía mirándolo con la solemnidad y el temple de un anciano. Parecía decirle que cualquier esfuerzo sería en vano, él no se movería para darle libertad a su muro...

Él se sentó en el taburete y concentró su mirada en las brillantes teclas que le sonreían retadoramente. Pronto el muro y el tapiz dejaron de tener importancia en su momento, pronto el mal olor del refrigerador se disipó y la luz dejó de ser molesta. Descansó sus finos dedos sobre el teclado, y luego no pudo parar más.

*

septiembre 14, 2009

La sirena y el soldado

..no somos ni una cosa ni otra. Simple ángel aspirante a vedette pretendiendo ser demonio, simple trotamundos que se refugia en el teatro para hacer otra guerra.

Él viajó a Bosnia, a Servia, a los restos de Sarajevo buscando su inexistente paz. Un hombre sin patria ni bandera, sin rasgos, sin idioma. Un hombre blanco y barbado traído de fuera a contagiar locura, a crear escenarios aéreos con la música del alma. Un leve acento francés, un español mexicano.

Ella, una férrea creyente del amor, amante de los besos. Cantante seductora, temblorosa actriz. Nunca ha salido del barrio en donde ha crecido, su mundo es pequeño y el resto sólamente lo imagina. Sueña con ser una pin-up girl elegante y tapizar con su imagen la pared de cierto soldado en su guerra interna.

Nosotros, dos amantes furtivos, sólo eso. Basta un coqueteo en tus ojos para iniciarlo todo, basta una sonrisa y luego un abrazo. Luego un café... luego el fuego. Luego nada. Tu barco zarpa y Matahari se hunde en el mar.


*

agosto 31, 2009

Esa mujer extraña

La miré caminar solitaria esa fría mañana de agosto. Llovía ligeramente y a pesar del sorpresivo frío matutino, sus pasos parecían no inmutarse. No pude más y la seguí a distancia. A pesar de que no volteó para verme, no creo que ignorara mi presencia vigilante detrás de sus huellas. Su andar era hueco y etéreo como si posara para la lente de un cineasta invisible. No supe a dónde me llevaría, pero avanzando a contraflujo de los vehículos sabía que no podía perderme. Caminaba en línea recta y no me sería difícil regresar por mi propio pie hasta el lugar donde la ví pasar frente a mis ojos.

Aminoró la velocidad al pasar frente al panteón y se quedó mirando mientras yo fingía observar las fragantes flores que vendían al lado de la necrópolis. Luego el semáforo le indicó que ya podría cruzar la avenida y así lo hizo. Por un momento creí que me miraba al detenerme a su lado y cruzar juntos hasta la otra acera, pero no fue así: yo era un simple peatón más cuyo instante imperecedero se juntaba con el suyo como el de tantas otras personas que deambulan en mañana de domingo bajo el manto de una lluvia imperceptible.

Fingí rebasarla y doblar la esquina. Quería verla pasar de largo y observar su perfil semioculto tras la gruesa bufanda que le servía de impermeable, pero mi sorpresa fue mayor. Cuando esperaba ver el delgado contorno de su nariz afilada, su mirada altiva me encontró de frente tropezando con mi torpeza al sentirme descubierto. Hizo un suave movimiento simulando un saludo oriental y se abrió paso haciendo que automáticamente me hiciera a un lado como quien se quita el sombrero ante una real majestad. Yo pretendí que estaba a punto de abrir una puerta de madera que daba acceso a una casa con ángeles pintados en la pared, esperando que ella se fuera haciendo más pequeña conforme se alejaba a una distancia prudente para seguir mi espionaje... pero un par de casas adelante se detuvo en seco: era un viejo teatro cuya puerta esperaba se abriera para ella.

Hice lo posible por volver sobre mis pasos y esperar en la esquina para ver qué hacía. Si descubría que yo no era un vecino del teatro, seguramente estaría perdido. Por algún motivo mi curiosidad se había despertado al querer por todos los medios enterarme de su destino. La vi presionar el timbre pero nadie le abrió. Sacó un libro de su bolso y se recargó en la pared a leerlo. Seguramente no esperaba a nadie que estuviera dentro, tal vez ella había llegado muy temprano. Refugiada de la lluvia en el quicio de la puerta, sus ojos parecían perdidos en la lectura, pero su alma seguramente no estaba con ella. Pareció aburrirse pronto porque cerró el libro y vino hacia mí, pero antes de llegar a encontrarme, cruzó la calle y siguió su caminata. La vi desaparecer y me quedé en mi sitio, seguramente volvería y así lo hizo.

Una mujer muy delgada aguardaba a bordo de una camioneta. Cuando la vio llegar, bajó a saludarla y juntas intentaron entablar conversación. Poco a poco fueron llegando varios personajes raros que hacían verla a ella como una mujer común. Apartada del resto, fingía sonreír. Pretendía estar ahí, no haber olvidado su alma antes de salir de casa. Después llegó el dueño de las llaves y todos entraron. Me quedé esperando unas cuantas horas, marcando cada una de ellas en los dedos de la mano. Compré un aperitivo en la tienda de la esquina y aguardé pacientemente a que saliera de nuevo.

Subió en la camioneta de la mujer delgada, al lado de una graciosa rubia de extraños pantalones y un moreno larguirucho de rostro agresivo. De prisa tomé un taxi y ordené seguir la trayectoria de la camioneta gris. A través del vidrio podía notar que la mujer delgada hablaba mucho. Pronto la graciosa rubia se bajó en medio de la lluvia, y más adelante la mujer extraña bajó con el moreno larguirucho. Pagué mi cuota al taxista y abordé el mismo camión sentándome delante de ellos. La voz de la mujer extraña sonó detrás de mi nuca. Algo quería hablar sobre lo que todos ellos hicieron dentro del viejo teatro, pero el moreno larguirucho parecía no querer conversar. Silencios mortales me hicieron tener ganas de intervenir de pronto. Quería abogar por la mujer extraña, quería hacerle saber al moreno larguirucho que se había dejado el alma guardada en algún ropero, que atendiera a sus preguntas, que dijera más que un monosílabo insolente... pero la mujer extraña entendió al momento. Algún residuo de alma le quedaría, o ésta comenzaba ápenas a olerse conforme se acercaba a su casa. Preguntó un no sé qué de escritores y el moreno larguirucho se sintió motivado a brindarle cátedra. Luego se despidieron y yo bajé detrás de ella. Abordé un taxi justo atrás del que ella tomara y llegamos juntos hasta un mercado callejero.

La tarde caía seca y áspera, sin rastro de la lluvia que había plagado de romanticismo la persecución a que dediqué todo el día. Subió una calle empinada mostrando ya su cabello suelto cubriendo su cara, tal como la oscura bufanda lo hiciera por la mañana. Sacó un juego de llaves del bolso que traía consigo y accedió a su casa. Como pude me escurrí y subí la escalera tras ella. Podía adivinar el cansancio en sus piernas, su frustración, su sofoco. Abrió con su llave la puerta interior y me miró a los ojos.

-¡Así que aquí estabas!- murmuró como en un reclamo. La miré primero con pena y bajé la mirada para asumir mi culpa. Podía sentir yo mismo el hueco en su estómago, el nudo en su garganta, la punzada en su cabeza. Nos miramos fijamente a los ojos, aunque al parecer seguía molesta y sin querer tocarme un pelo. Pasé saliva y me tiré al vacío. Sin pensar en las consecuencias me lancé como un niño en sus extraños brazos.


*

junio 26, 2009

De triunfos y fracasos

Me había prometido ir a buscarlo ahí, en donde es de suponerse que trabaja encerrado frente al computador. Mi plan no tenía falla: una foto del recuerdo, una sonrisa de agradecimiento y un abrazo curarían todo rencor nacido entre nosotros dos. Luego le pediría que permaneciera inmóvil para quitarle una inexistente basura en el saco, y mis labios le acariciarían tan suavemente que no podría resistirse a la invitación del beso... después de fingir sorpresa me estrecharía regalándose la oportunidad de despedirme como me merezco. No iba a dejarlo decir nada: nuestros caminos ya estaban separados, pero un húmedo pacto sellaría el perdón y nos desearía buena suerte a ambos.


Alcé suavemente el puño y toqué muy quedo tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesús.
-El maestro no está- me dijo un profesor que pasaba por el pasillo.-Escuché decir que iba a devolver un libro.


Sobre la suave alfombra de la biblioteca mis pasos andaban en círculos como los de una cucaracha, asaltada por una inexplicable ansiedad. Recorrí sigilosamente todas las secciones de un lugar semi desierto, quería encontrarle a solas, buscando otro título para llevar a casa en las vacaciones, perdido en las letras de una novela o leyendo un poema de amor, pero el abecedario se acababa y apenas percibí el olor de su perfume que me condujo hasta el final de la clasificación.

Mi corazón se apretujaba al pensar en lo que había detrás de ese estante, pero mi naturaleza vouyerista me hizo enfocar mis pupilas por entre los libros y mirar sus lenguas entrelazadas. Abrí los ojos para devorar el gemido que escapó de sus bocas, y esa pasión con que asía su cintura en un gesto de desenfreno se quedó retumbando en mi corazón. Una fuerza extrema se hizo presa de mis piernas y caminé a pasos agigantados rumbo a la salida, mientras mis latidos se aceleraban víctimas del tatuaje de esa imagen que no se quería escapar de mi memoria.


Quería probar el aire fresco, embriagarme de la esencia que emanaba la tierra después de la lluvia, hacerme invisible ante los ojos de quien pudiera darse cuenta de que aún andaba por ahí. Caminé sin detenerme hacia la calle sin rumbo fijo, sentí el rocío del viento salpicarme la cara con una frialdad que reafirmaba lo que nunca fue.


Me esperaba una función de teatro, sentarme a escribir en mi blog o la lectura de un poeta maldito. Cualquier cosa que hiciera estaría muy lejos de esa pasión que desbordaban frente a mis ojos. Mis labios partidos se curtieron con la sal de rabia que manaba por mis lacrimales, mis pies caminaban, caminaban, caminaban... la ciudad estaba fría, el tímido sol, el arcoiris. Toda esa belleza era nula al compararla con el mágico deseo que ellos dos estarían gozando. No podía pensar en otra cosa, me sentí incorpórea, incapaz de llegar a sentir con nadie lo que ahora disfrutaban. ¿Sabía cantar? No servía de nada, porque lo que deseaba era gritar para que hicieran leña de mi locura.


Quería que empezara a llover y que el agua lavara de mis ansias el beso que no le di, el recuerdo de piel que no tuve, la despedida de amor que se escapó entre esos libros que sólo lee por compromiso. Ella tuvo esa oportunidad y no fue despedida: fue la bienvenida a su mundo, el pase automático a su cama y a sus placeres. De momento el flamante diploma obtenido no fue más que un trozo de papel del que su sonrisa hipócrita se burlaba, y lo empuñaban mis manos como el títere muerto de mi derrota.


La lluvia seguía sin caer, yo continuaba andando, el sol de la tarde comenzaba a esparcir en las calles sus áureos destellos que matizaban de anaranjado el brillo transparente de los charcos... ya no llovería más. Si quería sacudirme esa soledad reinante debería buscar otra salida, y tenía que ser pronto.


No supe distinguir el camino que me llevó hasta una escalinata de piedra al pie de la cual tuve el impulso de elevar la vista: me recibió la luz de la luna y la llegada de la noche me indicó que no tardaría en amanecer. Me sentía un guiñapo sucio con el maquillaje arruinado en cuya patética imagen se enfocaba la luz de los reflectores. El llanto anegado en mi rostro dejó libre el paso a los espasmos del sufrimiento: había dejado mi vida en esa carrera, había aprendido a volar pero me había olvidado de amar. Caí de rodillas ante el futuro que me esperaba enfrente aún con la puerta cerrada. Lloré sin pudor al pasado y la imagen de su clandestino encuentro se disipó entre otros recuerdos. Supe que la vida estaba en el teatro, en la red o en cualquier libro maldito... pero no en sus brazos. Nunca estuvo en sus brazos.


Las notas agudas de las bocinas de los autos me daban un concierto de realidad que no podía evadir en medio de esa ciudad ardiente, y mis ojos se apretaron para evocar por vez final los hoyuelos de sus mejillas, la amabilidad de su voz y la posibilidad de su cuerpo todo que se evaporó con la última descarga eléctrica bajo mi vientre. Se extinguió su luz por siempre.


Abrí los ojos y entretuve la mirada en el vacío. Así estuve por incontables minutos hasta que el calor de la siguiente aurora me hizo parpadear de nuevo. Desarrugué el diploma al que aún se aferraba mi mano desconcertada. Me puse en pie y miré escaleras arriba. Estiré las piernas, elevé la frente y desencorvé la espalda. Ya mis pasos se deslizaban sobre esa larga escalinata que se alzaba ante mi mirada. Caminé y caminé sin bajar la vista, no existía un sólo motivo para querer hacerlo. Luego me detuve en el último escalón y miré la puerta...entonces alcé el puño y toqué tres veces, las mismas que Jesús fue tentado por el Diablo.




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junio 11, 2009

La rubia con huaraches

Con la frente en alto llegó al pueblo. Llevaba una criatura en brazos, mientras la niña de ocho años y el mocoso de dieciséis le ayudaban a cargar sus pocas pertenencias. Su joven marido había muerto de pulmonía: la pobreza lo había matado dejándola a ella sola con sus tres retoños.

Con la mirada desconfiada extendió un papel en la mano de aquel mozo. Él le miró los huaraches con desprecio, sintiéndose por un instante el patrón. El hombre rico del pueblo le había dicho que podía usar un pequeño jacal y hasta él la condujo indicándole sin palabras que lo siguiera. Ella hizo avanzar a sus hijos detrás del mozo con un apenas perceptible movimiento de cabeza y ellos caminaron descalzos, con la piel curtida de tanto andar, terrosos y con un hueco en la panza. Entraron en la oscura morada y la niña buscó acomodarse en un raído petate que parecía dispuesto para el descanso, ensayando una risa apenas practicada, recién aprendida. Una mirada hosca de su joven hermano le hizo apartarse de pronto y dejarle el lugar a esa rubia que le había dado la vida y que le parecía tan distante.

Belén se desenredó el rebozo y depositó a la blanca criatura en el polvoso petate, procurando espantarle algunos bichos que rondaban por ahí. Habría que poner en orden ese espacio, pero habría que descansar primero, sacar el pañuelo con los pocos pesos que le quedaban para salir a buscar leche y pan. Buscó instintivamente los claros ojos de su primogénito, pero no lo encontró: se había ido a explorar las afueras del jacal machete en mano. Ya se había acostumbrado a lidiar con nauyacas y ahora era su deber procurar el bienestar de esas mujeres: mientras él viviera nadie se atrevería a humillarlas o a hacerlas menos... pero una sola ojeada al pueblo le hizo entender que esa tarea sería muy dura, pues todo el que pasaba lo miraba a él como si fuera una de esas peligrosas nauyacas de tierra caliente, bicho que se arrastra por el suelo y que sólo causa repulsión.

Los ojos negros de su hija morena la miraron desde esa posición servicial que mantendría el resto de su vida. Belén se quebró: esa mirada pequeña le recordó la primera vez que vio a Delfino pasar frente a su hacienda, su blanca sonrisa iluminaba su tez tostada, y sus brazos fuertes le dieron la ilusión de protección eterna. En ese momento no sabría que enamorarse de un campesino sería una maldición a su estirpe, la desaparición de su nombre en el testamento y el comienzo de un matriarcado que se extendería en su familia por dos generaciones más.

Quiso llorar pero las lágrimas eran un lujo en su cuerpo debilitado. Por un momento creyó odiar a esa pequeña que la miraba silenciosa, con ese espíritu tan pesado que tienen los niños al mirar. Ella era la única que le había heredado el color de piel y los ojos a su difunto padre, ella era la única que a veces sonreía en medio de toda esa miseria... pero ahora observaba a su madre sentada frente a ella con esa larga trenza rubia que le caía sobre el pecho, sumida en sus recuerdos, dubitativa, con un miedo que había aprendido a disimular muy bien, y con un orgullo que no había perdido a pesar de tanto dolor. La pequeña quiso encontrar en su madre un gesto de esperanza, algo que le dijera remotamente que existía un motivo para estar viva, para no avergonzarse de ser la hija morena de la rubia con huaraches, pero así permaneció largo rato sin ver resultados.

La humilde cara de su hermano mayor se apareció de pronto, y las dos supieron que aquel no era más que un chiquillo asustado obligado a ser hombre. Belén se sintió por primera vez sola, desposeída, percibió la punzada del hambre y del frío, e intuyó una lágrima contenida en el rostro endurecido de ese muchacho flaco y pálido que se había convertido en la figura paterna de sus dos hijas. La menor de ellas despertó de su sueño exigiendo atención y cuidados, tal como lo haría el resto de su vida. El joven le dio a su madre la espalda al notar cómo esta se disponía a acomodarla para dejar que absorbiera su savia vital con desespero. Se acomodó en un rincón y se negó a ver el pecho desnudo de su madre, se negó a verse las heridas de los pies, se negó a ver la realidad lapidaria que se burlaba en su cara, y con esta actitud permanecería entonces y por el resto de su vida.

Belén cerró los ojos y se dejó llevar por el delicado placer de amamantar a su pequeña. Quería imaginar que al despertar todo habría desaparecido, quería olvidar que ya no vivía en la hacienda, que ya no usaba vestidos bonitos y que ahora era una viuda extraña en un pueblo ajeno... pero una delicada mano inoportuna se posó encima de la suya. Cuando abrió los ojos se encontró de frente con la sonrisa morena que hasta ahora no había dejado de verla. No lo soportó. Un arranque de rabia le hizo apartarla de una bofetada: ¡lo que menos necesitaba era compasión, lo que menos deseaba era recordar a Delfino! ¡El ya estaba muerto, se había ido, la había dejado sola, con tres hijos, pobre, triste...y para siempre!

¿Por qué ella? ¿Por qué la morena? ¿Por qué no dejaba de verla con esa mirada tierna que sólo tienen los perros? ¿Por qué ella? ¿Por qué siempre ella? ¿Por qué nunca dejaba de verla? ¿Por qué nunca dejó de verla hasta el último momento de su existencia? ¿Por qué curó sus fiebres, vendó sus heridas? ¿Por qué nunca se casó? ¿Por qué la niña morena sería quien sacrificara su propia vida? Porque siempre intentó hacer feliz a su amada e incomprensible madre: esa distante mujer a quien conocían en el pueblo con el mote de la Rubia con Huaraches...




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mayo 12, 2009

El Amor en tiempos de la Influenza

Le adiviné una sonrisa cuando supo que sus dos amigos solterones tendrían la oportunidad de charlar sin prisas. Lo supe al momento en que se disculpó retirándose del lugar y dejándonos a los dos solos. Era un parque hermoso. Nunca le había otorgado un alto valor a estar sentada en una banca al aire libre, sintiendo los benéficos rayos del sol penetrar por los poros matando cualquier posibilidad de muerte; pero dadas las condiciones, aquel era el lugar más romántico en toda la tierra: el temor al viento se disipaba fácilmente al notar cómo volaba la hojarasca en un travieso movimiento, o al escuchar cantar a las aves tan frágiles y diminutas, pero libres de ataduras, ciertamente más fuertes que nosotros dos juntos.

-Qué hermoso está el día, ¿no te parece?- el eco encerrado de su voz varonil me sacó de mis pensamientos y sonreí, aunque agradecí que el rubor en mis mejillas no pudiera ser visto por él a simple vista. Estábamos solos, completamente solos. Nadie había tenido la osadía de salir a explorar el mundo como un niño travieso que no mide el peligro, el parque estaba desierto.

-Muy lindo...- dije por toda respuesta. Lo ví intentar relajarse un poco. Estaba nervioso, eso era evidente. Por fortuna ambos usábamos anteojos, y a través de sus cristales transparentes nos comunicábamos con las docenas de expresiones que nuestras pupilas habían desarrollado a raíz de haberse convertido en el único recurso visible de comunicación humana. Miró hacia el cielo y después me miró a mí. Yo me sentí intimidada por la profundidad de sus ojos negros. La gruesa cortina de sus pestañas no impidió que adivinara el mortal impulso que estaba gestándose en su interior. Todo correspondía de igual modo dentro de mi propio cuerpo.

Habría podido limpiar el aire con la fuerza del suspiro que contuve, y acortar los dos metros y medio de distancia que nos separaban de un extremo a otro de la banca en mitad del parque, pero ni él ni yo movimos un sólo músculo. Permanecimos así, mirándonos fijamente, sintiendo que en tiempos de antaño habríamos podido estar en un bar, rodeados de gente y bullicio, bebiendo de nuestra copa y aventándonos humo en la cara. Él se habría acercado, yo le habría sonreído. Tomaría mi mano y saldríamos a bailar a la pista. Sentiría el calor de su mano rozando mi cintura, y me hablaría muy cerca, acelerando el ritmo de mi respiración, tal como ya lo hacía ahora que podía escucharla nítidamente, mientras lo veía impotente y callada.

Seguramente el estaba imaginando lo mismo, seguramente el calor de su ruidosa respiración lo incomodó porque sus ojos se apartaron de inmediato.

-Será mejor que me vaya...- dijo de pronto mirando la hora en su reloj de pulso.- Me dio gusto conocerte.- yo asentí con la cabeza y no quise esperar a ver cómo se alejaba. De inmediato me puse de pie y caminé en dirección opuesta a la suya, aún sintiendo en la sien su mirada clavada.

Abordé el primer transporte que se atravesó en mi camino, y de inmediato me sentí envuelta por la mirada de varios pares de ojos ocultos con gafas de sol. Curiosamente quienes teníamos problemas de la vista éramos quienes teníamos derecho a ver la luz y exhibir descaradamente el color del iris; quienes tenían una vista sana debían usar lentes oscuros y tratar de aislar el más preciado de sus sentidos del terrible virus.

Todos ellos no se habían dado el lujo de salir a conocer a un amigo, estaban ahí, sosteniendo el periódico entre las blancas manos de látex, escogiendo una canción en el IPod para tener la sensación de que alguien les susurra al oído, o bien asiéndose del tubo para no caer con el movimiento. Nadie parecía estar en la calle gratuitamente: había que ganarse el pan, había que ir a adquirir conocimientos. Yo sólo era una frívola ciudadana jugando a querer ser feliz.

Louis llegó y se fue de mi vida tan pronto como un dolor de cabeza. Ya no me duele más, pero aún no soy inmune. Me rebelo ante este tiempo de miedo y su máscara antigas sobre mi cara. Quieren quitarme el derecho de volver a besar...
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abril 02, 2009

"A mí no me conoce casi nadie..."

Dolor, amor.
PLAY

febrero 09, 2009

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Como al jugar con la Ouija abriste una compuerta...
entre tu mundo y el mío, entre tu cuerpo y el mío.
¡¡No se juega con esas cosas!!
¿Cómo piensas cerrarme ahora el paso entre tu terreno y ésta dimensión donde me muevo?
Si cada vez que te veo vibra ese imán que me jala hacia tus brazos, que me obliga a perseguirte, a querer entrarme en tí, a poseerte de una vez por todas.
Pero no puedo tocarte, como si fuera incorpórea, como si fuéramos de naturaleza distinta y por lo tanto incompatible.
¿Por qué jugaste con eso?
¿Creíste que era un juego cualquiera? ¿No te daba miedo?
Ahora soy un fantasma liberado, un alma despierta, un muerto alborotado.
¿Qué es lo que piensas hacer?

*

febrero 04, 2009

¿Es imposible el amor?

"Desde el momento en que le nombras amor imposible, ya tiene esa cualidad de amor, y es, existe, lo sientes tú. ¿Que es imposible que la otra parte sienta lo mismo? Probablemente... pero el amor de tu parte, ahí está. ¿Que es imposible la realización de ese amor? Ya es real, no es de mentira. En sí mismo encierra más verdad que cualquier otro amor que se presuma o se nos venda como verdadero. Ya lo sé: la filosofía más básica, dirás, pero al fin y al cabo es amor al saber."

Conversamos ese día sellando un pacto del amor más cierto. Sientes el amor, cierras los ojos, suspiras, imaginas, sueñas, inventas, creas y recreas. Me tomas, me dejas y me rescatas. Cabalgas, te entregas, despiertas y anhelas. Abres los ojos, ¿pudiste sentir que era real?

Dolorosamente sí...pero ahora con los ojos abiertos ya no es lo mismo, frente a tí está la vida gris y cruda a la que has venido, y ese amor que soñaste ya no está presente en tus sentidos, en la piel. Sientes frío por perder lo que en la mente poseíste, es insoportable, la soledad pesa, tanto que corres a desnudarte en tu celda y golpearte la espalda hasta pagar con sangre el pecado de tus pensamientos. Quien por tu puerta pasa sonríe de lado, pues ya aprendiste que el amor no fue hecho para tí, que estamos en guerra, y que tu misión es con otros, nunca contigo mismo.

Mientras lloras tu deseo, te maldices por traidor, por cobarde, por imbécil. No sabes que de brazos en cruz, recostada en el suelo, yo pienso en tu cuerpo, mientras miro a mi futuro amante de porcelana sangrando tinta roja por nuestra salvación eterna. Deberé beber de él, comer de él a todas horas, oír los rezos de las demás mujeres frígidas que entre flores me reciben como el trozo de carne viva que soy, y que urgirá marchitar lo más pronto posible.

Hubo temblores constantemente, los muros se cimbraban, no hubo paz en ningún lado...sólo al evocar tu mirar sereno, tu sonrisa abierta y tu andar de caballero. Despiadadamente virgen seguí entre esta naturaleza muerta, maldiciendo mi traición, mi cobardía y mi estupidez, cuestionándome cientos de veces mi concepto de verdad, de realidad, de certeza y de fe. ¿Es imposible el amor?

Puedo imaginar tus gritos, tu rabia por el simple roce de labios que electrificó nuestras voluntades. Hoy supe que tus ojos ya están turbios de ver tanto dolor ajeno. Supe que te han visto llorar ante la agonía, mientras mis labios partidos querrían con palabras nuevas devolver la vida a todos cuantos han partido en mis brazos. ¿Qué nombre darle a todo ésto? ¿Será esta realidad sólo un mal sueño? ¿Hasta cuándo se termina? ¿Cómo serían nuestras vidas si no...?

El amor que sentimos existe, persiste. Un segundo en el tiempo bastó para convencerme de vuelta...

En vísperas de la Primera tú desgarraste tu espalda mientras yo te deseaba entre velas y fragantes rosas. El amor existe. A punto de terminar la Segunda, nos miramos canosos, con la piel seca, las manos ensangrentadas y el siglo en el alma... pesado como un yugo, ardiente como un misil en el cielo. El amor existe. Yo le cerré los ojos y tú dibujaste una cruz en su frente. El amor existe. Nos tomamos de las manos e imploramos en silencio...


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enero 12, 2009

Virus cibernético

Cuando me envió su fotografía de inmediato pensé que no debería esperar mucho de ese encuentro. "Demasiado guapo para ser de verdad", me dije mientras elegía el vestuario más casual para mi primera cita a ciegas. Las banquitas de Gran Sur en frente de Zara estaban todas vacías, lo cual me hizo suspirar pensando en que sería una larga espera.

Era muy temprano, y a pesar de haberme dicho que vivía cerca de allí, decidí relajarme y sentarme en posición de loto a leer, sintiendo cada vez más que aquél sería un laaargo día... Mientras paseaba mis ojos por la lectura me di cuenta de que no estaba entendiendo nada. ¿Y si el chico era verdaderamente el de la foto? Eso ya me estaba preocupando.

Sacudí mi cabeza esperando espantar tan ilusos pensamientos y preparándome a recibir en cualquier momento a un niño lleno de acné que al ver la imposibilidad del Photoshop para cubrir sus incontables imperfecciones, había optado por subir una foto ficticia a la red. Me reí de mi propia creación mental imaginando un freak vestido con corbata de moño y un ramo de flores sostenido por su mano sudorosa.

-¿Eres tú Ondina?-me golpeó un suavísimo acento colombiano haciéndome desviar la mirada de las páginas hacia sus zapatos, y deslizarla por todo su cuerpo hasta llegar a su rostro y descubrir que el tipo no era nada fotogénico.
-Er... sí...- dudé en hablar sintiendo el color invadir lentamente mis mejillas. No podía creer que la foto del perfil no fuera a ser ni la sombra de lo que ofrecía el ejemplar de carne y hueso.
-¿Me esperaste mucho tiempo?- me terminó de derretir con su acento tan dulce.
-N-no...- sonreí estúpidamente, y me correspondió. Sin esperar más me empezó a platicar de un lugar muy bonito en aquella plaza, en donde podríamos degustar algo ligero mientras charlábamos tranquilamente.

No supe en qué momento ya me hallaba caminando a su lado, provocando la envidia que yo tantas veces sentí al mirar a una fea de la mano de un bombón. ¡Y es que yo esa mañana podría haber pasado fácilmente por su sirvienta! Con semejante facha estoy segura de que, a no ser porque aquél era un caballero y había quedado conmigo a través del foro "Latinos en el D.F." en invitarme a desayunar, de haberme visto en la calle ¡no me hubiera preguntado ni la hora!

Sin embargo la inseguridad de un principio se fue disipando en tanto que detrás de la carta me dedicaba a espiar discretamente sus increíbles pestañas largas cubriendo como cascadas la brillantez de sus ojos negros. Opté por pedir lo mismo que él, y tuve miedo de pronto de ser la víctima de un chico que, a leguas podía verse, no debía estar tan solo. ¿Qué tal si era un secuestrador de mujeres? ¿Violador, acaso? La simple idea me hizo sonreír. No parecía estar pensando cosas sucias conmigo ni remotamente.

Platicamos de lo mismo que charlamos en el chat del foro. Discutimos sobre música, teatro y la situación política del mundo, y a pesar de que no coindidimos en muchos de los puntos, pasaron un par de horas en las que olvidé el poco esmero que tuve al vestirme, así como lo insignificante que lucía al lado de ese odoroso joven, más alto que yo por un par de cabezas, bien formado, con la barba partida y la sonrisa impecable. Parecíamos ser amigos desde siempre, y me sorprendí riéndome como nunca, golpeándolo constantemente en el brazo por la gracia de sus ocurrencias. Me dijo que era súper simpática, y que me imaginaba distinta cuando hablamos por el chat. Mi sonrisa se borró al recordar que mi foto de perfil estaba ligeramente retocada con efectos de difuminado, y que a la luz del día se podían ver todas mis pecas e imperfecciones del rostro. Poco me faltó para sentirme el fenómeno que yo esperaba encontrar.

-Creo que eres mucho más bella...-remató. No supe si reírme, ofenderme o sentirme halagada. Mi reacción simplemente fue nula, hasta que ví que el rubor se hacía presente en sus mejillas.
"¡No es cierto! ¡No es cierto!" me dije. No me lo podía creer. Después de un rato más de charla sin volver a tocar el tema nos despedimos con un fuerte abrazo que disfruté como si estuviera en la firma de autógrafos de un artista internacional. Presentía que no volvería a verlo, que aquél abrazo era un privilegio que había ganado quién sabe por qué méritos. Me sentía indigna de pensar siquiera en un romance con alguien tan increíble. Parecía estar soñando cuando en una postal publicitaria me anotó todos sus teléfonos esperando que le llamara muy pronto, deshaciéndose en halagos sobre lo maravilloso que había sido conocerme y lo mucho que le gustaría seguir saliendo conmigo.

Por supuesto, cuando le hablara, me dirían que el tal Armando Olmedo no existía, o me negarían el contacto arguyendo que no estaba...

-¿Me podrías dar tu número?- preguntó disipando mis dudas. Algo me decía que debía dejarme de estupideces y empezar a creer que un amor con aquél muñeco era tan posible como que el día se nublara de repente sin aviso.
-52 54 13 26- dicté verificando que lo anotara correctamente en su moderno aparato celular.- Es el de casa, no uso teléfono móvil.

La respuesta no le sorprendió y tras regalarme otro efusivo abrazo y un beso en la frente, se despidió. Con el tiempo supe que escribía en la Rolling Stone, componía música para obras de teatro y tenía un blog de crónicas sobre sus interminables viajes culpables de sus repentinas cancelaciones a nuestros encuentros, y a las cuales me terminé acostumbrando. Me enamoré de todas y cada una de sus letras, de sus fotografías, de los videos que me enviaba. Supe por su forma de escribir que todo cuanto hablamos era sincero, todo coincidía con su forma de ser, de pensar, de expresarse. Me enteré con enorme sorpresa de que a pesar de aparentar menos edad que yo, ¡me llevaba casi diez años! y no pude sino avergonzarme del descuido de mi aspecto.

No volvimos a vernos personalmente en un año, pero pasábamos todas las noches hablando por teléfono, o mirándonos las caras por la web cam inventando locuras que probablemente ahora circulen en más de un canal para adultos. Yo guardé sus recuerdos en la USB de mi mente, esperando que un día se hicieran verdad, añorando el momento de que recreara en mi cuerpo todo lo que hacía por la web cam, lo que decía en sus cartas y me hablaba al oído tras el auricular. Tanto esperé aquél momento, que llegó el día de citarnos formalmente, sin viajes de por medio ni asuntos pendientes. Luego de un año de intensa actividad virtual, pudimos besarnos por fin piel con piel.

La vida estaba sonriéndome, el sueño de la Cenicienta se hacía realidad una vez más, ahora en mi persona. Me esperaba el goce que tanto tiempo había aguardado en silencio, paciente como Penélope, devota y fiel tejedora de ilusiones. Tendría que esmerarme en satisfacerlo, en hacer de aquélla noche una ocasión especial, en lograr que se volviera loco por mí... y me superé con creces.

A la mañana siguiente él tomaría la decisión más importante de su vida. Lo supe cuando al despertar de la intensa noche de caricias, besos y gemidos, leí una sentida carta que había dejado a un costado de mi almohada, y en la cual describía lo que había pensado hacer: su cuerpo estaría colgado en el cuarto de baño, y me aconsejaba no mirar su cadáver para conservar en mi memoria la belleza de su aspecto.

Con cuarenta años de edad y una mirada de niño de once, el escritor de la Rolling, cantautor y trotamundos había decidido no darle batalla al SIDA. En su carta sigue dejándome su admiración eterna, su amor, su respeto y su agradecimiento. Dice que sabe que soy fuerte, que valgo el oro y que yo podré con el virus, que no me rinda jamás.



...

diciembre 07, 2008

*

Miré hacia atrás como buscando entre la gente a alguien cuyos ojos sabía que encontraría. No había previa cita, ni siquiera una remota posibilidad de que estuvieras ahí, pero yo lo sabía. Y así me encontré con los ojos dulces de tu rostro pálido. Me miraron seriamente y el tiempo se detuvo por un instante. Con el rabillo del ojo distinguí dos pares de ojos más que te acompañaban. No tuve que detenerme a verlos y hacer que me vieran para reconocer de quiénes se trataba.

Salí disimuladamente esperando que lo notaras y decidieras seguirme, pero pasaron los minutos y no ocurría nada mientras aguardaba en el vestíbulo. Cuando estaba dispuesta a regresar a mi asiento te vi pasar cerca de mí. Ibas bebiéndole un sorbo a tu café capuccino y me mirabas con frialdad, como si estuvieras molesto por mi presencia ahí. Pude sentir el olor de tu chamarra nueva golpearme con la oleada de viento que moviste en tu andar presuroso. No pude hacer nada más que cerrar los ojos y embriagarme con la simpleza de tu perfume, cuyas partículas me transportaron hacia aquel pasado entre tus brazos, y por fracción de segundo sentí que se me quitaba el frío. Para cuando pude reponerme, tú ya volvías a tu asiento y te disponías a disfrutar del espectáculo.

Las luces y los sonidos ya no me supieron a nada. Toda imagen colorida era sustituida por una creciente ansiedad de voltear a ver el lugar que ocupabas en las butacas, seguramente sonriente, divertido, compartiendo el momento de teatro con tus seres más queridos. Un hilito de sudor me resbalaba en la nuca, y se tornaba frío muy lentamente, hasta que el estallido del aplauso final me hizo romper la tensión.

Sin esperar más me levanté y salí corriendo, no quería encontrarte a la salida y padecer de nuevo tu indiferencia. No reparé en que tu asiento estaba desocupado, y mucho menos previne que te hallaría fumando un cigarrillo a la salida del recinto.

Dirigiste hacia mí tu mirada discreta mientras enviabas el humo que exhalabas hacia arriba, elevando la barbilla. Al darte cuenta de que no había más tabaco, despediste de tus dedos la colilla con un movimiento rápido y sofocaste las tímidas brasas bajo tu calzado. Apenas me dio tiempo de restablecer el ritmo de mi respiración al detenerme en seco. Me dio la impresión de que el inevitable final del cigarrillo había sido una alegoría de lo que había habido entre nosotros.

Avancé con apariencia serena planeando pasar de largo y darle la espalda a nuestro pasado. Hubiese querido, sin embargo, sentir la presión de tu mano sobre mi brazo deteniendo mi paso y susurrándome al oido cualquier cosa. No fue asi, seguí mi camino sintiendo cómo se rompía el aura que compartimos. No pude ver tu mandíbula y tus puños apretados cuando una voz aguda gritó "¿Dónde estabas, papá?"

noviembre 18, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El ángel caído)


Hoy me permito acordarme de ti, y enamorada soñar contigo, llorar por ti. Mirar con tristeza y orgullo en lo que te has convertido. Mirar tus ojos claros entrecerrados por un gesto de sonrisa eterno, mirar tu hermosa cara enmarcada por un nuevo corte de pelo y ¡por Dios! ahora hasta usas tinte...

Y me remito a las pocas veces que te tuve cerca, a las sonrisas furtivas que me dirigías, y a las miradas traviesas desde el escenario, esas miradas que sólo reafirmaban tu inseguridad. Recuerdo los pocos besos, los pocos roces y las pocas palabras, y la tristeza errada en el fondo de una copa vacía, olvidada en una línea de coca.
Admiro tu belleza y tu presteza en los dedos, admiro tus labios sensuales y tus ojos claros de niño... y adoro tu soledad, la que opaca esa belleza y esa riqueza reflejada en tu ropa de marca, tu acento burgués y tu colección de autos clásicos.

Lloro por tu imagen decrépita que alguna vez vi en casa de tus padres... porque era el disfraz más terrible en esa Noche de Brujas: tus deliciosos labios bebiendo, fumando, tus dedos delicados encendiendo mi cigarro, fingiendo que estabas ahí... pero lloro aún más tu éxito lejano, tus discos en las tiendas, tus salidas en la tele. Lloro quererte como te quiero, lloro nunca haber compartido el lecho, no mirarme a la altura de las actrices de cine fácilmente desnudables con las que sales, y estar muy lejos de las cinturas breves y las rubias cabelleras a quienes has amado... porque... las has amado... tal como te amo yo ahora a ti.

Te extraño, y me extraño... sólo somos dos extraños ya.

noviembre 13, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El mimo)


Hoy me permitiré enamorarme de ti. Sólo por hoy soñaré con tus labios carnosos, tu sonrisa espontánea y tu manzana de Adán. Le escribiré una oda a tu piel morena que me rompe los esquemas, a tus brazos estilizados, tus arranques de prepotencia y tus aires de gran señor.

Perdonaré tu olor a bohemio, a poema de Bukowski y canción de Joaquín Sabina, beberé contigo un trago y me entregaré toda de poco en poco. Rozaré tu vena yugular con mis dientes, encenderé tu llama con dulce pasión, me tragaré el veneno de tu compañía como si fuera un elhíxir de vida, y tomaré el riesgo de ser por una noche tu montura y tu jinete.

Abriré de par en par las puertas de tu camisa, y absorberé extasiada el latido de tu pecho sudoroso, brillando a compás de mi anhelo. Beberé la gasolina que me haga escupir fuego, directo de ti, directo hacia ti... y despintaré tu rostro de guasón en la fantasía de creer que te estoy desenmascarando.

noviembre 12, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El galo)


Hoy me permití enamorarme de tí. Amé tus ojos enormes y despiertos, tu piel pálida y tu barba tupida que esconde tus suaves facciones de niño. Y aún amo tu boca cuando calla, pero la amo aún más cuando sonríe, cuando en un espontáneo gesto pierde la frialdad que te caracteriza.

Me encanta ver que pareces un muerto en vida, tan dandy, tan de mármol, tan de hiel. Luego tu saliva regando por aspersión las conciencias, rompiendo la estatua, el monumento a la belleza que tus padres concibieron en una ciudad que ya no existe...amo tus manos y tus pies descalzos, amo tu pelo indomable y el vértigo en tus pestañas...Me pierdo en tu aura que ilumina todo, me pierdo en el aire que me hace llorar, pero que no permite a mis ojos dejar de mirarte, y a cada segundo aprender de ti.

Eres una puerta abierta, un túnel del tiempo y una máquina de teletransportación. Eres una fuente de poesía en cada centímetro de tu piel desnuda, eres el Cristo que siempre quise amar y no supe cómo... tan lejano y a la vez tan mío como yo pueda permitírmelo... tan cercano y a la vez tan imposible.

Hoy me permití enamorarme de tí... mañana será alguien más... mientras tanto hoy... muchas gracias por la experiencia.

octubre 27, 2008

MI AMOR DE ESTE DÍA (El joven académico)

Hoy me permito escribirle a tus ojos... esos que se ven detrás de las gafas y me dicen algo... esos que algún día me miraron distinto dibujándome una ilusión. Le escribo a tus labios insaciables, a tu perfume extremo que sedaba mi cordura, a tu aliento fresco y a tu sonrisa de ángel. A los hoyuelos de tus mejillas y a tu piel canela.

Le escribo a tu voz discreta y cautelosa, a tus preguntas inciertas que tal vez encerraban un te quiero, un te deseo... a tus detalles simples que me trajeron la vida, y a tu tonta idea de creer que lo sabes todo.

Te quiero por este día, por el bien que me hacía verte, escucharte y tocarte. Te quiero por el pasado, por todo lo que pasó, por la humedad y por la brisa, por la calidez de los rayos del sol sobre mi cara, por el cigarro compartido y tus insinuaciones cobardes. Te quiero por el llanto, por el disparo a quemarropa que me hizo nacer de nuevo, por la educadora y por la gimnasta, por la modelo, la niña tonta y la madre golpeada... por dejarme abrir los ojos, por no permitirme cerrarlos.

Te quiero por tu beso dulce, sabor a gomita en forma de corazón.

octubre 12, 2008

*


Quiero una casa grande con jardín,
un perro fiel y un amante nuevo.
El jardín para que corra el perro,
y el perro para que cuide la casa…

septiembre 27, 2008

*


-No, no estoy bromeando.
Cada día me convenzo más de que el amor existe.

-¿Estás segura? ¡Eso será en tus sueños!

-Por eso, en mis sueños, pero existe.

-Ah, bueno, pero no existe en la realidad.

-Mi única realidad radica en mis sueños, luego, el amor existe...






septiembre 21, 2008

Mi nuevo blog


Inspirada en uno de mis libros favoritos "Ensayo sobre la ceguera" de José Saramago, en donde sólo la esposa del primer ciego tiene el privilegio de no perder la vista; y en una de mis canciones favoritas "Aquí no pasa nada" de la extinta banda Caifanes, he decidido crear un blog alterno a este en que escribo.

"Hace tiempo me dijeron 'aquí no pasa nada'...
que todo está guardado para que no le pase nada,
que esta tierra es de ciegos
y que el Tuerto está en el cielo
para guardarlo todo y que aquí no pase nada"

Así reza la canción que escribiera Saúl Hernández, y bueno, quise hacerlo así simplemente porque no estoy tan ciega como a veces parece, me fijo en las cosas que pasan y por supuesto que me preocupan, sólo que pocas veces se encuentra a uno gente que quiera hablar de estos temas, es mejor platicar de que hoy está lindo el clima... pero bueno, sin más preámbulo, les invito a visitar:




En ese espacio analizaré temas serios desde un punto de vista más objetivo, aunque siempre mi opinión personal sale a flote de una u otra manera, pero es un ejercicio interesante para relacionar lo que aprendo en la escuela con mi vida cotidiana. Encontrarán análisis sobre los fenómenos sociales que me encuentro al paso y ustedes dirán si están de acuerdo, debaten conmigo o enriquecen mi punto de vista. Ojalá se den el tiempo de leerme de vez en cuando aquí y allá, que no tengo llenadera y continuaré opinando. Gracias de antemano a todos... los veo por ahí.