Siempre he sabido cuál es mi lugar, sólo que a veces se me olvida.
Te amé sin culpa y tú mismo me obligaste a sentirla.
Hoy renuncié a ti sinceramente... bye, bye mein lieben herr, aunque todavía te ame hasta la médula.
Se repite una vez más a sí misma. No lo quiere así, sueña con casarse de blanco y que vuelen palomas a su alrededor, pero empieza a pensar que ha nacido para ser subterránea. Su físico y su nombre no le ayudan: cualquiera que la ve a primera vista cree efectivamente que nació para ser mujer de la vida galante. Sus rubios rizos vuelan al aire, se mira al espejo, se sabe sexy. Se admira esperando que otros la secunden y le digan lo guapa que se ve hoy... pero ella lo sabe, y por eso nadie le dice nada. Como segunda estrategia empieza a repartir halagos, con la esperanza de que como un boumerang regresen a ella recargados en fuerza... pero no sucede.
Sigo aquí, recibiendo cero comentarios en mis entradas por razones desconocidas. Ojalá sea porque nadie me lee, pero si la razón es que a nadie le importan mis burradas, eso ya es preocupante, tomando en cuenta que quienes tienen la dirección de este blog, se supone, que son personas cercanas de alguna forma a mí.
Una simple mirada lo desencadenó todo. Luego cerraron los ojos y se lanzaron al vacío que les aguardaba sobre el edredón. El vértigo fue impresionante, el brinco en el estómago, el mareo y el escalofrío. El beso a profundidad, el abrazo al cual se aferraban como si fuera el paracaídas. Los corazones a cien.
Tal vez tenga que ser de esta forma, como le dijo Edith Piaf a Jacques Brel rechazando su amor. Tal vez yo no debería cantar cosas así, un hombre no debería, tampoco una mujer, ningún ser humano debería suplicarle amor a otro. Tal vez no he vivido lo suficiente como para merecer estar a tu lado... así dijo una vez ella, tú me lo enseñaste a mí.
Esa mañana se levantó muy temprano, con los ojos enmarcados por sombrías ojeras. Se puso en medio de la sala y observó el tapiz ajado que cubría sus paredes. Una suave rasgadura le hizo entregarse a la tentación de arrancar con fuerza las tiras de papel viejo que vestían el muro, y sin más montó su bicicleta para regresar con un bote de pintura azul.
El día de hoy amaneció bello, bello. De esos en los que no se siente el cansancio al caminar, no hay sol que haga doler la cabeza ni sudor sofocante que nos haga apurar el paso para llegar al destino inmediato.