junio 26, 2009

De triunfos y fracasos

Me había prometido ir a buscarlo ahí, en donde es de suponerse que trabaja encerrado frente al computador. Mi plan no tenía falla: una foto del recuerdo, una sonrisa de agradecimiento y un abrazo curarían todo rencor nacido entre nosotros dos. Luego le pediría que permaneciera inmóvil para quitarle una inexistente basura en el saco, y mis labios le acariciarían tan suavemente que no podría resistirse a la invitación del beso... después de fingir sorpresa me estrecharía regalándose la oportunidad de despedirme como me merezco. No iba a dejarlo decir nada: nuestros caminos ya estaban separados, pero un húmedo pacto sellaría el perdón y nos desearía buena suerte a ambos.


Alcé suavemente el puño y toqué muy quedo tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesús.
-El maestro no está- me dijo un profesor que pasaba por el pasillo.-Escuché decir que iba a devolver un libro.


Sobre la suave alfombra de la biblioteca mis pasos andaban en círculos como los de una cucaracha, asaltada por una inexplicable ansiedad. Recorrí sigilosamente todas las secciones de un lugar semi desierto, quería encontrarle a solas, buscando otro título para llevar a casa en las vacaciones, perdido en las letras de una novela o leyendo un poema de amor, pero el abecedario se acababa y apenas percibí el olor de su perfume que me condujo hasta el final de la clasificación.

Mi corazón se apretujaba al pensar en lo que había detrás de ese estante, pero mi naturaleza vouyerista me hizo enfocar mis pupilas por entre los libros y mirar sus lenguas entrelazadas. Abrí los ojos para devorar el gemido que escapó de sus bocas, y esa pasión con que asía su cintura en un gesto de desenfreno se quedó retumbando en mi corazón. Una fuerza extrema se hizo presa de mis piernas y caminé a pasos agigantados rumbo a la salida, mientras mis latidos se aceleraban víctimas del tatuaje de esa imagen que no se quería escapar de mi memoria.


Quería probar el aire fresco, embriagarme de la esencia que emanaba la tierra después de la lluvia, hacerme invisible ante los ojos de quien pudiera darse cuenta de que aún andaba por ahí. Caminé sin detenerme hacia la calle sin rumbo fijo, sentí el rocío del viento salpicarme la cara con una frialdad que reafirmaba lo que nunca fue.


Me esperaba una función de teatro, sentarme a escribir en mi blog o la lectura de un poeta maldito. Cualquier cosa que hiciera estaría muy lejos de esa pasión que desbordaban frente a mis ojos. Mis labios partidos se curtieron con la sal de rabia que manaba por mis lacrimales, mis pies caminaban, caminaban, caminaban... la ciudad estaba fría, el tímido sol, el arcoiris. Toda esa belleza era nula al compararla con el mágico deseo que ellos dos estarían gozando. No podía pensar en otra cosa, me sentí incorpórea, incapaz de llegar a sentir con nadie lo que ahora disfrutaban. ¿Sabía cantar? No servía de nada, porque lo que deseaba era gritar para que hicieran leña de mi locura.


Quería que empezara a llover y que el agua lavara de mis ansias el beso que no le di, el recuerdo de piel que no tuve, la despedida de amor que se escapó entre esos libros que sólo lee por compromiso. Ella tuvo esa oportunidad y no fue despedida: fue la bienvenida a su mundo, el pase automático a su cama y a sus placeres. De momento el flamante diploma obtenido no fue más que un trozo de papel del que su sonrisa hipócrita se burlaba, y lo empuñaban mis manos como el títere muerto de mi derrota.


La lluvia seguía sin caer, yo continuaba andando, el sol de la tarde comenzaba a esparcir en las calles sus áureos destellos que matizaban de anaranjado el brillo transparente de los charcos... ya no llovería más. Si quería sacudirme esa soledad reinante debería buscar otra salida, y tenía que ser pronto.


No supe distinguir el camino que me llevó hasta una escalinata de piedra al pie de la cual tuve el impulso de elevar la vista: me recibió la luz de la luna y la llegada de la noche me indicó que no tardaría en amanecer. Me sentía un guiñapo sucio con el maquillaje arruinado en cuya patética imagen se enfocaba la luz de los reflectores. El llanto anegado en mi rostro dejó libre el paso a los espasmos del sufrimiento: había dejado mi vida en esa carrera, había aprendido a volar pero me había olvidado de amar. Caí de rodillas ante el futuro que me esperaba enfrente aún con la puerta cerrada. Lloré sin pudor al pasado y la imagen de su clandestino encuentro se disipó entre otros recuerdos. Supe que la vida estaba en el teatro, en la red o en cualquier libro maldito... pero no en sus brazos. Nunca estuvo en sus brazos.


Las notas agudas de las bocinas de los autos me daban un concierto de realidad que no podía evadir en medio de esa ciudad ardiente, y mis ojos se apretaron para evocar por vez final los hoyuelos de sus mejillas, la amabilidad de su voz y la posibilidad de su cuerpo todo que se evaporó con la última descarga eléctrica bajo mi vientre. Se extinguió su luz por siempre.


Abrí los ojos y entretuve la mirada en el vacío. Así estuve por incontables minutos hasta que el calor de la siguiente aurora me hizo parpadear de nuevo. Desarrugué el diploma al que aún se aferraba mi mano desconcertada. Me puse en pie y miré escaleras arriba. Estiré las piernas, elevé la frente y desencorvé la espalda. Ya mis pasos se deslizaban sobre esa larga escalinata que se alzaba ante mi mirada. Caminé y caminé sin bajar la vista, no existía un sólo motivo para querer hacerlo. Luego me detuve en el último escalón y miré la puerta...entonces alcé el puño y toqué tres veces, las mismas que Jesús fue tentado por el Diablo.




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junio 25, 2009

El Rey deja de ser Bufón

No sé mucho de Michael Jackson más allá de lo que todo el mundo sabe: una infancia de explotación, un talento y carisma sobresalientes, una vida llena de escándalos y excentricidades, pero también de éxitos inigualables y récords mundiales.

Is black? Is white? Moon Walker, Peter Pan, máscaras, niños, fortuna.

Nada importa, sólo el legado musical e histórico, la sensibilidad, la vulnerabilidad de un ser que nunca dejó de ser niño.

Sé que la red estará invadida de opiniones sobre el mito que no nace apenas hoy, de la controversia por su supuesta pederastia en la que no creo y nunca creí.

Quiero recordarlo así: se ha ido al país de Nunca Jamás, ojalá allá sí pueda ser feliz. Descanse en Paz.



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junio 23, 2009

¡¡No me tientes, Satanás!!

Desde que a mi madre le dio por ver la telenovela en donde sale el guapo de la entrada anterior, me asomo constantemente al escuchar sus expresiones de "¡Qué guapo está ese muchacho!" y yo corro a preguntar "¿Cuál?".

Con eso ya perdí cinco minutos de sentarme a deleitar mis pupilas con el par de ejemplarcitos que el diablo de Televisa decidió juntar en una misma historia. No sé bien ni de qué se trata la trama, pero seguramente ha de ser una porquería. (Jacqueline Bracamones incluida)

A diferencia de William Levy, David Zepeda al menos no es tan mamón, así que creo que me quedo con éste.
PD. Ya no voy a incluir hombres guapos en el blog porque hay cosas más importantes de qué hablar... :)

junio 18, 2009

¿Alguien podría decirle a William Levy...

Que nada más se calle la boca...?
:D

junio 16, 2009

Último día

¿Has estado alguna vez a punto de concluir algo y no saber siquiera por dónde empezar? Seguramente sí... así estoy yo ahora que tengo exactamente 24 horas para entregar el primer borrador de mi tesis con propuesta pedagógica.

Resulta que la propuesta está terminada, aunque como nunca quedo conforme, siempre la siento perfectible y me desespero... el problema está en que no tengo ni un capítulo terminado de fundamentación teórica, y ahora que busco y busco el respaldo que estoy segura debe de existir por algún lado, ¡no lo encuentro!

Y como debe hacerse con un diario confidente como es este blog, me vine a escribir tantito en lo que se descarga un video que necesito para mi propuesta. Dice que el tiempo estimado de descarga son veinte minutos, y como la cochina máquina se traba si abro otra aplicación, entonces prefiero tumbarme un rato en la cama y aprovechar el beneficio de la lap para escupir un poco de realidad.


Ya me ví mañana, despidiéndome de mis profesores formalmente, discutiendo brevemente las cosas buenas y malas del curso, y si son corteses, seguramente preguntarán los planes que tenemos para los próximos veinte años. Yo, como es costumbre, sentiré muy feo al ver por última vez a mis compañeros sentados en su banca de estudiantes, y evitaré ponerme sensible, ya que para eso estará el viernes, cuando a toda la perrada de la carrera nos entreguen nuestros diplomitas y nos andemos tomando fotos a diestra y siniestra.

En fin, no quiero pensar en eso... ni en eso ni en el evento especial del próximo lunes, en donde con toga y birrete presumiremos con nuestra gente cercana, que ya somos licenciados... puf! Parece poca cosa llamarse así en estos tiempos, pero el título cuesta, y mucho. Todavía tendré que trabajar más para dejar una tesis concluida satisfactoriamente, para eleborar un trabajo que sirva y no nada más que sea un trámite. Pero el final se acerca ya... lo esperaré serenamente. Viví y disfruté no sé si más que otro cualquiera, y sí: todo esto fue... a mi maneeeeeeeeeeeeera!!!!
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Snif!

junio 11, 2009

La rubia con huaraches

Con la frente en alto llegó al pueblo. Llevaba una criatura en brazos, mientras la niña de ocho años y el mocoso de dieciséis le ayudaban a cargar sus pocas pertenencias. Su joven marido había muerto de pulmonía: la pobreza lo había matado dejándola a ella sola con sus tres retoños.

Con la mirada desconfiada extendió un papel en la mano de aquel mozo. Él le miró los huaraches con desprecio, sintiéndose por un instante el patrón. El hombre rico del pueblo le había dicho que podía usar un pequeño jacal y hasta él la condujo indicándole sin palabras que lo siguiera. Ella hizo avanzar a sus hijos detrás del mozo con un apenas perceptible movimiento de cabeza y ellos caminaron descalzos, con la piel curtida de tanto andar, terrosos y con un hueco en la panza. Entraron en la oscura morada y la niña buscó acomodarse en un raído petate que parecía dispuesto para el descanso, ensayando una risa apenas practicada, recién aprendida. Una mirada hosca de su joven hermano le hizo apartarse de pronto y dejarle el lugar a esa rubia que le había dado la vida y que le parecía tan distante.

Belén se desenredó el rebozo y depositó a la blanca criatura en el polvoso petate, procurando espantarle algunos bichos que rondaban por ahí. Habría que poner en orden ese espacio, pero habría que descansar primero, sacar el pañuelo con los pocos pesos que le quedaban para salir a buscar leche y pan. Buscó instintivamente los claros ojos de su primogénito, pero no lo encontró: se había ido a explorar las afueras del jacal machete en mano. Ya se había acostumbrado a lidiar con nauyacas y ahora era su deber procurar el bienestar de esas mujeres: mientras él viviera nadie se atrevería a humillarlas o a hacerlas menos... pero una sola ojeada al pueblo le hizo entender que esa tarea sería muy dura, pues todo el que pasaba lo miraba a él como si fuera una de esas peligrosas nauyacas de tierra caliente, bicho que se arrastra por el suelo y que sólo causa repulsión.

Los ojos negros de su hija morena la miraron desde esa posición servicial que mantendría el resto de su vida. Belén se quebró: esa mirada pequeña le recordó la primera vez que vio a Delfino pasar frente a su hacienda, su blanca sonrisa iluminaba su tez tostada, y sus brazos fuertes le dieron la ilusión de protección eterna. En ese momento no sabría que enamorarse de un campesino sería una maldición a su estirpe, la desaparición de su nombre en el testamento y el comienzo de un matriarcado que se extendería en su familia por dos generaciones más.

Quiso llorar pero las lágrimas eran un lujo en su cuerpo debilitado. Por un momento creyó odiar a esa pequeña que la miraba silenciosa, con ese espíritu tan pesado que tienen los niños al mirar. Ella era la única que le había heredado el color de piel y los ojos a su difunto padre, ella era la única que a veces sonreía en medio de toda esa miseria... pero ahora observaba a su madre sentada frente a ella con esa larga trenza rubia que le caía sobre el pecho, sumida en sus recuerdos, dubitativa, con un miedo que había aprendido a disimular muy bien, y con un orgullo que no había perdido a pesar de tanto dolor. La pequeña quiso encontrar en su madre un gesto de esperanza, algo que le dijera remotamente que existía un motivo para estar viva, para no avergonzarse de ser la hija morena de la rubia con huaraches, pero así permaneció largo rato sin ver resultados.

La humilde cara de su hermano mayor se apareció de pronto, y las dos supieron que aquel no era más que un chiquillo asustado obligado a ser hombre. Belén se sintió por primera vez sola, desposeída, percibió la punzada del hambre y del frío, e intuyó una lágrima contenida en el rostro endurecido de ese muchacho flaco y pálido que se había convertido en la figura paterna de sus dos hijas. La menor de ellas despertó de su sueño exigiendo atención y cuidados, tal como lo haría el resto de su vida. El joven le dio a su madre la espalda al notar cómo esta se disponía a acomodarla para dejar que absorbiera su savia vital con desespero. Se acomodó en un rincón y se negó a ver el pecho desnudo de su madre, se negó a verse las heridas de los pies, se negó a ver la realidad lapidaria que se burlaba en su cara, y con esta actitud permanecería entonces y por el resto de su vida.

Belén cerró los ojos y se dejó llevar por el delicado placer de amamantar a su pequeña. Quería imaginar que al despertar todo habría desaparecido, quería olvidar que ya no vivía en la hacienda, que ya no usaba vestidos bonitos y que ahora era una viuda extraña en un pueblo ajeno... pero una delicada mano inoportuna se posó encima de la suya. Cuando abrió los ojos se encontró de frente con la sonrisa morena que hasta ahora no había dejado de verla. No lo soportó. Un arranque de rabia le hizo apartarla de una bofetada: ¡lo que menos necesitaba era compasión, lo que menos deseaba era recordar a Delfino! ¡El ya estaba muerto, se había ido, la había dejado sola, con tres hijos, pobre, triste...y para siempre!

¿Por qué ella? ¿Por qué la morena? ¿Por qué no dejaba de verla con esa mirada tierna que sólo tienen los perros? ¿Por qué ella? ¿Por qué siempre ella? ¿Por qué nunca dejaba de verla? ¿Por qué nunca dejó de verla hasta el último momento de su existencia? ¿Por qué curó sus fiebres, vendó sus heridas? ¿Por qué nunca se casó? ¿Por qué la niña morena sería quien sacrificara su propia vida? Porque siempre intentó hacer feliz a su amada e incomprensible madre: esa distante mujer a quien conocían en el pueblo con el mote de la Rubia con Huaraches...




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junio 07, 2009

Él no es una loca

Aparece en la reducida escalinata del escenario, enfundado en elegante bata de seda y una copa de vino en la mano, entonando las delirantes notas que iluminan de un brillo especial sus hermosos ojos verdes. Camina, sonríe, coquetea. Esa es la última noche de cabaret de la temporada, lo espera un diván rojo. Las suaves líneas de un cuerpo femenino irrumpen en la escena, dejando caer las prendas y recogiéndolas en una canasta. Todo empieza bien pero mi acompañante se sorprende: imaginaba conocer a un gorila de dos metros cantando como barítono, pero no. Todo indica que es una loca.

-¿Por qué seremos tú y yo tan asquerosamente heterosexuales?- le pregunto mientras recorro con la vista a la concurrencia que seguramente aprobaría que yo le hiciera un cariño a mi mejor amiga. Ella se ríe inocentemente como siempre, y yo le agradezco la solidaridad de estar conmigo en un lugar de esos que no frecuenta.


Él sigue cantando mientras la mujer ronda por ahí, hermosa y callada como debe de ser. Él bromea, sale de la trama frecuentemente para mostrar su felicidad al ver el lugar repleto. Busca rostros conocidos en la penumbra que rodea nuestro lugar de espectadores, los distingue con los ojos borrachos de reflectores, ubica amigas, amigos, les manda indirectas, se desviste, canta, se contonea. Las chicas de la música están ahí, clavadas en la partitura con mirada desvelada, rasgando cuerdas y golpeando teclas como autómatas, conscientes de ser indispensables en el éxito del suceso.

Yo quiero estar ahí arriba, tener el cuerpazo de esa mujer, vestir ese traje de sirena que porta mientras baila como Magdalena, y mientras resbala tras bambalinas causando preocupación en el divo de la escena.


Con la magia que nos envuelve, ella reaparece ilesa pero algo está pasando: esos dos ya no se aman, o se aman demasiado, tal vez se detestan o bien dependen uno del otro. Llueve a cántaros en pantalla mientras el mesero insiste en preguntar si no queremos beber nada más."Deja de estar chingando" dice mi mente respondona, pero mi sonrisa amable finge un "No, gracias"


Un ventanal virtual, un salto mortal, un alma que vuelve mojada mientras atormenta al hombre que deja salir su dolorosa voz... talk to me like lovers do..., al tiempo en que me atrapa creando una excitante y conmovedora atmósfera que está a punto de arrancarme de mi asiento para volar hasta el diván, envolverlo yo misma lentamente con la sábana, tocar con mi espíritu su encantador rostro y robarle un beso que profane el momento y corte la melodía. Muero. Lamo el borde del vaso y saboreo los últimos granos de sal, bebo la cerveza y reaparece: camisa blanca y calzoncillos finos, fálico símbolo atado en el cuello al rojo vivo, mirada pícara, cercanía. Parece ser un íncubo que se acerca a devorarme, pero al momento es lo contrario, avanza entre las mesas haciendo las delicias de los presentes que están dispuestos a la marcha. Sube de nuevo, se toca el sexo delicadamente. Se coloca frente al pedestal y me canta. No mira a nadie pero imagino que me canta a mí: Ángel.


No sé en qué orden ocurren las cosas, he perdido la noción del tiempo. Lo que dice es lo de menos comparado con lo que me hace sentir, es un demonio. Me entrego a él, lo disfruto, lo absorbo. De un momento a otro estoy presenciando la reencarnación de un Freddy Mercury renovado, desinhibido, talentoso, orgulloso y mucho más guapo. Ya no es un diablo: es un chiquillo que se divierte sobre las tablas y abajo de ellas. Devora fresas, comparte, juega con una tetona voluntaria del público, chulea a una espectadora, echa desmadre. Pronto estoy sonriendo, relajada, mi amiga graba con su celular Perfume de Gardenias, sorprendentemente integrada, divertida, enamorada. Ese fino objeto del deseo tiene a hombres y mujeres en la bolsa, extasiados, ebrios, dispuestos.


Es el pleno momento de las complacencias, hay que exprimir al artista. Las chicas de la música se ven cansadas, probablemente quieran largarse a su casa, pero aguantan vara como muchas otras veces...no traen suficientes partituras para darle gusto a todos. Mi corazón sólo murmura No me dejes, no... y sus primeras notas suenan paralizando mi respiración. La lágrima final podría haber sido mi mayor regalo: el brote del sentimiento, el trozo verdadero de un alma sensible, apasionada, inigualable.


-¿Por qué no vas y lo saludas?
-Quién sabe si se acordará de mí. Tiene muchos amigos de carne y hueso aquí esta noche.
-Acaba de salir y me mandó un beso, anda, se ve que es buena onda.
-Está bien, me voy a asomar, pero si se amontonan mejor nos vamos...

Quería quedarme secretamente con la idea de que estaba hecho de otra materia, que aquéllo había sido un holograma intocable, un sueño que no se va a repetir. Pero ya viajaba a casa con su perfume en mi ropa, su sincero agradecimiento y su abrazo cariñoso. I am fish and blog, he is flesh and blood: su corazón también se parte, su voz también se quiebra.
Ella supo que él no es una loca, aunque se divierta como una. Yo comprobé que es un espíritu travieso, un hombre pleno, intenso y un artista excepcional.

Hoy puedo contarlo entre la gente querida y decir sin rodeos:

¡Feliz cumpleaños, querido Pedro!
¡Gracias por esa increíble noche!
¡Salud (con agua -salada-) por tu eterna felicidad!


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