abril 08, 2009

Sin distancia


La mañana entró por la ventana de esos cortinajes rojos en la habitación de su madre. No supo cómo se había quedado dormida en ese lugar, tumbada sobre la notebook, con las luces encendidas. Rápidamente miró la hora en el computador y el documento sin salvar... se le había hecho muy tarde.

No recordaba haber cambiado el horario de verano, pero todo parecía distinto: su casa lucía como abandonada. Ni su madre ni su hermana parecían haberse percatado de su descuido, o de haber sido así, no les había importado despertarla. Haría ya un par de horas que cada quién salió a hacer sus respectivos deberes, dejándola a ella, con sus rasgados ojos cafés mirándose en el espejo, queriendo encontrar la ubicación de la fecha en la que había puesto fin a su rutina diaria para abandonarse al sueño. Rápidamente enjuagó sus dientes, se calzó las zapatillas deportivas y montó su bicicleta para llegar pronto al trabajo. Quedaba a una distancia considerable en cuanto a quema de calorías, pero no podía dejar pasar más tiempo, no importaba qué día de la semana era, ni cuánto tiempo llevaba de retraso, tenía que llegar pronto al Ministerio sin importar que al cruzar la puerta automática de cristal, todo el mundo la escaneara de pies a cabeza, escandalizados por su falta de formalidad reflejada también en su indumentaria.

Aceleró el movimiento de sus piernas esquivando los autos con pericia, violando unas cuantas reglas de tránsito con tal de llegar cuanto antes al lugar que se había convertido en un destino fijo día tras día. Aprovechó un alto en el cruce que no pudo saltarse, para secar una gota de sudor que resbalaba por su nariz fina. Cerró los ojos y trató de disfrutar una caricia de viento fresco que aminoraba la sensación de estar girando dentro de un horno de microondas, pero pronto el concierto de bocinas de automóvil la hizo girar las piernas de nuevo y acelerar al máximo.

No quiso ni voltear siquiera hacia el Ministerio cuando pasó frente a él. Temía que alguien vigilara por la ventana y al descubrirla le pusiera un ejército de policías tras ella para hacerla desistir de la loca idea que se le acababa de ocurrir.

Sin sentir el menor sofoco, llegó al aeropuerto. Miró el tablero de vuelos y notó que el destino le había jugado a favor esa calurosa mañana de abril, porque en unos cuantos minutos despegaría un avión rumbo al norte, y ella sería capaz de tomar el dinero que hasta ese momento, estuviera destinado para el enganche de su apartamento.

Volando sobre la cordillera, sintió el deseo de pasar un dedo por el merengue helado que la cubría y deleitarse con su frescura en pleno viaje imprevisto. Ya tendría tiempo de escribir y decir "estoy aquí". Sabía que ella revisaba el correo todas las mañanas, y por la tarde o noche lo hacía un par de veces más: no podría sentirse sola. Después llamaría a su hogar y avisaría que estaba muy lejos, devorada por otra enorme urbe de hierro, asustada al sentirse atrapada por la gente que le hablaba con un acento distinto, agobiada por tener que cambiar dinero, y aturdida por la cantidad de taxistas que se ofrecían a llevarla a un destino incierto.

-¿Está lejos de aquí el Ajusco?- preguntó con su voz suave
-Le cobro quinientos pesos...- obtuvo por toda respuesta.

El calor que le habría quemado en la tarde, comenzaba a tornarse en desértico frío que calaba hasta los huesos. Un café internet era todo lo que sus ojos buscaban en medio del huracán de anuncios que le golpeaban la vista. Finalmente en un local que estaba a punto de cerrar sus puertas, sentada frente a una máquina solitaria, la joven chilena abrió la ventana del chat con los dedos cruzados para encontrar en verde el muñequito que tuviera el nombre de ella.

-¡Qué milagro! Pensaría que estabas dormida a estas horas, en Chile...-Una lágrima de consuelo entibió el rostro sonriente de la hermosa joven cuyo estómago rogaba por un plato de sopa.
-No estoy en Chile, estoy en... el Aeropuerto "Benito Juárez"- se leyó del otro lado de la pantalla.

Pasaron un par de horas que de no ser por las tres órdenes de tacos al pastor que le sirvieron de cena, le habrían parecido un poco más que eternos. Bebiendo una coca de lata y fumando un cigarrilo, sentada en el sitio en donde quedó de encontrarla, su amiga gritó el nombre de su nick con gran alegría. Vino pronto un feliz abrazo y la promesa de llevarla a Garibaldi para que un mariachi loco le cantara Las Mañanitas, aunque fuera en las últimas horas del 8 de abril, su cumpleaños.

*

1 comentario:

AnDRoMeDa dijo...

Eres increíble, amiga!!
Gracias por este hermoso regalo. Gracias por tomarte un tiempo y escribir esta maravilla. Me has conmovido muchisimo! Realmente no sé qué hice para merecer tu amistad. Ya no puede huir de mí porque te has convertido en parte de vida.
Añoro el día de poder estar en tus tierras y abrazarte.

Un beso otoñal desde esta larga franja de tierra sureña ;)

Te quiero mucho