Hoy me permito acordarme de ti, y enamorada soñar contigo, llorar por ti. Mirar con tristeza y orgullo en lo que te has convertido. Mirar tus ojos claros entrecerrados por un gesto de sonrisa eterno, mirar tu hermosa cara enmarcada por un nuevo corte de pelo y ¡por Dios! ahora hasta usas tinte...
Y me remito a las pocas veces que te tuve cerca, a las sonrisas furtivas que me dirigías, y a las miradas traviesas desde el escenario, esas miradas que sólo reafirmaban tu inseguridad. Recuerdo los pocos besos, los pocos roces y las pocas palabras, y la tristeza errada en el fondo de una copa vacía, olvidada en una línea de coca.
Admiro tu belleza y tu presteza en los dedos, admiro tus labios sensuales y tus ojos claros de niño... y adoro tu soledad, la que opaca esa belleza y esa riqueza reflejada en tu ropa de marca, tu acento burgués y tu colección de autos clásicos.
Lloro por tu imagen decrépita que alguna vez vi en casa de tus padres... porque era el disfraz más terrible en esa Noche de Brujas: tus deliciosos labios bebiendo, fumando, tus dedos delicados encendiendo mi cigarro, fingiendo que estabas ahí... pero lloro aún más tu éxito lejano, tus discos en las tiendas, tus salidas en la tele. Lloro quererte como te quiero, lloro nunca haber compartido el lecho, no mirarme a la altura de las actrices de cine fácilmente desnudables con las que sales, y estar muy lejos de las cinturas breves y las rubias cabelleras a quienes has amado... porque... las has amado... tal como te amo yo ahora a ti.
Te extraño, y me extraño... sólo somos dos extraños ya.
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