Desperté como en mitad de un sueño. No podría explicar cómo llegamos ahí: mi cuerpo adormilado envuelto en una sábana, tímido ante la perfección del tuyo en su impúdica desnudez. Casi no podía recordar las incontables noches que nos escurrimos entre las sombras para amarnos plenamente, sin censura. Aún podía sentir el furor de tus labios en los míos, el piloto encendido en azul flama justo en el centro del pecho. Sentía la confianza de abrir bien los ojos en medio de la penumbra de aquella madrugada y envolverte en mis brazos sabiendo cuánto lo disfrutabas. Podía comunicarme contigo con sólo una mirada, y saber si era tiempo de incendiar el cuarto o de cerrar el telón.Pero esa mañana algo era distinto, tus ojos tenían dibujado el destino inmediato: Europa. Lo supe al amanecer y ver opacidad en ellos, lo supe al ver tu mano sosteniendo una carta que colmó mi curiosidad.
"Querida..." y a continuación mi nombre. Comenzabas diciendo que habías llegado a quererme, llenando con paja de halagos su contenido, narrando lo increíble que soy.
-Te vas- dije en seguida- No me hace falta leer más.Quieres terminar.
Terminar algo que no supe en dónde inició ciertamente. Hacía vanos esfuerzos por recordar el tiempo transcurrido desde el primer contacto visual hasta el primer contacto sexual, esos días y meses yacían congelados en algún lugar recóndito de mi mente. No había nada antes ni después de esta cercanía, nada de lo otro era más real.
Ahí estabas tú ahora, de frente y dispuesto a darme explicaciones, con el nudo en la garganta y preparado para la escena. Hubieras querido que leyera el total de la carta, que me embriagara con tus adulaciones, que supiera que te enamoraste de mí sin querer. Hubieras querido que continuara hasta el final, hasta el momento en que el vino se agriara y lo dijeras todo... pero guardaste silencio de nuevo, y miraste caer la carta que se perdió en la blancura de nuestras sábanas, confundiendo la vida con la muerte, el placer con el dolor.
-Debo marcharme... estaré de vuelta, pero no sé qué pase...-dijiste pausadamente.- No quiero irme y... lastimarte y...
-Debo marcharme... estaré de vuelta, pero no sé qué pase...-dijiste pausadamente.- No quiero irme y... lastimarte y...
-Sé lo que pasa, lo he vivido antes.- para entonces querías abrazarme, ya lo intuía. Deseabas estrecharme en tus brazos más de lo que yo deseaba desaparecer.
-Lee la carta.
-¿Para qué? Lo importante es que te vas, no los motivos.
-Pero regreso...
-No será lo mismo.
-¿Me olvidarás?
-Aquí voy a estar siempre.
-Pero no para mí.
-Te vas. Vete.
Un océano se abría en ese mismo espacio que separaba tu ropa de la mía. Lentamente fuimos vistiéndonos una a una las prendas, y al voltear pude verte tal como habías sido siempre: un europeo distante, galante, distinto, extinto. Tu oscura ropa resaltaba tu pálida piel, y era inútil abrazar a la estatua de cera en que te habías convertido. Tus dulces labios temblaban por decirme adiós, por rozar mi piel con un beso y dejar la cicatriz por siempre.
Mis ojos secos se apartaron de ti con indiferencia, parecía ser yo quien viniera del Mediterráneo y no tú. Sabía que esto tendría un final así, sabía que sería breve, inolvidable... y en las surreales semanas, años luz que nos quisimos, tu sangre brotó de tu pecho doliente como a golpe de obsidiana... lloraste sin pena al descubrirte infamemente enamorado y enterarte de que ya había kilómetros entre los dos.
Un océano se abría en ese mismo espacio que separaba tu ropa de la mía. Lentamente fuimos vistiéndonos una a una las prendas, y al voltear pude verte tal como habías sido siempre: un europeo distante, galante, distinto, extinto. Tu oscura ropa resaltaba tu pálida piel, y era inútil abrazar a la estatua de cera en que te habías convertido. Tus dulces labios temblaban por decirme adiós, por rozar mi piel con un beso y dejar la cicatriz por siempre.
Mis ojos secos se apartaron de ti con indiferencia, parecía ser yo quien viniera del Mediterráneo y no tú. Sabía que esto tendría un final así, sabía que sería breve, inolvidable... y en las surreales semanas, años luz que nos quisimos, tu sangre brotó de tu pecho doliente como a golpe de obsidiana... lloraste sin pena al descubrirte infamemente enamorado y enterarte de que ya había kilómetros entre los dos.
Yo lo supe siempre, supe bien que te amaría. Tú lo supiste muy tarde, y quizá no lo reconozcas jamás.
*
1 comentario:
¿Qué te puedo decir?
Exquisito... como todos tus escritos. Gracias por deleitarme con este relato, el tipo de sentimiento trágico que a pesar de ser amargo endulza la vida para hacerla interesante.
Excelente... nada más qué decir.
Un beso, amiga ;)
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