enero 12, 2009

Virus cibernético

Cuando me envió su fotografía de inmediato pensé que no debería esperar mucho de ese encuentro. "Demasiado guapo para ser de verdad", me dije mientras elegía el vestuario más casual para mi primera cita a ciegas. Las banquitas de Gran Sur en frente de Zara estaban todas vacías, lo cual me hizo suspirar pensando en que sería una larga espera.

Era muy temprano, y a pesar de haberme dicho que vivía cerca de allí, decidí relajarme y sentarme en posición de loto a leer, sintiendo cada vez más que aquél sería un laaargo día... Mientras paseaba mis ojos por la lectura me di cuenta de que no estaba entendiendo nada. ¿Y si el chico era verdaderamente el de la foto? Eso ya me estaba preocupando.

Sacudí mi cabeza esperando espantar tan ilusos pensamientos y preparándome a recibir en cualquier momento a un niño lleno de acné que al ver la imposibilidad del Photoshop para cubrir sus incontables imperfecciones, había optado por subir una foto ficticia a la red. Me reí de mi propia creación mental imaginando un freak vestido con corbata de moño y un ramo de flores sostenido por su mano sudorosa.

-¿Eres tú Ondina?-me golpeó un suavísimo acento colombiano haciéndome desviar la mirada de las páginas hacia sus zapatos, y deslizarla por todo su cuerpo hasta llegar a su rostro y descubrir que el tipo no era nada fotogénico.
-Er... sí...- dudé en hablar sintiendo el color invadir lentamente mis mejillas. No podía creer que la foto del perfil no fuera a ser ni la sombra de lo que ofrecía el ejemplar de carne y hueso.
-¿Me esperaste mucho tiempo?- me terminó de derretir con su acento tan dulce.
-N-no...- sonreí estúpidamente, y me correspondió. Sin esperar más me empezó a platicar de un lugar muy bonito en aquella plaza, en donde podríamos degustar algo ligero mientras charlábamos tranquilamente.

No supe en qué momento ya me hallaba caminando a su lado, provocando la envidia que yo tantas veces sentí al mirar a una fea de la mano de un bombón. ¡Y es que yo esa mañana podría haber pasado fácilmente por su sirvienta! Con semejante facha estoy segura de que, a no ser porque aquél era un caballero y había quedado conmigo a través del foro "Latinos en el D.F." en invitarme a desayunar, de haberme visto en la calle ¡no me hubiera preguntado ni la hora!

Sin embargo la inseguridad de un principio se fue disipando en tanto que detrás de la carta me dedicaba a espiar discretamente sus increíbles pestañas largas cubriendo como cascadas la brillantez de sus ojos negros. Opté por pedir lo mismo que él, y tuve miedo de pronto de ser la víctima de un chico que, a leguas podía verse, no debía estar tan solo. ¿Qué tal si era un secuestrador de mujeres? ¿Violador, acaso? La simple idea me hizo sonreír. No parecía estar pensando cosas sucias conmigo ni remotamente.

Platicamos de lo mismo que charlamos en el chat del foro. Discutimos sobre música, teatro y la situación política del mundo, y a pesar de que no coindidimos en muchos de los puntos, pasaron un par de horas en las que olvidé el poco esmero que tuve al vestirme, así como lo insignificante que lucía al lado de ese odoroso joven, más alto que yo por un par de cabezas, bien formado, con la barba partida y la sonrisa impecable. Parecíamos ser amigos desde siempre, y me sorprendí riéndome como nunca, golpeándolo constantemente en el brazo por la gracia de sus ocurrencias. Me dijo que era súper simpática, y que me imaginaba distinta cuando hablamos por el chat. Mi sonrisa se borró al recordar que mi foto de perfil estaba ligeramente retocada con efectos de difuminado, y que a la luz del día se podían ver todas mis pecas e imperfecciones del rostro. Poco me faltó para sentirme el fenómeno que yo esperaba encontrar.

-Creo que eres mucho más bella...-remató. No supe si reírme, ofenderme o sentirme halagada. Mi reacción simplemente fue nula, hasta que ví que el rubor se hacía presente en sus mejillas.
"¡No es cierto! ¡No es cierto!" me dije. No me lo podía creer. Después de un rato más de charla sin volver a tocar el tema nos despedimos con un fuerte abrazo que disfruté como si estuviera en la firma de autógrafos de un artista internacional. Presentía que no volvería a verlo, que aquél abrazo era un privilegio que había ganado quién sabe por qué méritos. Me sentía indigna de pensar siquiera en un romance con alguien tan increíble. Parecía estar soñando cuando en una postal publicitaria me anotó todos sus teléfonos esperando que le llamara muy pronto, deshaciéndose en halagos sobre lo maravilloso que había sido conocerme y lo mucho que le gustaría seguir saliendo conmigo.

Por supuesto, cuando le hablara, me dirían que el tal Armando Olmedo no existía, o me negarían el contacto arguyendo que no estaba...

-¿Me podrías dar tu número?- preguntó disipando mis dudas. Algo me decía que debía dejarme de estupideces y empezar a creer que un amor con aquél muñeco era tan posible como que el día se nublara de repente sin aviso.
-52 54 13 26- dicté verificando que lo anotara correctamente en su moderno aparato celular.- Es el de casa, no uso teléfono móvil.

La respuesta no le sorprendió y tras regalarme otro efusivo abrazo y un beso en la frente, se despidió. Con el tiempo supe que escribía en la Rolling Stone, componía música para obras de teatro y tenía un blog de crónicas sobre sus interminables viajes culpables de sus repentinas cancelaciones a nuestros encuentros, y a las cuales me terminé acostumbrando. Me enamoré de todas y cada una de sus letras, de sus fotografías, de los videos que me enviaba. Supe por su forma de escribir que todo cuanto hablamos era sincero, todo coincidía con su forma de ser, de pensar, de expresarse. Me enteré con enorme sorpresa de que a pesar de aparentar menos edad que yo, ¡me llevaba casi diez años! y no pude sino avergonzarme del descuido de mi aspecto.

No volvimos a vernos personalmente en un año, pero pasábamos todas las noches hablando por teléfono, o mirándonos las caras por la web cam inventando locuras que probablemente ahora circulen en más de un canal para adultos. Yo guardé sus recuerdos en la USB de mi mente, esperando que un día se hicieran verdad, añorando el momento de que recreara en mi cuerpo todo lo que hacía por la web cam, lo que decía en sus cartas y me hablaba al oído tras el auricular. Tanto esperé aquél momento, que llegó el día de citarnos formalmente, sin viajes de por medio ni asuntos pendientes. Luego de un año de intensa actividad virtual, pudimos besarnos por fin piel con piel.

La vida estaba sonriéndome, el sueño de la Cenicienta se hacía realidad una vez más, ahora en mi persona. Me esperaba el goce que tanto tiempo había aguardado en silencio, paciente como Penélope, devota y fiel tejedora de ilusiones. Tendría que esmerarme en satisfacerlo, en hacer de aquélla noche una ocasión especial, en lograr que se volviera loco por mí... y me superé con creces.

A la mañana siguiente él tomaría la decisión más importante de su vida. Lo supe cuando al despertar de la intensa noche de caricias, besos y gemidos, leí una sentida carta que había dejado a un costado de mi almohada, y en la cual describía lo que había pensado hacer: su cuerpo estaría colgado en el cuarto de baño, y me aconsejaba no mirar su cadáver para conservar en mi memoria la belleza de su aspecto.

Con cuarenta años de edad y una mirada de niño de once, el escritor de la Rolling, cantautor y trotamundos había decidido no darle batalla al SIDA. En su carta sigue dejándome su admiración eterna, su amor, su respeto y su agradecimiento. Dice que sabe que soy fuerte, que valgo el oro y que yo podré con el virus, que no me rinda jamás.



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4 comentarios:

Ondina dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Liduvina dijo...

Yo encontré al amor de mi vida en una cita a ciegas Jajaja

Aca un poco de nosotros

http://mimedioalquiler.blogspot.com/

Saludos, lindo blog

Ondina dijo...

Wow... hace mucho que no leía este producto de mi imaginación. Es fuerte... creo yo. Trágico...gulp!

Ondina dijo...

...Ya no vuelvo a escribir cosas de estas... casi casi prrmonitorias :(