diciembre 07, 2008

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Miré hacia atrás como buscando entre la gente a alguien cuyos ojos sabía que encontraría. No había previa cita, ni siquiera una remota posibilidad de que estuvieras ahí, pero yo lo sabía. Y así me encontré con los ojos dulces de tu rostro pálido. Me miraron seriamente y el tiempo se detuvo por un instante. Con el rabillo del ojo distinguí dos pares de ojos más que te acompañaban. No tuve que detenerme a verlos y hacer que me vieran para reconocer de quiénes se trataba.

Salí disimuladamente esperando que lo notaras y decidieras seguirme, pero pasaron los minutos y no ocurría nada mientras aguardaba en el vestíbulo. Cuando estaba dispuesta a regresar a mi asiento te vi pasar cerca de mí. Ibas bebiéndole un sorbo a tu café capuccino y me mirabas con frialdad, como si estuvieras molesto por mi presencia ahí. Pude sentir el olor de tu chamarra nueva golpearme con la oleada de viento que moviste en tu andar presuroso. No pude hacer nada más que cerrar los ojos y embriagarme con la simpleza de tu perfume, cuyas partículas me transportaron hacia aquel pasado entre tus brazos, y por fracción de segundo sentí que se me quitaba el frío. Para cuando pude reponerme, tú ya volvías a tu asiento y te disponías a disfrutar del espectáculo.

Las luces y los sonidos ya no me supieron a nada. Toda imagen colorida era sustituida por una creciente ansiedad de voltear a ver el lugar que ocupabas en las butacas, seguramente sonriente, divertido, compartiendo el momento de teatro con tus seres más queridos. Un hilito de sudor me resbalaba en la nuca, y se tornaba frío muy lentamente, hasta que el estallido del aplauso final me hizo romper la tensión.

Sin esperar más me levanté y salí corriendo, no quería encontrarte a la salida y padecer de nuevo tu indiferencia. No reparé en que tu asiento estaba desocupado, y mucho menos previne que te hallaría fumando un cigarrillo a la salida del recinto.

Dirigiste hacia mí tu mirada discreta mientras enviabas el humo que exhalabas hacia arriba, elevando la barbilla. Al darte cuenta de que no había más tabaco, despediste de tus dedos la colilla con un movimiento rápido y sofocaste las tímidas brasas bajo tu calzado. Apenas me dio tiempo de restablecer el ritmo de mi respiración al detenerme en seco. Me dio la impresión de que el inevitable final del cigarrillo había sido una alegoría de lo que había habido entre nosotros.

Avancé con apariencia serena planeando pasar de largo y darle la espalda a nuestro pasado. Hubiese querido, sin embargo, sentir la presión de tu mano sobre mi brazo deteniendo mi paso y susurrándome al oido cualquier cosa. No fue asi, seguí mi camino sintiendo cómo se rompía el aura que compartimos. No pude ver tu mandíbula y tus puños apretados cuando una voz aguda gritó "¿Dónde estabas, papá?"

3 comentarios:

Ondina dijo...

...

AnDRóMeDa dijo...

Excelente escrito, Mud... siempre logras capturarme con tus letras.

Un beso ;)

Anónimo dijo...

Gracias por tu escrito Hortensia. Me remonta a experiencias parecidas desde lo más íntimo. No sé cómo logras transmitir eso tan profundo. Porque verdaderamente así he sentido. Perder mi centro, por la presencia de otras personas, con las cuales he estado ligada de alguna manera.
Felicidades!!!