
Cada día me convenzo más de que el amor existe.



El primero en poner la mala nota fue el personaje del Zorro... que él no servía para estos asuntos, y que mejor le pasaba la estafeta a otra persona. Eso me pasa por pensar que contaba con amigos que harían cualquier cosa por salir en una obra mía por el simple hecho de apoyarme...qué ilusa soy... siempre se me olvida.
Posteriormente mi Rosa querida, sin haber podido abrir (según ella) el archivo del guión, pero teniendo cuerpo y alma dispuestos a colaborar conmigo en todas mis locuras, resulta que le llega el novio del extranjero y con planes de boda. No sé en qué acabará su historia.
Y por último el Principito, mi protagonista, que dejó la escuela secundaria, no quiere volver a estudiar y está castigado. ¡Esa sí que es mala suerte! ¡Tres personajes, TREEEES! que se pueden contar con los dedos de mi mano incrédula, y de los tres no pude quedarme con ninguno. ¡Eso que según escribí la historia para hacerla de un modo sencillo, con poca gente y con mucha ambición!
Ahora la Directora del filme regresará a poner todo su cerebro en escribir su tesis, y sólo espero que las condiciones no se cumplan cuando yo ya pueda llamarme Licenciada y tenga un trabajo de tiempo completo que no me deje ser yo, ni cuando mi nuevo Zorro, ese que recibió el papel por dedazo del primer actor que pensé, se vuelva un rockero famoso y no esté en el país, cuando mi Rosa haya decidido ahorcarse con el novio que vino, y se convierta en una señora embarazada de siete meses... o peor aún, cuando mi pequeño Príncipe tenga una voz masculina y la mirada desprovista de su último resquicio de inocencia.
Se buscan actores... usted dice si le quiere entrar.

Sí... lo que tú digas: estoy loca.
CRÉDITO DE IMAGEN: "Chica chicle" Aída García Corrales (www.aidarte.blogspot.com Recomendable)
¡¡Quién me va a venir a decir a mí que el Amor no existe!! ¡Vamos, que venga y me lo demuestre! ¡Le diré que es un pendejo... o pendeja, según sea el caso!
Debido a que se acerca mi cumpleaños el próximo martes 26 de Agosto, y debido a que aún estamos a principios de quincena, aprovecho para proceder a elaborar, cual niño en víspera de Reyes, mi lista de juguetes que deseo para festejar mi 32° aniversario.
Sí, la maldición de Adán.A pesar de la hora que en el reloj marcaba las tres cuarenta de la madrugada, la temperatura era agradable camino a mi casa. En aquéllos días solía trabajar en un bar por las noches, y éste no se encontraba a una distancia muy larga de donde entonces vivía, pero aquélla noche era especial, no tenía prisa por llegar a desvanecerme sobre mi viejo colchón. Caminé despacio y despreocupado, me sentía libre. Y aunque no estaba muy agotado, mi andar reflejaba el cansancio con el que a cuestas me había maldecido la vida, y del cual sabía que de ningún modo descansaría al llegar.
El silencio me serenaba, y el poco viento que soplaba, más bien me mantenía despejada la mente. Levanté la vista y miré que una nube ocultaba la luna. Al momento escuché el siempre escalofriante aullido de alguna ambulancia pasar a lo lejos, haciendo a mi mente volar de inmediato imaginando escenas de sangre y de muerte.
Pero no pasó mucho tiempo para que de nuevo sólo se oyera lo hueco de mis pasos sobre lo frío del asfalto. El silencio era como una sombra cómplice que me hacía pensar en lo increíble que era vagar por esta gran ciudad ajetreada y ruidosa, teniendo el privilegio de disfrutar ese pequeño oasis de tranquilidad mientras recorría las calles dormidas.
Iba caminando a mitad de la calle, dándome el lujo de pisar como peatón un camino reservado para los autos, pues los pocos que alcanzaba a escuchar de vez en vez, circulaban desvelando las avenidas principales. Me reí estúpidamente al sentir que profanaba un espacio que no era mío, que pisaba en donde nadie pisa porque no tiene con qué. Aún me faltaban unas cuadras por recorrer a lo largo de una calzada. A mi derecha podía ver y palpar el muro que rodeaba un campo deportivo, tan largo que su única entrada estaba todavía unos metros más adelante. Del otro lado observaba la quietud de las casas con las luces apagadas. No había ni una sola ventana iluminada por el insomnio de algún habitante, y la calle estaba más bien oscura porque algunos postes del alumbrado público tenían los focos fundidos, y aunque la noche era cálida, todavía esa nube escondía a la luna.
De repente pasó algo que estaba fuera de toda lógica: junto al acceso del campo deportivo, sorpresivamente, una pequeña figura salió de la oscuridad dirigiéndose rápidamente hacia mí. Entorné los ojos para asegurarme de que no estaba quedándome dormido, pero lo que pude ver me habría despertado de golpe si así hubiera sido.
El movimiento de esa figura me hizo observarla a detalle, y sentí tanto miedo, que las piernas detuvieron su paso y se aferraron a la tierra, como si temieran levitar en cualquier momento: una muñeca pequeña parecía sonreírme, mientras sus burlones ojillos destellaron con la poca luz que alcanzaba a llegar.
No había nadie más en la calle, yo estaba solo. La muñeca avanzaba sin detener su paso hacia mi persona, haciendo brillar sus vidriosos ojos claros y sonriéndome directamente. Sentí cómo la sangre se congeló en mi cuerpo, aunque al mismo tiempo mi razón me decía que aquello era una vil locura. Sin embargo mis ojos no podían dejar de ver cómo la muñeca se acercaba con su paso corto y saltarín, sin que yo pudiera ordenarle a mis pies que retrocedieran, pues estaban petrificados.
Ese pequeño lapso de sorpresa y terror me duró sólo unos segundos, pues de repente la luna salió detrás de la nube y me dí cuenta de que la mente me había jugado una broma con una ilusión óptica: lo que me había parecido una muñeca, era en realidad un perro que llevaba en el hocico una bolsa de basura. Los ojos del animal habían brillado en la oscuridad y la bolsa parecía ser el vestido de una muñeca. Mi mente había imaginado el resto, y el animal pasó junto a mí sin importarle en lo más mínimo lo desaforado de mis latidos. ¡Podría jurar que el mal nacido pudo escucharlos!
Me senté por un rato en la acera, no estaba seguro si quería reír o gritar, pero me sentí un poco más relajado. Quizá por la repentina y breve tensión, finalmente llegué a mi casa, arrinconé mi guitarra en el lugar de siempre y encendí la pequeña lámpara antes de acostarme. Repasaba el curioso episodio en la mente y no podía sino reírme de mí mismo por mi tonto miedo. Comencé a descalzarme las botas, desatándolas poco a poco armado de infinita paciencia. Noté que mi pecho aún seguía agitado y traté de serenarme. Dejé al lado del colchón mis llaves y el poco dinero que traía en los bolsillos. Acto seguido me desaté el cabello y me recosté por fin rendido en los aún mullidos resortes de mi viejo lecho.
Me quedé mirando al techo. Un viento helado entró por la ventana y sentí que besaba mis brazos desnudos… era extraño. La noche no había sido fría en lo absoluto, pero al parecer la lluvia me había aguardado una vez más, y mojaría las calles ahora que ya reposaba tranquilo en mi cuarto. Agradecí esa coincidencia y me levanté a cerrar el vidrio y las cortinas que colaban esa humedad hasta mi sosegado refugio, notando con extrañeza que el cielo estaba tan despejado o más que cuando yo estaba afuera. Ninguna nube amenazaba tormenta, y la luna parecía mirarme solamente a mí. Miré a ambos lados de la calle y no escuché más que el murmullo del viento.
De pronto un rasguño débil se escuchó detrás de mi puerta. Traté de no sobresaltarme, pero el ruido me alteró de nuevo los nervios. Recorrí inútilmente todo mi cuarto con la mirada. Sabía que el ruido había venido del exterior, pero el lúgubre juego de sombras que la débil luz de la lámpara creaba, me llenaron de terror.
Nuevamente escuché el rasguño, ésta vez acompañado de un suave aullido como de perro herido. ¿Podría ser aquello cierto? ¿Me habría seguido el perro al darse cuenta de que me sentía tan solo? ¿Cómo puede un simple bicho callejero tener el olfato tal para presentir el miedo y la tristeza en alguien?
La sola idea de hallar un amigo me hizo calmarme un poco: si lo pensaba mejor, él no había tenido la culpa. Mi mente apesadumbrada me hizo imaginar espantos sin que el desafortunado perro tuviera modo de adivinar el alcance del cerebro humano. Pero el ruido ya había cesado… seguramente se habría cansado de no obtener respuesta y se habría marchado a buscar otro dueño.
Me disponía a volver a acostarme cuando un aullido nuevo se volvió a escuchar tras la puerta. No me habría alarmado tanto a no ser porque aunque débil, éste sonó lastimero. ¡Quién mejor que yo conocía esa combinación de hambre y frío! ¡Cómo no querer condolerme ante un inocente ser que ante mí se ofrecía como amigo verdadero!
El aullido ahogado del perro se dejó de oír de pronto. Con sigilo tomé la perilla y la giré muy lentamente. Al abrir un discreto charco de sangre dejaba el rastro de un pequeño cuerpo arrastrado hacia la derecha. En esa dirección volteé, y pude ver al infortunado amigo dando un último suspiro. Sentí pena por él… pero una rabia incontenible se apoderó de mi mente y pateé el cadáver que ya no pudo sentirme.
Barriendo una lágrima insolente regresé hasta mi puerta. ¿Por qué el miedo de todo me había arrebatado la suerte de tener compañía? No era un perro lo que había soñado, no era por supuesto lo que le pedía a la vida. Siempre un compañero con quién hablar de todo y con quién reír de nada habría sido mejor que eso… o una mujer amante que me encerrara en sus brazos habría sido el paraíso… pero una simple mascota se había arrastrado hasta mi puerta como una ofrenda a esa soledad que ya se había vuelto sagrada… y ni siquiera eso había podido conservar.
Recargado en el interior de mi puerta, sollocé con la furia callada de un niño que pierde un dulce, y sequé mis ojos con fuerza para dormir y olvidar esa noche maldita.
No pude ni recostarme: una vez que alcé mis ojos secos hacia el fondo de mi cuarto, la muñeca sonreía y me miraba desde el azul celeste que brillaba en sus orbes de porcelana.
Buscando la manera de autodefinirme, recurrí a la astrología para elegir las características que coincidieran con mi forma de ser, así que encontré la descripción de mis signos zodiacales occidental y oriental, y este ha sido el resultado: ni más, ni menos...