noviembre 18, 2008

A trece años del milagro


Mis ojos se abrieron en medio de la madrugada: había llegado la hora de morir o vivir para siempre en ti. El líquido suave con que te alimentaba se estaba escapando de mí de repente. Tenía que avisarle a alguien, levantarme y decidir qué hacer. Fue mi madre quien me dijo que me preparara, que se me había roto la fuente de vida en la que tú te mantenías segura, y habría que sacarte de ahí, traerte al mundo, obligarte a respirar.

Procuraba por todos mis medios de evitar que el líquido saliera. En medio de suaves dolores retenía su fluido esperando conservarte dentro todavía un poco más. Estaba asustada, tenía mucho miedo de lo que podría pasarte. Nunca te había amado tanto hasta ese preciso momento, en el que mi instinto materno luchaba por mantenerte viva, por sentir que estabas segura ahí, dentro de mí.

Horas de angustia pasaron, con mi vestido maternal de girasoles buscando un lugar donde pudieras llegar, dándome cuenta con rabia de que no eras la única que nacería ese día, que como yo había millares de madres pariendo en el mundo entero, y que en eso no eras especial. No había por qué hacer distinciones, yo era una niña espantada más, una jovencita temerosa que no pensó en esto cuando lo hizo sin cuidarse, y como tal había que tratarla. Los doctores querían sentir tu cabeza, o tu hombro, o lo que fuera, con tal de meterme el guante y sonreírme.

Finalmente llegué a un lugar en donde casi reclamé el derecho a mi pajar. Pasó la mitad del día hasta que alguien me dijo que ya no te movías, que estabas sufriendo, que no te aseguraban la vida. Yo moría por verte a los ojos, desesperada por que salieras viva, completa, contenta... y mía.

Ahora han pasado los años, y cuando te veo a los ojos todos los días, mi corazón no evita sonreírte al saberte viva, completa, contenta... y un pedazo grande de mi vida.
Festejo el tener fresco aquel bello momento, cuando con las vísceras de fuera me resistí al desmayo sólo hasta oírte llorar. Festejo tu llegada luminosa, tus ojillos lindos, bien abiertos que me dieron las gracias cuando te conocí. Festejo tu cuerpecito frágil envuelto en cobijas, tus manitas pequeñas encerradas en las mías, tus primeros pasos, tu primera caída, tu primer diploma, tu primer desamor...

Festejo tenerte y no tenerte, festejo el dejarte ir de poquito a poco, festejo el regalo más grande que me ha dado el destino. ¡Festejo al microbio de tu padre!, a su atinada semilla de vida. Festejo tu abrazo, tu risa, tu esencia.

¡Festejo, festejo, festejo! Hoy la que está de fiesta, soy yo.

6 comentarios:

Edwin dijo...

Muchas felicidades... Sabes que a ambas las considero parte de mi familia...

Anónimo dijo...

Gracias por hacerme recordar el nacimiento de mi primer hijo. Pero sobre todo, admiro la sensibilidad y la capacidad que tienes para expresar claramente, lo que quizás muchas madres como yo no sabemos hacerlo, pero eso que dices igual me pasó. Miedos, querer retener a mi hijo en un lugar seguro (el útero) y que eso pareciera que se repite a lo largo de mi historia como mamá. De corazón gracias.

Anónimo dijo...

Amiga:
Mil gracias por escribir,
porque acaricias el alma, y estremeces el corazon.

t.q.m.
que dios te bendiga!

Sirena dijo...

Hola Ondina... ¿qué nos ha pasado que nos hemos perdido? Vine a llamarte para que vayás a mi blog a ver si te parecen los escupitajos virtuales

Alicia Torres dijo...

memorable.
fue como si mi madre me estubiese relatando lo que le paso conmigo.
mensmal todo salio bien, y estoy aca, y tu hija tmb

Saludos

Anónimo dijo...

Gracias a tu escritura todos podemos festejar la vida; la tuya, la de tu hija, la todos nosotros.

Gracias a lo que escribes celebramos la vida y el sentirnos parte de eso que llamamos Humanidad.