mayo 12, 2009

El Amor en tiempos de la Influenza

Le adiviné una sonrisa cuando supo que sus dos amigos solterones tendrían la oportunidad de charlar sin prisas. Lo supe al momento en que se disculpó retirándose del lugar y dejándonos a los dos solos. Era un parque hermoso. Nunca le había otorgado un alto valor a estar sentada en una banca al aire libre, sintiendo los benéficos rayos del sol penetrar por los poros matando cualquier posibilidad de muerte; pero dadas las condiciones, aquel era el lugar más romántico en toda la tierra: el temor al viento se disipaba fácilmente al notar cómo volaba la hojarasca en un travieso movimiento, o al escuchar cantar a las aves tan frágiles y diminutas, pero libres de ataduras, ciertamente más fuertes que nosotros dos juntos.

-Qué hermoso está el día, ¿no te parece?- el eco encerrado de su voz varonil me sacó de mis pensamientos y sonreí, aunque agradecí que el rubor en mis mejillas no pudiera ser visto por él a simple vista. Estábamos solos, completamente solos. Nadie había tenido la osadía de salir a explorar el mundo como un niño travieso que no mide el peligro, el parque estaba desierto.

-Muy lindo...- dije por toda respuesta. Lo ví intentar relajarse un poco. Estaba nervioso, eso era evidente. Por fortuna ambos usábamos anteojos, y a través de sus cristales transparentes nos comunicábamos con las docenas de expresiones que nuestras pupilas habían desarrollado a raíz de haberse convertido en el único recurso visible de comunicación humana. Miró hacia el cielo y después me miró a mí. Yo me sentí intimidada por la profundidad de sus ojos negros. La gruesa cortina de sus pestañas no impidió que adivinara el mortal impulso que estaba gestándose en su interior. Todo correspondía de igual modo dentro de mi propio cuerpo.

Habría podido limpiar el aire con la fuerza del suspiro que contuve, y acortar los dos metros y medio de distancia que nos separaban de un extremo a otro de la banca en mitad del parque, pero ni él ni yo movimos un sólo músculo. Permanecimos así, mirándonos fijamente, sintiendo que en tiempos de antaño habríamos podido estar en un bar, rodeados de gente y bullicio, bebiendo de nuestra copa y aventándonos humo en la cara. Él se habría acercado, yo le habría sonreído. Tomaría mi mano y saldríamos a bailar a la pista. Sentiría el calor de su mano rozando mi cintura, y me hablaría muy cerca, acelerando el ritmo de mi respiración, tal como ya lo hacía ahora que podía escucharla nítidamente, mientras lo veía impotente y callada.

Seguramente el estaba imaginando lo mismo, seguramente el calor de su ruidosa respiración lo incomodó porque sus ojos se apartaron de inmediato.

-Será mejor que me vaya...- dijo de pronto mirando la hora en su reloj de pulso.- Me dio gusto conocerte.- yo asentí con la cabeza y no quise esperar a ver cómo se alejaba. De inmediato me puse de pie y caminé en dirección opuesta a la suya, aún sintiendo en la sien su mirada clavada.

Abordé el primer transporte que se atravesó en mi camino, y de inmediato me sentí envuelta por la mirada de varios pares de ojos ocultos con gafas de sol. Curiosamente quienes teníamos problemas de la vista éramos quienes teníamos derecho a ver la luz y exhibir descaradamente el color del iris; quienes tenían una vista sana debían usar lentes oscuros y tratar de aislar el más preciado de sus sentidos del terrible virus.

Todos ellos no se habían dado el lujo de salir a conocer a un amigo, estaban ahí, sosteniendo el periódico entre las blancas manos de látex, escogiendo una canción en el IPod para tener la sensación de que alguien les susurra al oído, o bien asiéndose del tubo para no caer con el movimiento. Nadie parecía estar en la calle gratuitamente: había que ganarse el pan, había que ir a adquirir conocimientos. Yo sólo era una frívola ciudadana jugando a querer ser feliz.

Louis llegó y se fue de mi vida tan pronto como un dolor de cabeza. Ya no me duele más, pero aún no soy inmune. Me rebelo ante este tiempo de miedo y su máscara antigas sobre mi cara. Quieren quitarme el derecho de volver a besar...
*

3 comentarios:

Edwin dijo...

me hace falta un día así de placentero y relajante como el tuyo.

Ondina dijo...

jeje... creo que no entendiste el post :D

Edwin dijo...

no, sí entendí pero me adelanté, t hice el coment antes de leerlo completo.