Me había prometido ir a buscarlo ahí, en donde es de suponerse que trabaja encerrado frente al computador. Mi plan no tenía falla: una foto del recuerdo, una sonrisa de agradecimiento y un abrazo curarían todo rencor nacido entre nosotros dos. Luego le pediría que permaneciera inmóvil para quitarle una inexistente basura en el saco, y mis labios le acariciarían tan suavemente que no podría resistirse a la invitación del beso... después de fingir sorpresa me estrecharía regalándose la oportunidad de despedirme como me merezco. No iba a dejarlo decir nada: nuestros caminos ya estaban separados, pero un húmedo pacto sellaría el perdón y nos desearía buena suerte a ambos.Alcé suavemente el puño y toqué muy quedo tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesús.
-El maestro no está- me dijo un profesor que pasaba por el pasillo.-Escuché decir que iba a devolver un libro.
Sobre la suave alfombra de la biblioteca mis pasos andaban en círculos como los de una cucaracha, asaltada por una inexplicable ansiedad. Recorrí sigilosamente todas las secciones de un lugar semi desierto, quería encontrarle a solas, buscando otro título para llevar a casa en las vacaciones, perdido en las letras de una novela o leyendo un poema de amor, pero el abecedario se acababa y apenas percibí el olor de su perfume que me condujo hasta el final de la clasificación.
Mi corazón se apretujaba al pensar en lo que había detrás de ese estante, pero mi naturaleza vouyerista me hizo enfocar mis pupilas por entre los libros y mirar sus lenguas entrelazadas. Abrí los ojos para devorar el gemido que escapó de sus bocas, y esa pasión con que asía su cintura en un gesto de desenfreno se quedó retumbando en mi corazón. Una fuerza extrema se hizo presa de mis piernas y caminé a pasos agigantados rumbo a la salida, mientras mis latidos se aceleraban víctimas del tatuaje de esa imagen que no se quería escapar de mi memoria.
Quería probar el aire fresco, embriagarme de la esencia que emanaba la tierra después de la lluvia, hacerme invisible ante los ojos de quien pudiera darse cuenta de que aún andaba por ahí. Caminé sin detenerme hacia la calle sin rumbo fijo, sentí el rocío del viento salpicarme la cara con una frialdad que reafirmaba lo que nunca fue.
Me esperaba una función de teatro, sentarme a escribir en mi blog o la lectura de un poeta maldito. Cualquier cosa que hiciera estaría muy lejos de esa pasión que desbordaban frente a mis ojos. Mis labios partidos se curtieron con la sal de rabia que manaba por mis lacrimales, mis pies caminaban, caminaban, caminaban... la ciudad estaba fría, el tímido sol, el arcoiris. Toda esa belleza era nula al compararla con el mágico deseo que ellos dos estarían gozando. No podía pensar en otra cosa, me sentí incorpórea, incapaz de llegar a sentir con nadie lo que ahora disfrutaban. ¿Sabía cantar? No servía de nada, porque lo que deseaba era gritar para que hicieran leña de mi locura.
Quería que empezara a llover y que el agua lavara de mis ansias el beso que no le di, el recuerdo de piel que no tuve, la despedida de amor que se escapó entre esos libros que sólo lee por compromiso. Ella tuvo esa oportunidad y no fue despedida: fue la bienvenida a su mundo, el pase automático a su cama y a sus placeres. De momento el flamante diploma obtenido no fue más que un trozo de papel del que su sonrisa hipócrita se burlaba, y lo empuñaban mis manos como el títere muerto de mi derrota.
La lluvia seguía sin caer, yo continuaba andando, el sol de la tarde comenzaba a esparcir en las calles sus áureos destellos que matizaban de anaranjado el brillo transparente de los charcos... ya no llovería más. Si quería sacudirme esa soledad reinante debería buscar otra salida, y tenía que ser pronto.
No supe distinguir el camino que me llevó hasta una escalinata de piedra al pie de la cual tuve el impulso de elevar la vista: me recibió la luz de la luna y la llegada de la noche me indicó que no tardaría en amanecer. Me sentía un guiñapo sucio con el maquillaje arruinado en cuya patética imagen se enfocaba la luz de los reflectores. El llanto anegado en mi rostro dejó libre el paso a los espasmos del sufrimiento: había dejado mi vida en esa carrera, había aprendido a volar pero me había olvidado de amar. Caí de rodillas ante el futuro que me esperaba enfrente aún con la puerta cerrada. Lloré sin pudor al pasado y la imagen de su clandestino encuentro se disipó entre otros recuerdos. Supe que la vida estaba en el teatro, en la red o en cualquier libro maldito... pero no en sus brazos. Nunca estuvo en sus brazos.
Las notas agudas de las bocinas de los autos me daban un concierto de realidad que no podía evadir en medio de esa ciudad ardiente, y mis ojos se apretaron para evocar por vez final los hoyuelos de sus mejillas, la amabilidad de su voz y la posibilidad de su cuerpo todo que se evaporó con la última descarga eléctrica bajo mi vientre. Se extinguió su luz por siempre.Abrí los ojos y entretuve la mirada en el vacío. Así estuve por incontables minutos hasta que el calor de la siguiente aurora me hizo parpadear de nuevo. Desarrugué el diploma al que aún se aferraba mi mano desconcertada. Me puse en pie y miré escaleras arriba. Estiré las piernas, elevé la frente y desencorvé la espalda. Ya mis pasos se deslizaban sobre esa larga escalinata que se alzaba ante mi mirada. Caminé y caminé sin bajar la vista, no existía un sólo motivo para querer hacerlo. Luego me detuve en el último escalón y miré la puerta...entonces alcé el puño y toqué tres veces, las mismas que Jesús fue tentado por el Diablo.
*




