Cada persona tiene sus procesos de crecimiento, de término de etapas, de cierre de círculos en su vida, pero en mi caso siempre he sabido que sólo montada en un escenario puedo deshacerme del yugo interno que me ahoga cuando estoy en tierra. Arriba de un escenario puedo ser yo más que nunca, y eso no es nuevo para ningún actor que se precie de serlo: estar arriba de las tablas no tiene nada de extraordinario si lo que uno va a hacer ahí es presumir sus habilidades físicas y su control mental para manejar las emociones a capricho. Lo verdaderamente interesante es cuando uno se desnuda el alma a través de un personaje, de una canción, de un texto o de una danza.
Pasar de ser una gordita intelectualoide del tipo Betty la Fea, a convertirme en la incitante y devoradora Vampira, no es un procedimiento sencillo. Si bien dentro de mí poseo esa sensualidad dormida que tuve en mis años mozos, después de cinco años de intentar demostrar que mi verdadero valor como persona radicaba en mi inteligencia, voltear a ver mi cuerpo y notar que lo había descuidado feroz y cruelmente, fue en su momento un golpe muy fuerte, mismo que no dejé de documentar en este vomitadero que es mi blog y que siempre me ayuda a escupir el veneno.

Ahora estoy consciente de ese error, pero no puedo ponerme buena de una semana a otra. Es necesario salir a comerme al público armada del único cuerpo que me dio la naturaleza, no tengo otro vientre, no tengo otras piernas, otro busto, otros brazos más que estos. No tengo otra voz ni otro rostro. No tengo otra historia más que la mía, así que habré de quitarme el hiyab simbólico de encima, ese con el que me he protegido de la mirada lujuriosa de los hombres por miedo a provocar deseo... y luego no saber qué hacer con las consecuencias.
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1 comentario:
Tienes todo mi apoyo, Mud. Sabes que estoy aquí aunque olvides de vez en cuando buscarme.
Un beso.
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