Una simple mirada lo desencadenó todo. Luego cerraron los ojos y se lanzaron al vacío que les aguardaba sobre el edredón. El vértigo fue impresionante, el brinco en el estómago, el mareo y el escalofrío. El beso a profundidad, el abrazo al cual se aferraban como si fuera el paracaídas. Los corazones a cien.Sería la primera vez que sus pieles se encontraran, y las manos tímidas de él buscaron el contacto bajo la ropa. No había ansiedad, persistía el miedo, ese miedo que por fin dejaría de ser pared para convertirse en puerta. Los labios les temblaban de emoción pero no querían separarse ni un solo centímetro. Temían que al hacerlo y abrir los ojos, volviera ese pánico a hacerlos presa deteniendo aquél instante para siempre. No querían mirarse asustados y soltarse precipitadamente para acomodar sus ropas y decidir guardar compostura. No podía pasarles eso más, ya no más.
Por eso abrieron los ojos decididamente, y ese golpe de mar y tierra en la cercanía los hizo asentir por dentro. Él la miró unos segundos y luego apretó sus labios contra los de ella, no cabía la menor duda. Derritiéndose por dentro bajó a su cuello, buscó su pecho con la mano y lo aprisionó suavemente. Sus pulsaciones se aceleraban al mismo tiempo que el masaje se iba tornando más dulcemente rudo. Él se acomodó entre sus piernas. Con suaves movimientos bailó sobre su cuerpo tendido, elevando la temperatura del cuarto. Parecía una serpiente reptando por las dunas, dibujando curvas con su espalda, impactando la arena de su voluntad en cada fricción. El efecto que tenía sentirlo crecer sobre la ropa le hizo atraparlo entre sus brazos y creerlo suyo... y asumirse suya. Acarició su cabeza y agradeció el cabello escaso, apenas creciente que le permitió seguir con sus manos la redondez de su calavera y palpar la piel que cubría su cráneo. Atrajo su rostro y lamió su boca, luego buscó hambrienta sus orejas, él se estremeció.
Los gemidos acompasados les hacían temer de nuevo que aquello fuera una locura. El miedo no dejaba de soplarles detrás de la nuca con su aliento frío, pero el calor de sus cuerpos rebasaba pronto el aura que estallaría varios minutos después, cuando el blanco de sus pieles se fundiera en uno solo, cuando no hubiera forma de averiguar dónde empezaba uno y terminaba el otro, quién era el hombre, quién la mujer... cuando el canto de los lamentos placenteros se fusionara en un mismo tono, cuando el roce de sus sexos les hiciera sudar, gritar, llorar y adorarse juntos, cuando la danza de sus vientres les hiciera perder la cabeza y encontrar el alma perdida, cuando un beso suave culminara el ritual, cuando el abrazo final les hiciera sonreír plenos de dicha, de juventud, de vida.
No habría más dolor que hiciera ruido. El pasado sería sólo un instante doloroso, una cicatriz bultosa que sólo duele al tocarla, pero que ya no sangra más. Un pasado que alguna vez fuera un insoportable equipaje, pero que ahora es sólo un pequeño tesoro que guardar en la gaveta, mirar de lejos y darle la espalda para besarla de nuevo, para conquistar el secreto oculto detrás de su mirada triste y sonreír porque están vivos, y porque sexo, pudor o lágrimas, nunca más va a dar igual.
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