Cuando mi madre me compró mi primer audio cassette, me sentía la niña más moderna del mundo, pues la cinta había reemplazado a los acetatos de vinilo, esos de donde surgía la voz de Raphael decorada con el ruidito que producía aquel roce de la aguja con las estrías.
Todos mis trabajos de la primaria hasta la prepa los hice en mi vieja máquina de escribir Olivetti en cinta bicolor. Luego vinieron las máquinas eléctricas, y las impresoras -también de cinta-.
No tuve un teléfono celular hasta que por allá de 1999 adquirí el primero: un Nokia "modelo duradero" que me hartó porque nunca lo escuchaba o no lo encontraba en el fondo de mi bolso. Hasta 1996 no me había animado a aprender a usar las computadoras, me daban miedo, me resistía a saber de qué se trataba todo eso, muy a pesar de que todo el mundo aseguraba que eso era el futuro, y que había dos clases de analfabetismo: el no saber leer y escribir, y el no saber computación.
Cuando tomé mi primer curso no entendía nada del MS-DOS, no le encontraba una utilidad muy atractiva, pero pronto nos enseñarían a usar esa maravilla del siglo XX llamada Windows.
Así las cosas, seguía huyéndole a la red porque sabía que era como pisar el infierno por vez primera y luego nunca salir de ahí. Mi primera computadora sólo servía para hacer intentos de poesía en Word y algunas tablas en Excel; y mi primera vez con Internet fue a través de esos freeware que regalaba la compañía Aol para después sugerir la contratación del servicio... en ese entonces compré mi segundo celular, de esos plateaditos, más ligeros, que se abrían y se veían muy motherrnos: la tecnología me coqueteaba por todos lados.
Sólo tenía el correo electrónico del trabajo y un buen día me dije "¿Qué tiene de malo?" surgiendo entonces mi correo personal. Años pasaron para que volviera a tener celular, porque había persistido la falta de costumbre a usarlo, y además ahora había mensajes de texto, y se podía oír música, tomar fotos... diabólica situación. Veía a medio mundo en la calle enviciado con eso, y por si fuera poco, la forma de escribir se estaba revolucionando, ya no se habla español, ahora es lenguaje SMS.
En 2005 contraté el servicio de internet fijo en casa, y como siempre, me opuse al chat porque no me gusta, me parece impersonal, me desespera el silencio de quien se tarda en escribir, y aún con cámara web, nunca se cruzan las miradas, siempre hay que estarle hablando a un ojo electrónico detrás del cual está la otra persona. En las redes sociales, hasta la fecha, nunca agrego a nadie que no conozca personalmente y cuido bien las fotos que subo y la información que pongo en todas y cada una de ellas (porque estoy en casi toooodas). Mantengo una personalidad neutra en lo posible, aunque cuando se desatan las pasiones, uno no es responsable de lo que manifiesta en su estado. Poco a poco fui cayendo en las redes de la red de redes y de un momento a otro me vi inmersa en la tecnología sin saber cómo había llegado a ello.
En fin. A mitad de mi carrera, nunca había participado en algún foro de discusión de temas, así que escudándome en una identidad falsa, movida por un interés híbrido entre morboso y científico, ansioso de conocer más sobre el comportamiento de los adolescentes a partir de figuras de consumo; entré a un espacio en donde pronto me vi formando parte de una comunidad, conocí a gente entrañable, pero en especial hice una de mis mejores amigas.
Difícil es aceptar, a un par de años de distancia, que una de las personas que más quiero en el planeta vive en Santiago de Chile, y que nunca le he dado un abrazo ni la he mirado a los ojos al mismo tiempo que ella a mí. Difícil fue saber que a su pueblo le había acontecido una desgracia, y el no tener noticias suyas me impacientó sobremanera.
Escuchar su voz, sin embargo, compartir su miedo y su tristeza fueron para mí tan significativos como la cercanía física. Saber que estaba bien, que su vida sigue marchando y que sigue escribiendo tan bien como siempre y mejor... Nadie iba a decirme a mí que a través de la red podría generar un cariño así por alguien, y quererla no sólo a ella, sino a su familia y amigos, entrar en contacto con su esencia. Algo que de otra manera hubiera sido muy diferente.
Sigo renuente a muchas cosas, hoy por ejemplo, después de unos seis años sin hacerme mucha falta, ya tengo un celular viejito que sólo sirve para hablar y enviar textos; he aprendido que la gente es gente y yo cuando quiero, sí quiero mucho. Yo no sé si mañana inventarán mil cosas nuevas que nos hagan prescindir de los abrazos y los besos. Ojalá que no, pero de momento agradezco a la red la gran lección de amor y solidaridad que me han dado para que, después de todo el desastre de un mundo que parece ir en picada, aún siga creyendo en lo que se esconde atrás de todos estos aparatos y bits de memoria: la grandeza del alma del ser humano.
*

